En la habitación de hotel con una tenue luz, el hombre presionó a Serena contra la pared, el cinturón de metal frío alrededor de su cintura presionando contra su abdomen. Su voz era baja y ronca mientras su aliento caliente rozaba su oído. —Ayúdame.
La habitación permanecía oscura, y las manos de Serena temblaban mientras intentaba desabrochar el cinturón. Borracha e inexperta, su cabeza daba vueltas y su coordinación estaba fuera de lugar. Por más que lo intentara, no podía deshacerlo.
—No sé cómo. —Miró al hombre en busca de ayuda, su voz sonando coqueta, como una niña mimada.
El hombre se rio y dijo:
—Te mostraré. —Sus palabras estaban llenas de afecto mientras extendía la mano para ayudar.
Pero su mano se detuvo abruptamente al cubrir la parte posterior de la mano de Serena.
—¿Qué pasa? —Miró hacia arriba, con el rostro sonrojado.
Él agarró su mano y la acarició con cuidado. Llevaba un anillo de diamantes en el dedo medio de la mano derecha. Frunciendo ligeramente el ceño, preguntó:
—¿Estás comprometida?
Serena admitió:
—Sí.
—¿Saliste a pasar un buen rato? —Alzó una ceja, con la mirada fija en ella.
Serena se rio en respuesta, su voz teñida de un toque de significado:
—¿Qué importa? ¿No puedo?
Después de todo, Randall había estado involucrado con Joselyn a sus espaldas. ¿Por qué debería conservar su virginidad para él?
La mirada del hombre se afiló, y la presionó contra la pared con una expresión fría que le hizo estremecerse. —Ya tienes un prometido. No me provoques. Temo que no puedas costearlo.
Serena respondió provocativamente:
—¿Cómo sabrías si no lo intentas?
Era como si lo desafiara, preguntando si era un cobarde.
Para el hombre, tener una aventura de una noche podía ser una elección fácil. Pero vaciló.
Nunca se relacionó con mujeres comprometidas. Era demasiado problema.
Pero en este momento, Serena logró deshacer el cinturón, sus dedos enganchándose en el cinturón, sus ojos almendrados nublados mientras lo miraba, coqueteando y tentando.
Él no era de reprimir sus deseos. La levantó y la acostó en la cama.
Su apasionado encuentro continuó, pero el beso de Serena estaba lleno de una mezcla de pasión e inmadurez.
Aunque Serena era audaz después de beber, estaba un poco nerviosa. Agarró su cuello con fuerza, se mordió el labio y tembló violentamente.
Él extendió la mano y la reconfortó suavemente con una voz baja y ronca:
—No te lo guardes. Siéntelo.
A medida que avanzaba la noche, se perdieron el uno en el otro.
En la habitación con poca luz, con la luz de la luna que se filtraba por la ventana, las cortinas se mecían suavemente con la brisa, bailando al ritmo de las dos figuras entrelazadas en la cama.
Después, el hombre se levantó y ayudó a Serena a limpiarse. Cuando vio la sangre en las sábanas, frunció ligeramente el ceño. Había hecho excepciones esa noche: no solía acostarse con mujeres comprometidas, ni tampoco solía involucrarse con vírgenes, porque no quería que lo molestaran. Pero esa noche fue diferente.
Bajo la luz de la luna, encendió un cigarrillo, con la mirada fija en la mujer que se había quedado dormida. Tenía un rostro puro e inocente, ojos almendrados y una figura impresionante. Era su tipo.
Hacer excepciones ocasionalmente no era gran cosa.
A la mañana siguiente, cuando Serena se despertó, se sintió adolorida, débil y con un fuerte dolor de cabeza. Pero, sobre todo, recordaba al apuesto desconocido de la noche anterior.
La realidad la golpeó: ¡había dormido con un completo desconocido!
Como médica, no necesitaba una confirmación adicional; su cuerpo le decía todo lo que necesitaba saber. El vestido rasgado era suficiente para demostrar lo que había sucedido. Habían sido íntimos la noche anterior, pero él había desaparecido sin dejar rastro.
Tomando una respiración profunda, Serena notó un conjunto de ropa y ropa interior nueva en la mesita de noche.
Había también un cheque por un millón de dólares y una caja de píldoras anticonceptivas de emergencia.