6-𝕸𝖆𝖑𝖆 𝖈𝖔𝖕𝖆

2443 Words
𝔸𝕟𝕪𝕒. 🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺 Me había ido a una fiesta. Mi primera fiesta. Matías me tenía harta. Era un patán conmigo. Así que, estúpidamente, me fui con Tristán para hacerlo enojar. Y de paso al tarado de Thiago. Pero no calculé que soy una ñoña de verdad y que nunca había tomado. Así que con dos latas de cerveza y un vaso de sabrá qué, quedé súper ebria. Y ahora estaba en un baño desconocido, con la novia de Thiago —Taylor— tratando de darme un café asquerosamente amargo para bajarme la borrachera. El baño olía a vómito, a perfume barato y a cloro. La luz blanca me lastimaba los ojos. —No, no quiero… —dije, apartando el vaso. La cabeza me daba vueltas. —Vamos, Anya, tómalo —insistió tanto que tomé un trago. Sabía horrible, a ceniza quemada, así que de inmediato vomité en el retrete. Alguien sostuvo mi cabello para no ensuciarlo. Manos suaves. —Ya con esto se le va a bajar. Hay que hidratarla. Voy a ver si hay algo —la novia de Thiago salió del baño, escuche el taconeo perdiéndose entre la música. Terminé de vomitar y me quedé tirada en el suelo, en las baldosas frías. La mejilla pegada al piso. Al levantar la vista, era Thiago el que estaba ahí, en el marco de la puerta. Lo veía un poco borroso, doble. Intenté enderezar mi cuerpo, pero no logré hacerlo, así que él me quiso ayudar. —Deja, te ayudo —me tomó del brazo con cuidado. Su mano estaba tibia. —No… Déjame… —me solté, con asco de mí misma. —Anya, ve cómo estás… —¡Y a ti qué! ¡Déjame! ¡Ya estoy harta de ti y de Matías! ¡Déjame! —grité. La voz me salió rota, más fuerte de lo que quería. —No grites… —susurró, mirando hacia la puerta. Como pude, me levanté. Me vi al espejo y estaba hecha un asco. Traía el cabello mojado, pegado a la cara, y el maquillaje que me había puesto estaba corrido, manchándome las mejillas como lágrimas negras. En el reflejo del espejo vi a Thiago. Tenía la vista abajo, las manos en los bolsillos. Me vi y mi mini vestido no dejaba nada a la imaginación. Me cubría apenas los muslos. Así que me avergoncé mucho. ¿Cuándo me puse esto? Tomé papel para limpiarme el rostro. En eso entró la novia de Thiago. —Encontré algo… —me dio una botella de suero, de esas de farmacia—. Estarás mejor con esto. —Gracias… supongo, pero ya estoy bien. Voy a seguir en la fiesta. Adiós —mentí. Iba a salir, pero Thiago me tomó de la mano. Su agarre era firme, pero no me lastimaba. —Estás loca, nos vamos a la casa. ¿Taylor, nos puedes llevar? —Claro, guapo —dijo ella, sonriéndole. Sentí que se me revolvió otra vez el estómago solo de escucharla llamarlo así. _Guapo_. Puse los ojos en blanco y me reí con burla, aunque por dentro me ardía. —Vámonos —ordenó Thiago con firmeza, sin soltarme. Intenté soltarme de su agarre, pero me fue imposible. Tenía fuerza. Salimos del baño y todos los que me veían pasar me saludaban, algunos con silbidos, otros riéndose. Me sentí extraña. Expuesta. Eso no pasaba nunca. Yo no era invisible. Llegamos al auto de la tal Taylor… un sedán rojo. Thiago subió conmigo en la parte de atrás. El asiento olía a nuevo y a su perfume. De pronto sentí un sueño terrible, pesado, así que me quedé dormida en el trayecto, la cabeza rebotando contra la ventana. Cuando reaccioné, ya estábamos afuera de la casa. Las luces de la entrada me cegaron. —¿Cómo la bajamos? —preguntó la novia de Thiago, preocupada, desde el asiento del conductor. —Deja le hablo a Martín… —dijo Thiago. Enseguida llegó Martín, como siempre, tan leal con Thiago. Abrió la puerta con cuidado. —Joven, su papá está en la sala esperándolo. —¿Le dijiste? —preguntó Thiago, tenso. —No, por supuesto que no. Ellos ya se dieron cuenta de que la niña Anya no estaba en su habitación. Están interrogando a Matías. Como arte de magia se me fue el sueño. Un golpe de adrenalina. Me sentí muy mal. El corazón se me subió a la garganta. —Vamos… —dijo Thiago, resignado, pasándose una mano por el cabello. Martín me ayudó a bajar. Las piernas me temblaban. Mientras veía cómo Thiago se despedía de la tipa esa. Le dijo algo en voz baja, ella le tocó el brazo. Sentí náuseas, pero dudaba que fuera por lo mareada que todavía me sentía. Era por ellos. Por verlos. Thiago se puso a mi lado, asintió con la cabeza y caminó a la entrada de la casa. Martín nos llevó hasta la sala. Ahí estaba mi mamá con su bata de dormir, azul marino, y William en pijama. Matías estaba enojado en el sillón, con los brazos cruzados. En cuanto nos vieron entrar con Martín, voltearon sorprendidos. El silencio fue espeso. —Señor, los jóvenes —dijo Martín, bajando la cabeza. —Gracias, Martín —dijo William, con la voz dura. Thiago y yo avanzamos hasta donde estaban nuestros padres. En cuanto William tuvo enfrente a Thiago, le volteó una fuerte bofetada. Una tan fuerte que le volteó la cara a Thiago y que nos sorprendió a todos. El sonido retumbó en la sala. Mi mamá llevó sus manos a la boca y a mí hasta se me bajó más la borrachera de golpe. Sentí horrible que pasara eso enfrente de mí. Y por mi culpa. Se me heló la sangre. —¡¿Cómo pudiste hacer esto, Thiago?! —le gritó William a un Thiago callado, que solo vi tragar saliva. Tenía la marca roja en la mejilla. —Papá… —dijo en voz baja, entrecortada, sin levantar la vista. —William, por Dios… —mi mamá tomó a William del brazo. Nunca lo había visto tan enfadado. Jamás le había puesto una mano a su hijo. —¿Ya viste la hora que es? ¡Y mira cómo viene Anya! William me señaló. Fue ahí cuando me percaté de que mi vestido estaba muy pequeño de todos lados. Se me subía, se me bajaba. Y que para nada era mi estilo. Yo no usaba esas cosas. Me tapé con los brazos, muerta de vergüenza. —¿Por qué te fuiste así, Anya? —preguntó mamá, molesta, con los ojos llenos de decepción. Solo agaché la cabeza. No sabía qué decir. Vi de reojo a Thiago. Estaba apretando sus puños, los nudillos blancos. —Mamá, yo… —intenté hablar, pero mi mamá me calló de inmediato. —¡No lo puedo creer de ti, Anya! ¡Me dijiste mentiras! —Perdón, Casandra, todo fue mi culpa —dijo de pronto Thiago. Lo volteé a ver, sorprendida. Dio un paso al frente—. Una amiga me invitó a la fiesta e insistí en que fuera Anya. —¡Ya cállate, Thiago! ¡Me decepcionas totalmente! ¡Anya es menor de edad y mira cómo viene! —dijo enfurecido William, señalándome otra vez—. ¡No puede ser que seas tan irresponsable! ¡Primero lo de las chicas en la casa de playa y ahora esto! —Lo lamento, papá —dijo Thiago, sin defenderse. —Sí que lo lamentarás. A partir de hoy, el auto se queda aquí. Los llevará Martín a la escuela y olvídate de las tarjetas y todos tus privilegios. —Y tú, Anya —agregó mi mamá, molesta, con la voz temblando—. También estás castigada. Ahora ve a tu habitación, cámbiate y báñate. Porque, ¿qué crees? Ya va a ser hora de ir a la escuela y es obvio que vas a ir. —Permiso… —Thiago se fue, sin mirarme. Se dio la media vuelta y subió las escaleras. Me quedé mirándolo, sabía que estaba mal. Sentí mucha tristeza y culpa a la vez. Un nudo en el pecho. También me subí a mi habitación, mientras que mi mamá y William seguían abajo, discutiendo en voz baja. Iba en el pasillo cuando escuché a Matías entrar a su habitación, azotando la puerta. No faltaban muchas horas para que amaneciera. El cielo ya clareaba. Me sentí derrotada. Una perdedora. Había cometido estupidez tras estupidez. Se me venían imágenes a mi cabeza de lo que había pasado en la fiesta. Recordé que yo traía un bikini, que no supe de dónde saqué y tampoco en dónde había quedado. Me dio cierta angustia pensar en quién me había cambiado de ropa. ¿Tristán? ¿Taylor? ¿Thiago? Así que fui a escondidas a la habitación de Thiago. El corazón me latía en los oídos. Toqué despacio la puerta, vigilando que nadie me viera. El pasillo estaba en silencio. —Thiago… Thiago… —susurré. No tardó en abrir. Tenía la toalla envuelta en la cintura, el cabello revuelto, se sintió incómodo. Así que me avergoncé de verlo y eso que medio abrió la puerta. El calor me subió a la cara. —¿Qué pasó? —preguntó, con voz ronca. —¿Puedo pasar? —Anya, me voy a bañar… —Por favor… —rogué. Abrió bien la puerta. Fue a su cama para tomar la bata que tenía y se la puso, cubriéndose. El cuarto olía a él. A jabón y a algo suyo. —¿Thiago, quién me cambió la ropa? —¿De qué hablas? —siguió haciendo sus cosas, como si nada, sacando ropa del clóset. Así que me paré enfrente de él para que me mirara. Para que no me ignorara. —¿Qué pasó? —insistí. —No te preocupes, no te vi nada. La que te cambió fue Taylor —dijo, sin mirarme. —¿Tu novia? —solté, sin pensar. Sonrió de medio lado. Volteó a mirarme, agarrándose de la base de su cama. Sus ojos me estudiaron. —¿Cuál novia? —¿Esa chica es tu novia, no? —pregunté, con la voz chiquita. —Anya… yo no tengo novia. Taylor solo es una amiga y ya —dijo, encogiéndose de hombros. —Pero… yo los vi… yo los vi besándose —dije, confundida. —¿Y eso qué? —me dijo, como si no significara nada algo así. Como si besar fuera como dar la mano. —Solo los novios se besan… —susurré, sintiéndome tonta. —Ja, ja, ja, ja… claro que no —se rió, pero no de mí. Era una risa suave. Sentí un gran alivio dentro de mi corazón. Una felicidad me embargó el ser. Como si me quitaran una piedra de encima. Podía respirar otra vez. De pronto tocó su mejilla, donde William le había pegado, y se quedó pensativo. La marca seguía roja. Sentí un golpe en mi corazón, ya que había sido mi culpa todo el regaño y la bofetada que le había dado su papá. Me dolió a mí. —Lo lamento… todo fue mi culpa —dije, con la voz quebrada. Thiago tomó otra bata de su clóset, una gris, y me la puso con delicadeza sobre los hombros. Olía a él. —No te preocupes, no fue nada. Tápate —envolvió la bata en mi cuerpo, sentí sus manos en mi espalda, calientes, cuidadosas. Sus dedos rozaron mi piel. Lo vi tan cerca de mí que sentí que me desmayaba. Su olor, su calor. —¿Estás bien? —le pregunté preocupada, viendo su mejilla. —Sí… —me dijo con una ligera sonrisa, acomodando el cuello de la bata que me había puesto. Sus dedos rozaron mi cuello. Nos quedamos viendo a los ojos. Estábamos tan cerca que era peligroso. Podía contar sus pestañas. Tomó mi rostro entre sus manos, acomodó mi cabello con mucha ternura, detrás de mi oreja. Sentía que moría. La emoción que me embargaba era inmensa. El pecho me iba a estallar. —Perdóname, por favor… No quería que te metieras en problemas —dije, sin aliento. —No pasa nada… —me veía con mucha ternura, que no podía evitar sentir todo por él. Sus ojos eran oscuros, sinceros—. Al final ni me dolió tanto. —Tonto… —me reí ante su comentario, con lágrimas en los ojos. Toqué su mejilla, con cuidado. Él cerró sus ojos ante mi toque, acurrucándose en mi mano, como un gato. Me moría de ganas de abrazarlo. Nunca estuvimos tan cerca como ahora. Mi corazón latía tan rápido que sentía que se salía de mi pecho. Yo siempre había puesto una gran barrera entre él y yo, y justo ahora se estaba rompiendo. En mil pedazos. Nos quedamos viendo una vez más y ambos sonreímos de estar ahí, solos. En silencio. Solo nosotros. Escuché que alguien subió. Pasos en la escalera, directo a mi habitación. Me asomé y, en efecto, era ella. Mi mamá. Iba directo a mi habitación. —Es mi mamá… ya me voy —susurré, en pánico. Volteé a ver a Thiago y él solo me sonrió, con calma. Con eso me quedé. Con esa sonrisa. Salí de prisa para poder meterme al baño que estaba en el fondo de ese piso y fingir que estaba ahí cuando mi mamá se diera cuenta de que no estaba en mi habitación. Una vez ahí, respiré profundamente. Me vi en el espejo: estaba totalmente desalineada, el cabello hecho un desastre, los ojos hinchados. Pero una sonrisa salió de mí. La expresión que había hecho Thiago al decirme que Taylor no era su novia me había dado mil años de vida. Estaba parada, recordando todo, cuando mamá tocó la puerta. —¿Anya? —su voz sonó dura. —Mande… —contesté, fingiendo naturalidad. —¿Qué haces aquí? Abrí la puerta y vi molesta a mi mamá. Tenía los brazos cruzados. —Vine al baño —dije, encogiéndome de hombros. Mi mamá hizo un gesto de molestia. Abrió toda la puerta para verme bien. Se quedó mirándome de arriba abajo, deteniéndose en la bata. —¿Qué haces con esa bata? —preguntó, entrecerrando los ojos. —Estaba aquí… y la agarré —mentí, sintiendo cómo me ardían las orejas. —Vamos a tu habitación. Tenemos que hablar —ordenó. Seguí a mi mamá hasta mi habitación, pero no me importaba que mi mamá me regañara y hasta castigara. Yo estaba más feliz que nunca por saber que Thiago no tenía novia. Por saber que me había tocado con tanta ternura. Por su sonrisa. Nada más importaba.
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