—¿Cuánto más vas a tardar? —la voz de mi hermano impactó en mis oídos.
Me encontraba bajando las escaleras con rapidez, corriendo de un lado al otro por la casa, en busca de mis cosas. El desorden de los chicos se había transferido a mí, haciéndome olvidar por completo los lugares donde dejaba mis libros y otras cosas de la escuela, en esos momentos me reprochaba a mí misma por haber pasado todo el fin de semana aprendiendo a jugar videojuegos con Ryan y viendo un maratón de avengers con Luke, en vez de terminar mis tareas y organizar mi mochila para el lunes.
Me detuve frente a la puerta, la cual se encontraba abierta, con vista a los seis chicos con los que compartía piso, a esperas de mi salida.
Localicé mi lapicero rojo en la mesa en el centro de la sala, avanzando a ella con pasos largos y tomándola con rapidez, para salir corriendo hacia la entrada.
—No tienes que esperarme, Nick se ofreció a llevarme —caminé hacia él, despacio.
—En ese caso, nosotros nos vamos —Zack dio media vuelta dirigiéndose a su camioneta, seguido de Brent.
—¿Desde cuándo te mandas sola? —se cruzó de brazos, interponiéndose entre Nick y yo.
—Desde que me enviaron a vivir con seis adolescentes de mi edad —ataqué—. Solo me llevará a la escuela, ya no soporto irme con Luke y Ryan, ¡discuten todo el tiempo!
—¡Oye! Hacemos lo que podemos por llevarnos bien —se quejó Ryan, a espaldas de Malkon.
—Soy mayor que tú, así que yo mando aquí —mi hermano volvió al tema.
—Por unos meses, Malkon, no me llevas ni un año —me quejé.
Una idea saltó mi mente, para poder disuadir a mi hermano de una manera rápida y efectiva. Me acerqué confidente a su oído y emprendí mi chantaje.
—Deja de ser tan sobreprotector, o, los papeles cambiarán y le diré a Nick que te gusta su hermana.
Un nudo se formó en su garganta.
—Me decepcionas, hermanita —susurró, negando lentamente.
Esbocé una inocente sonrisa, rodeándolo y entrando al auto de Nick, quien me esperaba plácidamente en el asiento del piloto, con una sonrisa divertida. Entendía a mi hermano, de cierta manera, habíamos estado separados por un muy largo tiempo como para permitir que alguien nos lastimara, fuera quien fuera, después de todo, la distancia y por lo que habíamos tenido que pasar creó un miedo interno y difícil de ocultar por perdernos de nuevo.
Luego de un fin de semana de evitar conversaciones sobre las acciones del ojiazul, un mensaje había aparecido en mis notificaciones la noche anterior al inicio de semana, pidiendo una oportunidad de hablar, a solas, de camino a la escuela. Debía aceptar antes de convertir un pequeño vaso de agua en un tsunami del que no podría escapar.
—¿Te dieron permiso? —bromeó este, poniendo el auto en marcha.
—Digamos que tuve que mover unos cuantos hilos —me encogí de hombros.
Me preguntaba también si la razón por la que Malkon no quería verme cerca de Nick era a causa de conocerlo bien, y no gustarle lo que podía ofrecerme. De todas formas, él y yo aun estábamos en esa fase en la que no dejas de mirar a otra persona, pero que, sin embargo, no la conoces lo suficiente como para hacerle más allá de un saludo.
—Antes de llegar a la escuela, hay algo que debo decirte —comentó, con la vista en la carretera—. Cabe destacar que no estuve involucrado en nada de esto y que, por votación, fui el elegido para contártelo, así que, no te enojes conmigo.
—Ahora estás asustándome, Nick, ¿qué sucede?
El semáforo cambió a rojo, haciéndolo detenerse y mirarme a los ojos.
—¿Recuerda que Ryan fue a ver unos amigos el sábado por la noche? —asentí—. Pues… Nuestro amigo tomó demás y habló sobre lo que no debía; nosotros. No sé cómo, pero se le escapó decir algo de nuestro momento cercano el viernes y ahora todos creen que dejé a Kate por ti, así que, resumiendo, ya le quitaste el novio a dos chicas en una semana, según dicen.
Una carcajada salió de mí, con mi vista fija en el cronómetro del semáforo. Estaba comenzando a entender los comentarios chistosos de vivir en Los Ángeles, era, realmente, un foco cargado de polémica, arrasando con cada espacio en el territorio, incluyendo la escuela.
—Mañana tomaré un vuelo de vuelta a Madrid —relajé mi espalda—, pero no sin antes golpear a Kat y matar a tu lindo amigo.
Nick alargó una carcajada, poniendo el auto en marcha en cuanto la luz verde apareció.
—No puedes irte, ya estás aquí, eres amiga de Noah, Luke ya tiene alguien con quién hablar sobre sus películas, Ryan se divierte dejando que arregles su cabello, Zack ama molestarte cada cinco minutos, tu hermano no viviría sin ti y… Me agradas, mucho.
—Esta vida debía ser mejor que la anterior, pero los problemas me siguen —bufé—. No puedo irme, no huiré, no le daré el gusto a Kate. Además, creo que también comienzo a tomarles algo de cariño.
Mis ojos tropezaron con los suyos por unos pequeños segundos. Permanecimos en silencio el resto del camino, evitando, de nuevo, el vernos; él con su vista fija en el camino, yo, por el contrario, admirando otro día más de los sensacionales paisajes que el país podía ofrecerme.
El auto se detuvo en el estacionamiento, en el cual aún se encontraban una razonable cantidad de estudiantes, pero ninguno con rostros cercanos. Más de un par de ojos intentaron visualizar detrás de los oscuros vidrios de su auto.
—Podemos ser lo que todos piensan —soltó, al apagar el motor del auto—. Evitando la parte en la que te metes en mi relación anterior, claro está.
—¿Hablas de…?
—Salir —completó mi frase—. Tener citas, conocernos, si es que tú lo deseas, claro está.
Debía tener en cuenta dos cosas, la primera; seguir a mi patético corazón, aunque corriendo el riesgo de que este vaya en dirección equivocada, no parecía tan mala opción, y la segunda; con o sin él, no podía escapar de una próxima decepción amorosa, un corazón roto o desamor.
Eran aquellas cosas las que me había ayudado a ver con más claridad.
—Mi hermano te matará —mordí mi labio inferior.
—Quiero correr el riesgo —tomó mi mano, de improviso—. ¿Qué dices?
—No lo sé... Creo... —analicé mejor mis sentimientos, pidiendo ayuda de la razón—. Está bien, hay que salir, conocernos, ver mejor el uno al otro, soy una recién llegada y tú terminaste con tu novia hace dos días, un tiempo no estaría mal.
Nick me sonrió, comprendiendo mi decisión y asintiendo gustoso.
—Por mí está perfecto —besó mi mejilla.
Bajamos del auto luego de escuchar la campana sonar, para poder soportar menos miradas de lo común, gracias a que la mayoría entró con mucha rapidez. Nick se acercó a mí antes de que pudiera notarlo y plantó, de nuevo, un beso en mi mejilla, pero esa vez, unos centímetros más cerca de mis labios.
—¡Bravo, bravo! —unos aplausos a nuestras espaldas nos hicieron voltear—. Qué bonita pareja.
Zack Wilson interrumpiendo momentos era lo más insoportable que pude conocer en esos días.
—Cierra la boca, Zack —pedí, con fastidio.
—Están locos, ¿verdad? ¿Saben que pasará si Malkon los ve? A ti te mata —señaló a Nick, para luego recaer en mí—, y a ti te inscribe en un colegio de monjas.
—Solo saldremos, nada más —aclaré—. Te pido que no le cuentes a Malkon, deja que yo sea la primera que se lo explique.
—No diré nada, pero es mejor que se lo cuentes —aconsejó, para luego alejarse.
—Tiene razón, tenemos que decirle a...
—¿Decir qué? —la figura femenina de Noah apareció a nuestro costado—. ¿De qué hablan, chicos?
—¡Noah! —saludé—. No, de nada, sólo hablábamos de una película, pero no importa, ¿nos vamos?
—¿Sabías que las personas suelen decir esa peculiar frase cuando mienten? —alzó una ceja.
—No, pero puedes contarme más en el descanso —tomé su brazo con rapidez y comencé a avanzar hacia la entrada.
—¡Te enviaré un mensaje con la fecha y dirección! —vociferó su hermano—. ¡No me rechaces!
La mirada de Noah se fue inmediatamente a mis mejillas ruborizadas, mientras nuestros pasos tocaban suelo escolar.
—¿De qué me perdí? —inquirió Noah.
—Tu hermano me pidió salir —susurré, de una forma casi imperceptible.
—¿Ah? —arrugó el rostro, mientras caminábamos con rapidez hacia el salón.
—Tu hermano me pidió salir —repetí, esa vez con más seguridad.
—¡Fantástico! —comentó, entusiasmada—. ¿Eso cómo pasó?
Una contagiosa sonrisa salió de sus labios mientras cruzábamos el pasillo. Se sentía bien tener a alguien digno de confiar dentro de una escuela como esas, hacían que mi vida en Madrid quedara en cero dentro de la barra de importancia.
—Tenemos dos clases juntas, te lo contaré luego —añadí, localizando el salón de física.
—¡Pero miren quién se dignó a aparecer! —la chillona y reconocida voz de Kate entró por mis oídos.
Ambas paramos en seco, volteando hacia la dirección de las palabras. Ahí estaba ella, junto a dos chicas más, con humo saliendo por sus orejas y con gran intención de hacerme enojar.
Mi voz interior habló en mi cabeza justo en ese momento; «ojalá se detenga, antes de que deba hacerse muchas cirugías plásticas para su rostro».