Duncan estaba cansado y dolorido, tenía hambre y estaba más que impaciente con la hospitalidad de Haynesdale. Sin embargo, ésas no fueron las únicas razones por las que encontró desagradable la solución de la dama. Él miró el agujero n***o de la alcantarilla y suspiró. "¿Ninguna otra manera?" murmuró él. Marie los había acompañado a la parte trasera de los establos, uno a la vez, usando su capa para ocultarlos. Bartolomé ya había dejado a un lado su yelmo robado y había abierto la puerta de madera colocada sobre el agujero. El olor era lo suficientemente acre y fuerte como para hacer que a Duncan se le saltaran las lágrimas. El hedor mezclado de los desperdicios de la cocina, el estiércol de los caballos y las sobras no era nada atractivo. "Ninguna otra manera", insistió Marie. "¡Sea rá

