—¿Y cuántos años tienes? —¿Cómo se llaman tus hijas? —¿En qué trabajas? —¡Oigan! Ya párenla, que esto es peor que la inquisición. —Mis mejillas se colorean y no puedo evitar mirar a Pablo, que tuerce su boca en una pequeña sonrisa. No puedo creer que encuentre esto divertido, cuándo ayer estaba molesto por las personas del teatro. Mis tíos continúan enviando sonrisas hacia nosotros y, a pesar de la impertinencia en estos momentos, los amé cuando ninguno le prestó atención a la cicatriz de Pablo y lo trataron como uno más. Incluso mi primo Diego, que sólo tiene dieciséis años, no se ha quedado viendo su mejilla como algunas otras personas en la calle. —Ay cariño, sólo queremos conocer mejor a tu novio. Gimo internamente y le doy una mirada a mis padres y a Jenny. —No hay problema —d

