8.— Miedo a las alturas y viejas historias.

1707 Words
—¿Estás seguro? —le pregunté a Nick —Claro que sí, o... ¿No quieres? —Sí, claro que quiero, pero... —dejé salir mi desánimo. No sabía qué hacer, menos qué decir. Tras cuatro semanas de largas salidas y paseos a distintos lugares, mi confianza en ese pelinegro había aumentado, al igual con cada uno de los que en esa casa habitaban, sin embargo, no era de las que se abría como un libro ante cualquiera, menos cuando de temas de mi pasado se trataba. Pero ahí estaba, intentando ser abierta con Nick, viendo una forma de explicarle la confusión en mi decisión. —¿Pero? —alzó una ceja—. Vamos, Jess, puedes abrirte a mí, no me enojaré. —¡Si quiero! —grité exasperada —. Es solo que estoy... ¡demente! —¿Demente? —pareció divertido y la vez confundido. Me di una bofetada mental, definitivamente me había drogado con el aroma de mi almohada. —Sí —me dejé caer en la cama—. ¿Me permites pensarlo? —¿Por qué? —se mostró extrañado—. Es una simple pregunta, quieres ir conmigo y mis amigos a Madrid, ¿qué es tan difícil? —resopló—. Estarán todos, Jess. —Le tengo miedo a las alturas —las palabras escaparon de mí sin que lo deseara. Otra cachetada mental impactó en mí. Había mentido sobre dicha cosa, era obvio para cualquiera, pero deseaba que él me creyera, no tenía ganas absolutas de dar las verdaderas explicaciones. —¿Le tienes miedo... A las... Alturas? —¡Si! le tengo miedo a las alturas —fingí tristeza, tratando de que fuera creíble—, disculpa por hacerte este desplante, pero no puedo volar. —¿Pero por qué no puedes hacerlo? Tragué saliva, calculando que mis próximas palabras dieran en el clavo, haciendo creíble mi mentira. —¿Qué no escuchaste? ¡le temo a las alturas! —encaré—. Así que te pediré que me dejes pensarlo bien, ¿puedes irte? Mi falsamente gentil propuesta le sorprendió, pero aún así, terminó por aceptarla. Lo que sucedía era que para mí, volver a Madrid, con todos mis antiguos recuerdos; los de mis antiguos amigos, y los de Will, el ex que me rompió el corazón, era más que difícil. —¿Pero dime que pasó? —las voces detrás de la puerta no se hicieron esperar. Analicé bien cada palabra dicho detrás de allí, hasta notar y reafirmar que una de las voces pertenecía a mi misma sangre. Tras unos murmullos, escucho las incrédulas expresiones de mi hermano ante las declaraciones de mi algo. —¿Miedo a las alturas? Pero si ella le encanta volar. —¿Entonces por qué mintió? —la voz de Noah causó gran impresión en mí. Pretendía acusarla por tradición, pero un silencio tras mi puerta blanca me dejó pensando, con mi mente fija en ella. —¿Puedo pasar? —la voz de mi hermano recorrió mis oídos luego de tres toques en la puerta. —No estoy —mascullé enojada, encendiendo el televisor. —Madura, niña —la voz de Zack sacó lo peor de mí. ¿Qué se supone que era eso? ¿Una reunión comunal? —¿Quiénes están ahí? —Solo yo... Y algunos de los habitantes de esta casa —sonó como la más grande mentira dicha en el mundo. Todos, para resumir. —Y dime, ¿a qué se debe la reunión que están llevando a cabo? —comenté con sarcasmo. —Déjame pasar —reprochó. —No. —Vamos, Jess... Dejé escapar un grito ahogado cargado de furia. Podía dejarlo pasar, pero eso significaba preguntas, además, me sentía traicionada al saber que se dedicaba a conspirar sobre mis problemas amorosos, pero sabía perfectamente que él entraría aunque me negara, así que, ¿por qué gastar palabras? —Entra —acepté. Malkon obedeció al instante, y en menos de dos segundos, su rostro apareció frente a mi. —Ahora, ¿qué diablos quieres? —le espeté. —Hablar contigo, ¿por qué dijiste a Nick que le tienes miedo a las alturas si a ti te encanta volar? Mis labios se abrieron para contestar a su pregunta, pero Malkon se adelantó. —¿Es por Will? ¿por ese idiota no quieres ir a Madrid? —Claro que... —mi «claro que no» se vio interrumpido por la mirada acusadora de Malkon—. Bueno, tal vez... Puede haber una posibilidad de que no quiera ir por Will. —Jessica, es Madrid, con tus amigos y tu... Lo que sea que sean tú y Nick, ¡tienes que ir! —No tengo, Malkon, puedo tomar mis propias decisiones —actué como una mujer madura. O al menos lo intenté. —No te quedarás sola en casa. —¿Por qué no? Malkon hizo una mueca de fastidio ante mi terquedad, actuando cual niño con berrinche. Mi error; la que actuaba así era yo. —Está bien —solté un bufido. Iré. Un chillido de alegría se escapó de él, dejándose llevar y lanzándose sobre mí para plantarme un beso en la mejilla, pasando su mano por mi cabello y alborotándolo. —¡Agh, ya déjame! —le di un empujón, frunciendo el ceño—. Eres un niño. —Pero me amas, hermanita, me amas —me señaló, con una sonrisa, mientras salía de mi habitación. Comencé a reír sin parar al ver su estúpida y graciosa reacción. Verdaderamente extrañaba enormemente estar a su lado, como cuando de niños jugábamos a las escondidas y terminábamos olvidando encontrar al otro, llevándonos así el impactante regaño de nuestros padres por no decir el paradero del otro. Mis pensamientos se vieron borrados por la figura mediana de Nick. —¿Vas a decirme quién es Will? —su ceño parecía serio. —Nick, yo... —Sin mentirme, ¿bien? —advirtió. Asentí, tratando saliva. —No quiero decírtelo —admití, con toda sinceridad—. Lo siento, Nick, pero no me siento lista para contártelo. —¿Acaso no me tienes confianza? No contesté. No tenía idea de qué decir, porque, aunque solo era una historia en mi pasado doloroso, era mí pasado, un pasado que quería borrar y que además, era mi decisión si deseaba contarlo o no. —Nick, tienes que entender, no tengo el mejor de los pasados; cosa que te he dicho más veces de las que has podido contar y lo sabes —dialogué—. También sabes que no soy a las que se le hace fácil remover su pasado y los errores dentro de él, es por eso que te pediré que respetes mi silencio. No conseguí su respuesta inmediata, él procesaba mis palabras, mientras que yo solo me reafirmaba que había hecho bien al dejar las cosas en claro. —Yo... Entiendo lo que dices y respeto tu decisión —habló, pacífico—. Creo que es mejor que dejemos de salir, por lo menos hasta que estés dispuesta a compartir abiertamente tus cosas conmigo. —Cómo quieras —contesté tajante. Sin más, salió, dejando un claro piquete en mi corazón. ¿Dejar de salir hasta que estuviera dispuesta? ¡Vaya estupidez! Cada cosa dentro de mí, cada cosa que guardaba era mi privacidad, nadie podía decirme cuándo y a quién decírselas. Él no estaba siendo nada justo. _________________________________________________________________________________________________________ —¿Qué pasa? —dije, terminando de bajar las escaleras. Ya habían pasado tres días desde que Nick y yo tuvimos nuestras diferencias, luego de eso, él adaptó la ley del hielo; no cruzaba más de dos palabras conmigo, y cuando sí lo hacía, su tono era más que cortante. Me dolía, pero, mucho más a parte de eso, me molestaba su actitud inmadura. Al escuchar los gritos desde el primer piso, no dudé en bajar para ver qué sucedía, encontrándome con una plena emoción en todos. —¿Qué te interesa? —Nick respondió de mala gana. —Oye, no te pases, recuerda que todavía es mi hermana —defendió este. —Déjalo, no puede evitarlo; es un inmaduro —argumenté. —¿Así que yo soy inmaduro? —encaró—. ¿Yo, que he sido totalmente abierto contigo? —¿Para ti ser maduro requiere compartir esos secretos que no quieres decir? —di un paso más hacia él. —No entiendo por qué tapar el sol con un dedo. —¡No tapo el sol con un dedo! Di un paso más hacia él dispuesta a golpearlo, pero Malkon me detuvo. Le debía a mi hermano que su trasero estuviera a salvo. —Te dije, no te pases —le recordó, prosiguiendo—: no quiero recogerte en la cárcel, ¿bien? Asentí a duras penas, ignorando la mala expresión puesta en el rostro de Nick. —¿Por qué estaban gritando? —fui al grano. —Adivina. Claro, olvidaba mi gran poder oculto: leer mentes. —No adivino, ¿qué paso? —Adivina. —¡Ya compramos los boletos para ir a Madrid! —soltó Noah. —¿Qué? Pensé que ya no iba el viaje. —La diversión no podía esperar por ti —lanzó nuevamente Nick. Y cómo era de esperarse, sólo estupideces podían salir de su boca. Me dediqué a darle una mirada llena de odio, sin darle importancia. —Si, todavía va el viaje, y tú, señorita, también vas a ir —Noah me toma de los hombros. —¿Cuándo nos vamos? —preguntó Luke, caminando hacia la cocina. —El lunes —confirmó Nick, con un grito para que Luke pudiera escuchar. —¿El lunes? —Zack sonó confundido. —El lunes nos dan las vacaciones por el aniversario de la escuela, así que después de clases, venimos, buscamos las maletas y nos vamos. —Supongo que hay que hacer las maletas, hoy es sábado. Nick asintió, sin hacer contacto visual. Todos salieron de la habitación, disponiéndose a empacar. Pero ahí estaba él, sentado en el sillón frente al televisor, sin inmutarse. —¿Puedo hablar contigo? —me acerqué a él, luego de asegurarme de que estábamos solos. —Tengo que hacer las maletas —me cortó en seco, dejando todo y tratando de irse. Tomé su brazo en un intento desesperado por acabar con la tensión entre nosotros. —Es solo un minuto, Nick, tienes dos días para empacar por un minuto no pasara nada —logré hacer contacto con sus ojos—. Por favor. —Bien —se soltó de mi agarre, tomando asiento nuevamente. —Quería hablar contigo de lo del otro día. —¿Ya me contarás? —Quiero aclarar las cosas. —¿Contándome la verdad? —¿Pero de qué verdad hablas? —solté con enojo—. No quiero remover mi pasado, es la única verdad que existe. —Me mentiste, ¿y ahora no quieres decirme por qué lo hiciste? —¡Por favor! Fue una mentira estúpida. —Y si es tan estúpida como dices, ¿por qué te cuesta tanto decir la verdad? —atacó, sin dejarme hablar—. ¿Por qué te cuesta tanto hablar sobre Will? —¡Entiende, Nick! —pedí. —¡No puedo! —se levantó de golpe—. Lo siento es que... No puedo. Comenzó a caminar a paso lento, dejándome ahí, sentada y sin saber qué decir. —¿Qué haces? —grité, antes de que saliera. —No perder el tiempo —se giró para mirarme—. Me dijiste que querías hablar conmigo para que te entendiera y a la única conclusión que he llegado es que no me tienes la suficiente confianza como para decirme la verdad. —Nick... —¿Nick qué? —reprochó—. Hasta aquí, Jessica, no me hagas decir cosas de las que luego me arrepentiré. Lo observé irse, sin objetar nada, sintiendo como cada parte de mí dolía, sin embargo, tragué mis palabras y mis lágrimas. ¡Yo podía entender lo que él sentía! Podía ver la razón de su enojo, pero, ¿por qué él no podía entender mi silencio? En una relación humana debe existir una comprensión de ambas partes, y él parecía olvidar eso.
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