A Patricia le parecía tan irreal todo lo que le estaba sucediendo, tenía la impresión de que le estaba ocurriendo a otra persona o que estaba en una pesadilla, a pesar de todos sus intentos de oponerse, de negar con la cabeza cuando el padre hizo la pregunta de si aceptaba por esposo a Aston Bugg, no hubo manera de salir librada de la situación, todos en la ciudad le tenían miedo, porque era siniestro, además de tener mucho poder, todos terminaban tocando al son que él les marcara.
Cerró los ojos cuando vio que los declararon marido y mujer, sintiéndose impotente, ¿Cómo este padre podía someterse a los designios de este hombre?, pensó con impotencia y si creía que las cosas podían mejorar después de eso, se equivocó, porque al salir de la iglesia, el hombre se negó a llevarla a la fiesta de boda porque temía que ella terminara escapándose, además, al parecer poco le gustaba socializar.
La noche estrellada, proyectaba una pálida luz sobre el interior del vehículo que se dirigía a las afueras de la ciudad, donde se encontraba una de las residencias particular de Aston Bugg. El hombre se negó a acompañarla en la limusina, creyendo que ella se sentiría afectada por eso, en su lugar envió al chofer y a un guardaespaldas, no pudo ver el rostro de ellos porque él muy desgraciado la mandó a vendar y a atar, mas esperaba en algún momento poder vengarse de él, porque como dicen, la venganza es un plato que se come frío y si ese hombre pensaba que ella iba a llorar como una niña por no verlo, se llevaría una gran sorpresa el muy granuja, porque ella ni lloraba, no se arrodillaba ni mucho menos pedía clemencia.
Patricia, hizo el recorrido completamente ciega, y por eso también se hizo la muda, se negó a pronunciar alguna palabra durante el camino, después de todo su marido la dejó inmovilizada para que no fuera ninguna molestia, al parecer ese fue el único punto que le dio cierta satisfacción a Bugg, que esa furia se hubiera vuelto inofensiva, porque no podía perdonarle el intento de humillación frente a toda la ciudad e incluso ante todo el país, porque seguramente, esas noticias iban a estar en las cuentas de las r************* de los principales diarios del país.
Patricia respiraba con dificultad, solo esperando la oportunidad precisa, porque apenas la soltaran tenía pensado escaparse, allí diría patita para que te tengo.
La casa estaba en las afueras de la ciudad, en un lugar apartado y era muy amplia y elegante por fuera, con un amplio jardín y un frente imponente, eso lo supo cuando el chofer detuvo el vehículo ante la entrada, y luego de bajarse el guardaespaldas fue Patricia quien se bajó primero, sintiendo como le retiraban la venda de sus ojos poco a poco, hasta que finalmente logró ver aquella mansión. Era evidente que Aston era asquerosamente rico, pero Patricia no podía comprender cómo había logrado toda aquella fortuna, ¿Será acaso porque vendió su alma al diablo?, Se preguntó con temor, pues eso decía la gente de la ciudad, que era un hombre siniestro, se reprendió por ser tan crédula y se abofeteó mentalmente.
Una vez dentro de la residencia, la chica se sintió asustada, porque la casa estaba llena de objetos cuadrados y puntiagudos, de colores oscuros y siniestros, con dibujos grotescos en las paredes y el mobiliario, parecía el hogar perfecto para el mismísimo diablo. Patricia no podía creer que Aston Bugg hubiera construido esta casa tan fantasmagórica, levantó la vista y vio cabezas de osos, de leones, tigres, gorilas y se sintió asqueada, ella era una acérrima defensora de los animales y eso le causaba una profunda tristeza, rabia, no concebía como ese hombre podía exhibirlo como si se trataba de trofeos.
—Desgraciado hijo de la gran put4, ¿Cómo fue capaz de hacer eso y traerme aquí? —dijo entre dientes. El guardaespaldas escuchó y le preguntó.
—¿Ha dicho algo? —ella vio al hombre, y como ni loca repetiría lo que acababa de decir, en su lugar extendió las manos hacia adelante.
—¿Puede quitarme esta cosa? Cómo comprenderá no puedo escapar porque ni siquiera conozco el camino y segundo, ni aunque tuviera sentido de orientación pudiera hacerlo, esta casa es una fortaleza, impenetrable.
El guardaespaldas dudó por unos segundos y luego decidió quitárselas, la chica se rodeó la muñeca con una mano porque la tenía dolorida y luego repitió el procedimiento con la otra mano.
Justo en ese instante el celular del guardaespaldas repicó, el hombre al ver el número palideció, por un momento la indecisión cruzo su rostro, más al final decidió atender, sin darse cuenta activo el alta voz y la voz implacable de un hombre se escuchó al otro lado de la línea.
—¿Dónde carajo estabas? ¿Por qué tardaste para responder? ¿Dónde está la fiera? —interrogó, mientras Patricia veía el teléfono con rabia.
«¡¿Cómo se atreve llamarme fiera?! ¡Siniestro, Lucifer, despiadado, idiota!» No se dio cuenta que esas palabras las dijo en voz alta, si no cuando vio el rostro pálido del par de hombres y como no tenía la mínima intención de retractarse, arreció en su ataque.
—¿Qué les pasa? Existe libertad de expresión y voy a decir todo lo que me venga de mi real gana.
El hombre escuchó sus palabras y enseguida le respondió.
—¿Sabes en qué lugar se encuentran las personas que se han atrevido a ofenderme? —inquirió el hombre con un tono tan frío que causó estremecimiento de su cuerpo.
—¿Dónde están? ¿En el infierno? —replicó ella con sarcasmo.
—No, mucho peor —sentenció.
—¿Y cuál es ese lugar tan terrible? —preguntó sin inmutarse.
—Mi casa —contestó con una carcajada burlesca.
La chica sintió como un escalofrío recorría su columna vertebral y supo que no se trataba de una broma, aquel hombre era peligroso, muy peligroso.
—¿Y por qué están en tu casa? —volvió a inquirir Patricia con curiosidad.
—Porque son míos, todos mis enemigos terminan en mi casa —dijo con un tono de voz siniestro.
—¿Y qué les haces? ¿Los torturas o los matas? —preguntó la chica sin inmutarse.
—Depende —contestó él con un tono de voz como si estuviera divirtiéndose.
—¿De qué? —insistió ella.
—De lo que se merezcan, a algunos los torturo durante días, los encierro, sin comida, los dejo encerrados volviéndose locos hablando solo con mis trofeos, al punto que estos terminan creyendo que estos los atacan, les hago pasar por el peor infierno que puedan imaginar y los que no mueren por sus medios, los mato como si fueran animales, aunque la mayoría de las veces tengo que hacer un trabajo más limpio, sin manchas, y es cuando los cuelgo de las paredes de mi casa para que se pudran y sus c*******s sirvan de alimento a los gusanos como se hacía en la edad media —dijo con crueldad.
Patricia sintió como su estómago se revolvía escuchando aquellas terribles palabras, nunca había imaginado que existieran personas tan despiadadas en el mundo. Sabía que era peligroso, pero no hasta ese punto o sería que estaba bromeando.
—¿Acaso estás bromeando? —interrogó ella, esperanzada de que solo le estuviera diciendo eso para hacerla sentir miedo.
—No, en absoluto, todo lo que te he contado es real —aseguró él con una carcajada—¿Crees que estoy bromeando? —contestó él—.Ese es el problema, todos terminan creyendo eso y se confían. ¿Por qué crees que me llaman Despiadado?
—¿Qué pensabas hacer con mi hermana traerla aquí y asesinarla como matas tus enemigos?
—No, a ella no, ella iba a ser mi amada esposa, la mujer que había escogido para tratarla como una princesa, en cambio, a ti no te deseo, eres lo contrario a lo que me gusta, eres molesta, rebelde, irreverente, revoltosa y esas son las peores características que tienen para mí las personas, por eso tu lugar está allí, en donde están mis enemigos. A propósito, debes prepararte para la noche de bodas, porque deseo engendrar un hijo contigo —espetó con firmeza.
Patricia no podía creer lo que estaba escuchando, era como si le estuviera contando un cuento de terror, mas no era un cuento, era la realidad donde ella estaba y de la cual formaría parte si no hacia algo para impedirlo. No podía permitir que la usara como un trofeo y terminar su vida en aquella casa llena de horrores.
Aston continuó hablando sin darse cuenta del miedo que estaba generando en Patricia.
—Serás mi esclava, harás todo lo que yo te ordene sin preguntar nada, obedecerás mis órdenes sin titubear y si me desobedeces o me fallas en cualquier momento serás castigada severamente.
—¿Crees que puedes intimidarme con esas amenazas? —replicó ella tratando de mantener la calma. No quería darle la satisfacción de saber que le tenía miedo, aunque en realidad estaba petrificada.
—No lo sé, pero no me importa si te asusto o no, yo haré lo que me plazca contigo y nadie podrá impedírmelo, ni siquiera tú —dijo Aston una voz peligrosa—. Espérame que quizás esta misma noche, mañana, pasado, en tres, cuatro, cinco días, voy a ir a consumar nuestro matrimonio, querida esposa.
Dichas esas palabras cortó la llamada dejando a Patricia con una intensa sensación de angustia.