4-𝕷𝖆 𝖈𝖚𝖑𝖕𝖆.

1968 Words
𝔸𝕟𝕪𝕒. 🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺🌹🌺 Los chicos se fueron sin mí a la casa de la playa. Estoy en mi habitación, muy triste, viendo las fotos que están subiendo a i********: Matías y Noah. La luz de la pantalla me quema los ojos en la penumbra. No solo siento tristeza, sino coraje. Un coraje que me arde en el pecho al ver que ahí está _la tipa_ que besó a Thiago. Taylor. Veo una foto de Matías en la alberca con una chica y, de fondo, se ve a Thiago con esa tipa colgada de su cuello. Riendo. Como si nada. Un dolor en mi estómago se hace presente. Doy un grito de frustración y aviento mi teléfono contra los cojines. Rebota y cae al suelo. —Calma… calma… no pasa nada, no me debe importar, no me debe importar… —llevo mis manos a la cabeza, tratando de repetirlo como mantra, que todo está bien. Que Thiago me da igual. Abrazo mis piernas porque una terrible angustia está apoderándose de mí. Me falta el aire. Yo he puesto muros entre Thiago y yo… ¿qué quiero ahora? ¿Qué esperaba? Estoy intentando no llorar, pero me resulta imposible. Las lágrimas me nublan la vista. Veo una y otra vez la foto que me envió Thiago —la de él en mi cama— y me da más sentimiento. Es tan lindo, tan guapo, que me muero de celos al ver que está con esa chica. Con su novia. Es una angustia estar aquí, sobrepensando en lo que estará haciendo con ella. Si la está besando. Si se ríe con ella como se reía conmigo antes. Escucho reír a mamá justo afuera de mi habitación. Con una risita de que está con William, coqueteando. Suena feliz. Ligera. Todo lo que yo no soy ahora. Limpio mi rostro con la manga del suéter y abro la puerta de golpe. Los veo besándose en el pasillo, él con las manos en su cintura. Al verme en la puerta se asustan los dos. —¡Ay, por Dios! —dice mamá, llevando sus manos al pecho, con los ojos muy abiertos. William abraza a mamá de la cintura y me ven sorprendidos. —Anya… ¿qué haces aquí, cariño? —me pregunta William, extrañado de verme. Su voz es suave, pero confundida. —Pues… aquí vivo —le digo con obviedad a William, cruzándome de brazos. —O sea, sí —ambos se miran sin entender—. Pero… ¿que no irían a la casa de la playa? —Pues no fui invitada, porque soy una aburrida, antisocial y ñoña. O esas fueron las palabras de Thiago —lo suelto de golpe. Me arde la garganta al decirlo. —¿Cómo te hicieron tal grosería?... Deja arreglo esto… —William saca su teléfono y comienza a teclear, con el ceño fruncido. Lo detengo de inmediato, poniéndole la mano en el brazo. —No, William, déjalos. Están mejor sin mí, muy divertidos por cierto. Además, no me importa convivir con chicas que no conozco. —¿Cómo que chicas que no conoces? —me pregunta mi mamá sorprendida, soltándose de William. Creo que debí cerrar mi gran bocota. —Eh… bueno, yo creo, no sé, supongo que… —¡Basta, Anya!... No los encubras —me hace callar William mientras está llamando a alguien—. Sí… ¿quién está?... Ok, gracias. —Se supone que solo irían ustedes tres con Ean, Noah y Romina… eso dijo Matías. Te juro que no sé qué le pasa a tu hermano. William termina de hablar con sabe quién, ve a mi mamá un tanto molesto y niegan con la cabeza, en silencio. —¡Esto no se va a quedar así! ¡Pensé que habían madurado! —dice molesto William. Cierro los ojos con preocupación porque ahora me van a culpar por lo que les suceda. Todo por abrir mi gran bocota. ¿Es malo que en el fondo me alegre que los vayan a regañar? Un poquito sí. Lo admito. —Regreso enseguida, cariño —William se despide de mamá y se va… Me quedo pensativa, mirando lo que acabo de ocasionar sin querer. El pasillo huele a la loción de William. Entramos a mi habitación y mi mamá me frota con cariño la espalda. Sus manos están tibias. —¿Estás bien? —mi mamá me conoce perfecto y sabe que estaba llorando. Me ve los ojos hinchados. —Sí, mamá… —miento, con la voz rota. —Estabas llorando. Hija, sé que estuvo muy mal que no te llevaran, eso no se hace, pero también entiende: tú siempre los mandas a volar cuando te dicen un plan. Volteé a ver a mamá. Estaba en lo cierto. Lo malo es que ahora quedaba como antisocial y chismosa. Y celosa. Sobre todo celosa. 🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸🌸 Horas más tarde… William había mandado a Martín por los chicos. Estaba regañándolos en la sala. Los dos estaban con la cabeza agachada, sin mirar la cara de William. La sala se sentía tensa, helada. En realidad nunca los regañaban, por lo menos no William. Menos a Thiago, que se portaba muy bien a comparación de Matías, que siempre andaba metiéndose en problemas. Mi hermano levantó la cara, clavando su mirada en mí. Estaba molesto, muy molesto. Los ojos le brillaban de rabia. Yo estaba al pie de las escaleras, mirándolos con culpa, porque de verdad no había sido mi intención echarlos de cabeza. Me mordía el labio. —¿Cómo pudieron hacer tal cosa? Les otorgué la confianza de que fueran solos, Thiago. ¿Por qué llevaron a esas chicas? Y todavía tenían bebidas alcohólicas. Sé que son jóvenes, que tienen mucha curiosidad de experimentar muchas cosas… ¿pero si les pasaba algo, a ustedes o a esas chicas? —William —dijo mi hermano con culpa, jugando con sus dedos—, lo lamentamos. Solo queríamos divertirnos con nuestras novias. En cuanto dijo eso, sentí un dolor terrible en mi corazón, en mi estómago, en mi cabeza… en fin, en todo mi cuerpo y mi alma. Sentí horrible escuchar eso. _Nuestras novias_. Thiago tenía novia. Y era ella… Taylor. Se me fue el aire. Tuve que apoyarme en el barandal. —Papá, lo lamento… —dijo Thiago, en voz baja. Mamá se levantó, tomó el brazo de William para que se calmara. Solo ella podía domar el mal genio de su marido, que en realidad nunca se molestaba tanto. De hecho, hasta creía yo que estaba exagerando. Él se molestaba muy poco, siempre quería ser el mejor papá y padrastro. —Vayan a su habitación… —mi mamá los mandó a su habitación. Cuando pasó Matías a mi lado, se acercó y, en voz bajita, habló, para que solo yo escuchara: —Eres una maldita soplona. Lo miré con culpa. Thiago me vio indiferente, pasando a mi lado sin detenerse. Y era lo que más me dolía. Sí, más que lo que había dicho el inmaduro de mi hermano. Esa indiferencia me atravesó. William y mamá se fueron a la oficina, así que subí a mi habitación. Al entrar estaba ahí un Matías muy enojado, sentado en mi cama. Obviamente me asusté al verlo ahí. El corazón me dio un vuelco. —¡Matías!... Me asustaste —dije, llevándome la mano al pecho. —¿No te aburres? —me soltó, con veneno. —¿Perdón? —caminé a mi cama sin tomarlo en cuenta, tratando de que no me temblaran las piernas. —¿Que si no te cansas de ser tan odiosa y chismosa? ¿Por qué fuiste de soplona? Es que eres una maldita chismosa, Anya. —¡Te calmas! ¡No me hables así, tarado! Agarró mis libros y comenzó a ojearlos, pasando las páginas con brusquedad. Me levanté de inmediato para quitárselos. Eran _mis_ libros. Los que me regaló Thiago. —¿Te molesta que los tome? —¡Matías, ya! ¡Deja mis cosas! La casa era demasiado grande. Mamá y William estaban abajo, pero muy lejos, así que no podían escuchar la discusión. Pero Thiago no. Así que entró en cuanto escuchó mis reclamos. La puerta se azotó contra la pared. —¡Para que se te quite lo chismosa! —tenía toda la intención de aventar mis libros o hacerles algo, ya que no me los daba. —¡Matías, basta! ¡No fue mi intención! —¿Qué haces, Matías? —dijo Thiago en cuanto entró a mi habitación. Su voz sonó grave, cortante. Mientras yo intentaba quitarle mis libros a Matías. Libros que me había regalado Thiago, por cierto, en cada fecha que él creía era importante. Cada libro tenía sus dedicatorias, con su letra. _“Para que nunca dejes de soñar, A.”_ Así que eran lo más preciado para mí. Por eso me molestaba con ellos Matías. Pero no sabía que el que me los regalaba era Thiago. Era como nuestro secreto. Limpié mis lágrimas, que ya me corrían por la cara sin control. Thiago alcanzó los libros y me los dio, quitándoselos a Matías de un tirón. Matías volteó los ojos, puso sus manos en la cintura con enfado. —¿Ves que nos echó de cabeza esta chismosa? —escupió Matías. —Pero vas a complicar más las cosas, Matías. No nos conviene que nuestros papás vean que te peleas con ella —dijo Thiago, sin mirarme. —¿Es neta que la vas a defender, bro? —Matías estaba incrédulo. —No es eso, Matías. No quiero que mi papá se moleste más o que tu mamá te diga algo. Ya olvídalo. —Me las vas a pagar… —me señaló, y se salió echando chispas—. Vas a ver, mugrosa pulga. Acomodé mis libros en su lugar, temblando. Limpié mis lágrimas e intenté disimular. El corazón me latía en los oídos. Thiago no me dijo nada. Ni siquiera me volteó a ver. Solo se dirigió a la puerta para salir. Lo alcancé en la puerta, tomándolo de su brazo. Su piel estaba caliente. Pero no me dirigió la mirada. Miraba al frente, la mandíbula tensa. —Gracias… te prometo que no fue mi intención meterlos en problemas, lo juro, te lo juro, Thiago. ¿Me crees? —mi voz sonó chiquita. Bajó la cabeza. Volteó y nuestras miradas se encontraron. Sus ojos estaban tristes, cansados. Con delicadeza, limpió mis lágrimas con el pulgar. El roce me estremeció. —No llores… —me dijo con ternura—. Yo siempre te voy a creer. Irremediablemente me conmovió aún más. De por sí que ya estaba sensible, así que me solté a llorar. Sí, aproveché el pretexto para sacar todo lo que me dolía: saber que Thiago tenía novia y todo lo que estaba sintiendo. Los celos, la rabia, la soledad. —Cálmate… no llores, Anya —susurró. Intenté calmarme. Limpié mis lágrimas y evité mirar a Thiago. Me daba vergüenza. —Es que… fue una tontería, perdón —hipé. Thiago me veía con esa carita tristona que solía tener casi siempre. Como si cargara el mundo. —Tranquila… no pasa nada —dijo. Thiago estaba a punto de abrazarme, o eso pensé. Abrió los brazos un poco. Pero llegó mamá. —Casandra… —Thiago aclaró su garganta y me vio nervioso, dando un paso atrás de golpe. —¿Qué pasó? —preguntó mamá ya en la entrada. Me vio a mí y a él, confundida, analizando la escena: yo con los ojos rojos, él con las manos en los bolsillos. —Con permiso… —Thiago se retiró sin mirarme. Pasó a un lado de mamá y se fue. Yo limpié mis lágrimas una vez más. Mi mamá cruzó los brazos, mirándome fijamente, esperando una explicación. Y yo solo quería desaparecer.
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