El timbre suena y siento que las tres horas y media de clase desde que empezó han sido las horas más tortuosas de mi vida. Para mi buena suerte o no ― todavía no logro deducir que tan afortunada estoy siendo ―, asisto a la universidad tres veces a la semana y aunque me muero por ir a la oficina del director para pedirle el pase, sé que en el fondo no me conviene porque es una universidad ubicada cerca de casa y de la empresa. Además, se ajusta a mis horarios porque estaré en la tarde en la empresa y algunas mañanas también voy a trabajar en la oficina, así que debo quedarme me guste o no. ― Adiós, profesora ― me saluda uno de ellos a la vez que deja el pequeño cuestionario que entregué para realizarlo en clase. Asiento levemente y veo de reojo a Thomas, quien está de pie a unos metros. H

