Sigo con mi trabajo y cuando estoy contando los minutos para tomar mis cosas, y correr a la cafetería el sonido del ascensor me hace levantar la mirada encontrándome de frente con mi hermoso Marcello. —¿Cómo se siente? —me cuestiona deteniéndose frente a mí. —Estoy bien, muchas gracias por preguntar —farfullo con timidez. —Le traje algo —saca de detrás de su espalda una malteada como la que le tiré esta mañana y sin poder evitarlo siento como mis mejillas se tornan carmesí al volver a revivir esa vergüenza. —No se hubiese molestado, además… —Se le cayó en la mañana y no se la pudo tomar. ¡Ande, tómela! —me la tiende y al instante siento como mis pupilas gustativas casi lanzan un gritito de emoción, con un ligero temblor en mi mano la tomo y le regalo una pequeña sonrisa. —Muchas grac

