ᴛʜɪᴀɢᴏ.
🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻
Es fin de semana y vamos a ir a la casa de la playa. Los chicos y yo, haremos una reunión.
No somos de mucha fiesta, pero creo que ya es momento de vivir la vida, de disfrutar de todo lo que tengo y disfrutar con mis amigos. La condenada vida solo es una y debemos disfrutarla al máximo. Somos chavos, ¿qué más queremos?
Estoy en mi cuarto arreglando mi maleta, doblando playeras sin ganas, pero no he dejado de pensar en Anya. La imagen me taladra: ese día que la vi con aquel tipo… Tristán. Me dio tanto coraje que dejé que Taylor me besara justo enfrente de ella. En la entrada del colegio, con todo el mundo mirando.
Después me arrepentí, porque no significa nada para mí esa chica… Sé que quiere conmigo, siempre se me insinúa, rozándome el brazo, riéndose de más. Pero nunca le había seguido el juego. No hasta ese día. Y lo peor es que Anya ni siquiera se inmutó. O eso fingió. Se fue caminando como si no le importara. Como si yo no le importara.
—¿Oye, bro, tienes mis lentes negros? —Matías entra a mi habitación buscándolos, revolviendo mi buró sin permiso. Me distrae de mis pensamientos. El ventilador del techo hace un ruido leve.
—No… pero tienes muchos, ¿qué más da unos menos? —contesto, sin mirarlo.
—Eran mis favoritos… ¿Ya estás listo? —se acomoda la gorra hacia atrás.
—Ya casi… —digo, cerrando la maleta con fuerza.
Sale de la habitación como si nada. Me siento en la cama, porque no estoy tan emocionado de ir. Suspiro profundamente y termino de empacar, resignado a lo que está pasando. A la fiesta, a las risas falsas, a ver a Taylor otra vez.
Al bajar a la sala con mi maleta, Anya está discutiendo con Matías, como siempre. Mi amigo suele ser un poco odioso con ella. Ella tiene las mejillas rojas, el cabello suelto.
—¡Ah, sí! ¡Pues qué grosero eres, Matías! —le grita, señalándolo con el dedo.
No digo nada. Sigo mi camino, arrastrando la maleta. Anya me ve y sé que está enojada. Aprendí a conocerla: cada que se enoja alza una ceja y se cruza de brazos. Se ve tan tierna, porque es bastante berrinchuda a veces. Tan delgadita y bajita que se ve tan inocente. Con esa playera que le queda grande y esos shorts de mezclilla.
—¡Ay, equis, Anya! ¡Eres insoportable! —le dice Matías y sale a la entrada, donde está el auto que nos llevaremos. Un convertible n***o que me compró mi papá. Brilla bajo el sol.
Volteo a verla y sigue muy molesta. Me tuerce los ojos y se sube al marco de la puerta, como si fuera a impedirnos salir. Sonrío de medio lado porque se ve demasiado linda enojada. Con los labios apretados y el pecho subiendo y bajando.
Salgo a dejar mi maleta. Matías está hablando por teléfono y me hace señas de que es su mamá. Pone los ojos en blanco, lo que indica que lo está regañando o algo así.
Le digo en silencio que debo ir por algo y me dice que sí, moviendo la mano.
Al llegar a mi habitación, estoy buscando mi cartera y otras cosas. El cuarto huele a loción y a ropa limpia. Me sorprendo cuando entra Anya aventando la puerta. El golpe me hace saltar.
Volteo de inmediato y ahí está, parada en el marco de la puerta con los brazos cruzados. El sol de la ventana le da en la espalda y le hace un halo en el cabello. La veo con curiosidad, esperando que me diga algo. El corazón me empieza a latir más rápido.
—¿Se van a ir y no me dijeron nada, Thiago? ¿Es en serio? —su voz suena herida, pero firme.
Sigo guardando mis cosas sin prestar atención. O eso intento. Ella ha decidido ignorarme por tres malditos años. ¿Ahora qué quiere?
—No sé qué quieres —respondo fríamente, restando importancia a su presencia. Meto los audífonos a la maleta sin mirarla.
—¿Por qué me hacen esto? —su voz se quiebra un poco.
Volteo a mirarla. No la entiendo. La veo con duda, levantando la ceja.
—¿De qué hablas?
—Matías y tú… son unos groseros. Ah, y no se diga Noah. Es el peor. Según mi mejor amigo y mira.
—¿Para qué quieres que te invitemos? Siempre dices que no, que tienes mucha tarea y bla, bla, bla… pero tú y yo sabemos que no es por eso —me paro enfrente de ella y da un paso atrás sin dudarlo. Huele a vainilla. Su perfume. La miro de arriba abajo y sonrío de lado. Está temblando.
—No sé de qué hablas… —contesta como si no supiera de qué hablo, pero la voz le tiembla. Evita mis ojos.
Sonrío ligeramente… levanto la cabeza y suspiro desganado. El aire se siente pesado.
—¿Qué haces aquí, Anya? ¿Acaso no te propusiste no poner un pie en mi habitación? ¿Así como evadirme cada vez que me acerco a ti?
Me duele recordar cómo Anya me ha ignorado. Vivimos bajo el mismo techo, pero se las arregla cada día para no toparse siquiera conmigo. Cambia de pasillo, se encierra en su cuarto, come antes que todos.
Los dos nos miramos a los ojos. Tengo ganas de llorar, para ser sincero, porque me duele cómo ha sido conmigo. El pecho me pesa.
—Yo… —se queda inmóvil mientras no despega su vista de mí—. No sé…
—No digas nada, Anya. Entiendo que me desprecias, que detestas estar cerca de mí. Por eso no te invité, porque no quiero que me hagas otro desprecio más.
El nudo en mi garganta impide que siga hablando. Me doy media vuelta y sigo guardando mis cosas. Las manos me tiemblan. Anya sigue ahí parada, mirándome. Lágrimas salen de mis ojos, calientes. Me las limpio rápido con el antebrazo y salgo de la habitación. Como ella no se ha quitado, la empujo con mi hombro al pasar. No fuerte, pero lo suficiente para que se haga a un lado.
No hace nada. Se queda ahí…
Llego al auto y Matías ya está arriba, con los lentes oscuros puestos. Un convertible n***o que me compró mi papá. Veo a Anya salir hasta la puerta, cruzada de brazos, mostrando su molestia. El viento le mueve el cabello.
—¡Yuju, vámonos! —grita Matías levantando las manos con euforia. Pone música en el estéreo a todo volumen. Reguetón.
No hago caso a la presencia de Anya, quien sigue parada en la entrada, viéndonos. Sus ojos están cristalinos. Y así nos vamos a una aventura que esperamos salga bien. No nos costó nada convencer a mi papá para hacer una reunión.
🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸
Después de varias horas en carretera y muchas canciones mal cantadas por Matías, llegamos a la casa de la playa. El olor a sal me golpea en cuanto bajo del auto. Los empleados nos ayudan con las maletas.
Llego a mi habitación y lo primero que hago es avisarle a papá que llegamos bien. Ya es tarde. El sol se está poniendo y tiñe todo de naranja. El viaje me cansó mucho. Solo estamos esperando que lleguen los chicos.
—No sé tú, bro —me dice Matías mientras se recuesta en el sillón de la sala, desparramado—, pero ya me urgía salir de la rutina. Por cierto… deja le llamo a las chicas.
Se levanta para hacer la llamada. Lo veo y sonrío porque está tan loco. Lo que éramos de niños ya ni la sombra. Pareciera que los papeles se invirtieron y él es el que anda buscando siempre qué hacer de nuevo. Siempre con un plan, una fiesta, una locura.
Lo veo hacer algo en su celular. Recuerdo que en el camino me llegaron unos mensajes. Veo mi teléfono y me sorprende mucho, pero también me alegra al mismo tiempo, ver que es un mensaje de Anya. El corazón me da un vuelco.
Lo abro como desesperado, con la ansiedad de saber qué dice.
_“Perdón… no sabía que te importara lo que yo pensara de ti”._
Lo leo más de una vez. Solo de saber que es de ella me da una ligera esperanza, una punzada en el pecho. Le quiero responder, mis dedos vuelan sobre el teclado, pero me arrepiento cuando ya tengo a Matías a mi lado, asomándose.
—Ya vienen en camino. También Ean y Noah —dice, guardando el teléfono.
—Vale… me agrada. Me voy a bañar en lo que llegan todos —le doy una palmada a Matías para ir a mi habitación… solo que en el camino veo la habitación de Anya. La puerta cerrada.
Así que sin pensar me dirijo a ella. El pasillo está en silencio. Al entrar, noto de inmediato que su perfume está impregnado en el ambiente. Vainilla y algo dulce. Veo cada rincón: todo está perfectamente limpio y acomodado. La cama tendida, los cojines, una foto de nosotros de niños en el buró. Estando aquí me siento más cerca de ella.
Estoy tan distraído, metido en mis pensamientos, que me asusto cuando suena mi teléfono con un nuevo mensaje. Vibra en mi mano.
Veo que de nuevo es ella…
_“Ya sé que me odias, por eso no respondes”._ 😛
Me causa gracia lo que dice, así que sonrío como tonto. Me siento en su cama. Me tomo una selfie en su cama y se la mando. Quiero que entienda que yo no la odio. Que nunca podría.
_“Insisto que son de lo peor por no invitarme”._
Estoy a nada de responderle cuando escucho un gran escándalo abajo. Risas, gritos. De prisa me salgo de la habitación para entrar a la mía.
Llegaron Ean y Noah con Romina. Me ven desde abajo y saludan con una gran sonrisa. Bajo con ellos, olvidando totalmente mi celular en la cama de Anya.
—¡Bro! —me alcanza al final de las escaleras Noah. Se ve muy contento. Saludo a los tres y Matías comienza con sus bromas y comentarios graciosos.
—¿No vino Anya? —me pregunta Romina mientras los otros están en lo suyo, abriendo hieleras.
—Eh… no —contesto, rascándome la nuca.
—¿Seré la única chica con ustedes? —pregunta indignada, mirando a Ean. Este se acerca a nosotros.
—¿Sucede algo?
—Thiago dice que Anya no vendrá —dice Romina.
Ean me mira, tratando de descifrar algo en mí. Sus ojos me escanean. Solo me queda sonreír y evadir el tema. Me sudan las manos.
—Matías invitó a unas amigas… —Ean no deja de mirarme, lo que hace que me ponga nervioso—. No tardan en llegar.
—Si son amigas de Matías, ya me imagino… —dice sin filtro Ean. Abraza a Romina y me siento fuera de lugar. Como un estorbo.
—¿Thiago, vamos a comprar las cosas, no? —Matías me salva.
—Claro… —digo, agradecido.
Matías quiere hacer la reunión en la alberca, así que nos vamos los tres a comprar lo que necesitamos para eso. Hielo, botanas, alcohol.
En el camino me olvido totalmente de responderle a Anya sus mensajes. Olvido por un momento que no estoy tan bien y me dejo llevar por lo que vamos a hacer. Por la música, por las risas de Matías, por el mar que se ve a lo lejos. Pero en el fondo, su nombre sigue rebotando en mi cabeza. _Anya. Anya. Anya_