Marcos condujo con lentitud hasta la casa de don Fermín, les enseñó, en el camino, los árboles frutales, pasaron por el lago, un bosque, que a Allen le llamaron profundamente la atención. Llegaron al rancho y el dueño estaba, al igual que el día anterior, en el pórtico de la casa. ―Buenas tardes, don Fermín. ―¡Muchacho! Viniste, ¿cómo estás? ―¿Cómo cree? No muy bien. ―¿Pasó algo? ―Incendiaron la casa. ―¿Qué? ¿Alguien resultó...? ―No, no, gracias a Dios ni Rodrigo ni yo estábamos, la casa estaba vacía. ―Menos mal no hay que lamentar una desgracia. ―Sí, menos mal ―accedió―. Don Fermín, le presento a Maybe y Allen, están de visita en la casa de don Enrique. ―Mucho gusto. ―Y aquí está Camilo, mi hijo. ―Es igual a ti cuando eras pequeño. ―Eso dicen. ―Así es. Recuer

