5-𝕷𝖆 𝖕𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝖋𝖎𝖊𝖘𝖙𝖆.

2790 Words
ᴛʜɪᴀɢᴏ. 🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀 La semana había comenzado y las clases estaban de vuelta. Las tareas y obligaciones escolares del diario eran mi tormento. No era el más inteligente, tipo Anya, pero intentaba echarle ganas. Matías era tan inteligente como mi pulgita —así le decía a Anya—, por eso se confiaba y nunca estudiaba. Aunque se fuera a un extraordinario, lo pasaba sin despeinarse. —Anda, Thiago, dime que sí vas a ir conmigo —estaba en la clase de Química y Taylor estaba insistiendo en que fuera con ella a una fiesta. El salón olía a alcohol y a algo quemado del experimento anterior. Aclaro que no era mi novia ni nada. Solo nos habíamos estado besando, pero ya. Aunque, estúpidamente, me sentía mal porque en el fondo sentía que estaba haciendo algo malo. Como si le debiera explicaciones a alguien. A Anya. —Tengo que estudiar, Taylor —dije, sin mirarla, garabateando en mi cuaderno. —Ay, eres tan tierno cuando te das de muy inteligente —se burló, dándome un codazo. —No te pases —le di un ligero golpecito en su brazo y se pescó a mí, sonriendo. Su perfume era dulce, empalagoso. Pero por más que la veía no dejaba de pensar en Anya. En su cara de enojo el otro día en la casa. En cómo me miró antes de subir las escaleras. Tragué saliva e intenté distraer mi mente. La clase terminó y salimos a la siguiente, ya que en cada una de las materias teníamos diferente salón. Los pasillos eran un caos de mochilas y risas. Taylor iba agarrada de mi brazo, pegada como lapa, mientras Matías iba atrás con su novia, Laia, amiga de Taylor por cierto. Pasamos por donde vimos la vez pasada a Anya y a ese chico. Tristán. Y sí, ahí estaba otra vez, muy sonriente con él, sentados en una banca bajo un árbol. Él le decía algo al oído y ella se reía, echando la cabeza hacia atrás. Me dieron muchos celos verla tan cerca de él. Un golpe seco en el estómago. Caminamos cerca de ellos. Pasé mi mano sobre el hombro de Taylor, como marcando territorio, y a Anya se le borró la sonrisa de inmediato. La vi cambiar la cara. Apretó los labios. Pero Matías sí le dijo de cosas. De por sí estaba enojado todavía con ella desde lo de la casa de la playa. —¿Qué haces aquí? —al escucharlo, nos giramos para ver lo que pasaba. La voz de Matías sonó cortante. Anya se levantó, tomó su mochila, la mano del tipo y se fue con él, sin decir nada. Ni una mirada. —¡Anya, Anya! —Matías le gritó, pero ella no volteó. Caminó derecho, con la espalda recta, desapareciendo entre los estudiantes. —Déjala, también tiene su corazoncito —dijo Laia, la novia de Matías, jalándolo del brazo. —Me las pagará esa pulga —masculló Matías, con la mandíbula tensa. —Ya olvídalo, déjala —dije, aunque por dentro me estaba quemando. —La voy a echar de cabeza. Que tiene novio —soltó Matías, cruzándose de brazos. —¿Cómo sabes que es su novio? —le pregunté, un tanto molesto. La pregunta me salió más brusca de lo que quería. —Mati, no seas odioso. No tiene nada de malo —su novia lo jaló para que dejara de molestar a su hermana. —No sabes lo que dices, me las debe —insistió Matías. —Ay, ya, _x_, pobre de tu hermana —dijo Laia, rodando los ojos. Seguimos nuestro camino. Terminé el día un tanto molesto. No se fue de mis pensamientos la escena de Anya tomada de la mano del tipo aquel. La imagen se me repetía: sus dedos entrelazados, la forma en que él le sonrió. Al final del día siempre nos encontrábamos en el estacionamiento con Ean y Noah. Matías y yo siempre esperábamos a Anya para irnos a casa juntos. Era costumbre. Ean y Matías estaban con sus respectivas novias, mientras Noah y yo mirábamos videos en su celular. Videos sin gracia. Levanté la mirada y venía Anya con ese imbécil otra vez. Tristán. Con su suéter y su sonrisa de comercial. Mi mirada se clavó en ella. Estaba molesto, y mucho, de verla con él. Intenté disimular lo más que pude. Apreté el celular hasta que me dolieron los nudillos. —¿Qué haces con este otra vez, Anya? —dijo Matías con fastidio, en cuanto la tuvo cerca. Todos los veíamos. El chico sonrió de medio lado y vio a Anya, como si la situación le divirtiera. —Relájate, amigo. ¿Qué no puede tener amigos? —le dijo a Matías en modo relajado, con las manos en los bolsillos, para que se tranquilizara. —¡Tú cállate, idiota! —respondió Matías, muy molesto, gritando. La gente volteó. Anya se puso enfrente para retar a su hermano. Chiquita, pero fiera. —¡Ya cállate, Matías! ¡Eres un imbécil! —Súbete al carro, Anya —Matías, molesto, la tomó del brazo con fuerza, clavándole los dedos. Lo que hizo enojar a Anya y a todos en realidad. Matías solía ser medio tarado en algunas ocasiones. —¡Suéltame, idiota! —Anya forcejeó con su hermano, el rostro rojo. —Matías… —Ean y Noah se acercaron para calmar las cosas. —¿Qué te pasa? Es tu hermana, no la trates así —le dijo el tipo a Matías. Ya se veía molesto, el ceño fruncido. —¿Qué te metes, imbécil? —un Matías enojado contestó, dando un paso hacia él. Pero Anya nos dijo algo que nos dejó callados a todos. Se zafó de Matías y se acomodó la blusa. —No me voy a ir con ustedes. Tristán me llevará a casa. Adiós —dijo, con la voz firme, aunque le temblaba la barbilla. Matías la volvió a tomar del brazo, lastimándola. Vi cómo se le marcaron los dedos. —¿Qué estupidez dices? —¡Ah! —la pobre Anya se quejó por el agarre brusco de Matías. Pero el amiguito la defendió. Se puso en medio. —¡Suéltala! —Matías, basta, ya déjala… —no lo toleré y le quité a Anya, empujándolo. Me interpuse entre los dos—. —Eres un pobre idiota, estúpido —le gritó molesta Anya a Matías y volteó a ver a Laia—. Lástima por ti. —¡No te vas a ir con este tarado que ni conocemos! —insistió Matías en molestarla, rojo de coraje. —Déjala ya, Mati… —Laia tomó a Matías para que ya dejara todo por la paz. Lo jaló hacia ella. Anya se dio media vuelta para irse con el tipo. Ean agarró a Matías porque este quería ir por ella, detenerla a la fuerza. —Ya déjala, no está haciendo nada malo —dijo Ean, sujetándolo. —¿De qué hablas, Ean? ¿Quién es ese imbécil? —gritó Matías. —Vámonos… —le dije ya con fastidio, harto de la escena. —Vete tú, yo me voy con Laia. Nos vemos en casa. Nos despedimos de los demás. Fue muy incómodo todo lo que había pasado. El aire estaba tenso. En el camino no solo iba molesto con Matías por tratar de esa manera a Anya, sino conmigo por no saber cómo defenderla mejor. ¿Por qué me quedé callado tanto tiempo? Y con ella por irse con el idiota. Con _él_. Llegué primero que Matías y Anya, pero me quedé estacionado afuera de la casa, dentro del auto, pensando en dónde podría estar Anya. El motor seguía encendido, las manos me sudaban en el volante. Tomé mi celular para mandarle un mensaje cuando la vi llegar en el auto de aquel. Me quedé para ver qué hacían. El corazón me latía en los oídos. Le abrió la puerta como todo un caballero. Sonreí con fastidio, con amargura. Anya se despidió de él mientras el viento le movía el cabello de un lado a otro. Se veía tan linda que mis celos aumentaron, me quemaban la garganta. Estaban platicando, él sonreía. Se despidió de ella dándole un beso en su mejilla. Apreté mi volante por el coraje. Lo apreté hasta que los nudillos se me pusieron blancos. El tipo se fue de inmediato. Anya me vio, pero no dijo nada. Se dio media vuelta y entró a casa, como si yo no existiera. Rápido metí mi auto para alcanzarla. —Anya… —justo iba dando el primer paso en las escaleras. Volteó a mirarme con fastidio, cruzando los brazos y poniendo los ojos en blanco. —¿Y ahora qué? ¿También me vas a decir tonterías igual que el inmaduro de Matías? —¿Quién es ese tipo? —pregunté, subiendo un escalón. —Ja, ja, ja —se rió con ironía, sin ganas—. ¿Qué te importa? Ah, y para que sepas, no soy la ñoña que crees. Hoy voy a ir a una fiesta. ¿Cómo ves? Subió unos escalones para ignorarme, pero la seguí. El corazón me iba a mil. —¿Cómo que una fiesta? Llegamos a la puerta de su habitación. Volteó a mirarme enojada, con los ojos brillando. —¿Qué quieres? Ya déjenme en paz. —¿De qué fiesta hablas, Anya?... —Tristán es de quinto, y me invitó a una fiesta, y voy a ir. Pasará por mí en la noche —lo dijo retándome. Recordé lo que Taylor me dijo en la mañana. Me estaba invitando a una fiesta. La misma. —Tu mamá no te dejará… —dije, más para mí que para ella. —Ya verás que sí… haré lo que ustedes, irme a escondidas. —Anya… —Déjame tranquila, no los necesito para tener amigos. Yo sola puedo, como ya viste. —Pero ni siquiera conoces a ese tipo. ¿Cómo vas a ir a una fiesta con él? Es irresponsable. Tú no eres así. —¿Pues qué crees? —me vio directo a los ojos y puso sus manos en la cintura, enojada, desafiante—. Que lo voy a hacer. Se metió a su habitación y me azotó la puerta en la cara. El portazo me retumbó en el pecho. Me fui a mi habitación. Tenía que ir a la dichosa fiesta para ver que Anya no se metiera en problemas. Pero mi papá estaba molesto por lo de la playa. Todavía no se le pasaba. Mandé mensaje a Taylor para saber dónde era la dichosa fiesta. _“¿Sigues en pie? Mándame la ubi”_. Horas más tarde… Matías no sabía nada de la fiesta, o sí, pero sus planes eran estar con Laia. Andaba súper clavado con ella. No le importaba nada más. Por increíble que parezca, Casandra dejó ir a Anya a la dichosa fiesta, lo que se me hizo súper extraño, ya que Casandra no era tan alivianada. Mucho menos con ella. A Anya la cuidaba el doble. Seguramente Anya había mentido, porque ¿quién demonios hace una fiesta en lunes? Tuve que salir a escondidas porque papá seguía un poco enojado conmigo. No me llevé mi auto. Taylor pasó por mí, pero me esperó en la esquina, como delincuentes. Ya tenía media hora que Anya había salido, según supe averiguando con la servidumbre, porque no la habíañ visto. Marta me dijo que salió “muy arreglada”. Llegamos a la dichosa fiesta. Había muchos chicos. La casa estaba a reventar. Olía a alcohol, a perfume barato y a sudor. Escuchamos la música súper fuerte, retumbando en las paredes. Con la vista buscaba a Anya entre la multitud. —Espera aquí, guapo —Taylor me dejó en la sala de la casa y fue a no sé dónde. A buscar tragos, seguro. Busqué a Anya por cada rincón. Caminé para adentrarme al lugar, a ver si por suerte la veía. Empujando gente. Salí hasta donde estaba la alberca de la casa, y ahí estaba mi pulguita, en un diminuto traje de baño n***o, bailando ante todos los mirones. La luz de la alberca le pegaba en la piel mojada. El tal Tristán la agarraba de la mano para que dejara de bailar, para sacarla, pero ella lo aventaba, riéndose. Borracha. —¿Qué demonios? ¿Cómo hizo todo eso tan pronto? —dije para mí, con el estómago en un puño. Me acerqué a ella. En el camino tomé una toalla de un camastro para taparla. El tal Tristán no podía hacer nada. Al parecer era un imbécil inútil. Solo la miraba, asustado. Llegué y sin decir nada la cubrí con la toalla, envolviéndola. Todos los idiotas que la estaban viendo y grabando con su celular me rechiflaron. Chiflidos, risas. —No quería hacerme caso. Se desconectó con dos latas de cerveza —me dijo avergonzado el tarado ese, rascándose la nuca. —Vámonos, Anya —la jalé a mi lado para llevármela, agarrándola del brazo. —¡Nooo, suéltame! —gritó, zafándose. Estaba caliente, pegajosa. —Te ayudo —el tipo intentó agarrar a Anya. —¡No!... —lo detuve en seco, con la mano en su pecho—. Creo que ya hiciste bastante. —¿Qué haces aquí? —preguntó Anya, mientras se jaloneaba, mirándome con los ojos vidriosos. No me reconocía. Entramos a la sala y una chica me dio su ropa. Un mini vestido. —Aquí está su ropa. —Gracias… —tomé la ropa y me llevé a Anya a la fuerza, casi cargándola. Pesaba menos de lo que pensé. Ya no vi al tal Tristán para nada. Mejor. Llegó Taylor con nosotros. Traía unas bebidas en la mano, dos vasos rojos. —¿Qué pasó? Anya le agarró un vaso y se lo tomó todo de un solo trago, antes de que pudiera detenerla. —¡No! —le quité el vaso, pero ya estaba casi vacío. —Ay, qué asco… —Anya nunca había tomado, así que obviamente le sabía mal la bebida. Hizo una mueca y tosió. —Ayúdame a vestirla, por favor —le pedí a Taylor. —Claro… —Taylor entró a la habitación con Anya. Después de varios minutos salieron. Anya traía puesto un mini vestido n***o. Lo que me sorprendió. No por el vestido, sino porque para nada era su estilo. Ella era de jeans, de suéteres grandes. Cuando la chica me dio su ropa ni cuenta me había dado. Ahora le marcaba todo. Se veía… diferente. Vulnerable. —Le lavé la cabeza. Voy por café para que se le baje. Tiene que vomitar —dijo Taylor. Anya se veía muy borracha, desorientada. Los ojos no enfocaban. Estaba mal. Me molestó verla de esa manera. Me hirvió la sangre. ¿Cómo podía hacer algo así? ¿Y por qué? ¿Por mí? ¿Por Tristán? —¿En qué estabas pensando cuando te pusiste a tomar? —le dije molesto, mientras ella estaba viendo a la nada, recargada en la pared. Al parecer ni cuenta se había dado de que yo estaba ahí. Volteó a mirarme. Me jaló del cuello de la playera, acercándome. Olía a cerveza y a su shampoo. —¿Eres real?... —agarró mi rostro con curiosidad, pasando sus dedos por mi mandíbula. Estaba perdida. Sus manos estaban frías. —Sí, soy real —dije, bajito. —Ay, no… ya estoy alucinando. Veo a Thiago en todos lados —comenzó a llorar, y me golpeó el pecho con los puños cerrados, débil—. —Tranquila, ya nos vamos a casa —la abracé, para que dejara de pegarme. —Yo solo… yo ssolo… —arrastraba las palabras para hablar, hipando—. Yo ssolo quería ser sociable, y que Thiago me mirara. Que no soporto que tenga novia. No quiero que tenga novia, no puede tener novia. Me quedé escuchándola, helado. Estaba llorando. Sonreí con gusto, con el corazón desbocado, ya que estaba diciendo lo que en verdad sentía. Lo que yo necesitaba oír desde hace años. —Anya —la tomé del rostro con cuidado para limpiar sus lágrimas con mis pulgares—. Veme, soy yo. Intentaba reconocerme, pero creo que le era imposible. Sus ojos iban de un lado a otro. Llegó Taylor con el café, así que disimulé un poco, soltándola. —Vamos al baño… porque en cuanto lo tome va a vomitar —dijo Taylor. Tomamos a Anya, y con cuidado la llevamos a un baño cercano. La música estaba retumbando tan fuerte que resultaba hasta molesto. El piso vibraba. Pero teníamos que hacer algo para bajarle la borrachera. Para llevarme a mi pulgita a casa. A salvo .
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