7-𝕹𝖚𝖊𝖘𝖙𝖗𝖔 𝖕𝖗𝖎𝖒𝖊𝖗 𝖇𝖊𝖘𝖔

2551 Words
ᴛʜɪᴀɢᴏ. 🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀🌻🍀 Mi papá jamás me había golpeado. Vamos, ni siquiera cuando de más chico me fui a las carreras de autos con Matías. Pero anoche había sido diferente. Estaba tan molesto por lo que creía que había hecho que me dio una muy buena cachetada. El sonido todavía me retumba. Lo peor es que lo hizo enfrente de Anya, Casandra y Matías. Morí de vergüenza. El calor me subió a la cara y no fue por el golpe. El silencio que cayó después fue peor que los gritos. Cuando llegó la hora de ir a la escuela, ya nos esperaba Martín para llevarnos. Era cierto: me había quitado el auto. Las llaves ya no estaban en el plato de la entrada. Cuando llegué a la camioneta, ya estaba Anya ahí, sentada en el asiento de atrás, mirando por la ventana. Solo esperábamos a Matías. El aire adentro olía a cuero y al perfume de mi papá. Saludé a Martín y me senté al lado de Anya. —Y sí, te quitó tu auto tu papá… —dijo de pronto, mientras se tocaba el cabello con nerviosismo. Se enredaba un mechón en el dedo, una y otra vez. —Sabes que mi papá cumple todo lo que dice —le contesté, y le agarré la mano para que dejara de agarrarse el cabello de esa manera. Tenía los nudillos blancos. Ella me sonrió, débil. Entrelazamos nuestras manos y ambos sonreímos nerviosos. Por un segundo, solo existimos nosotros dos y el roce de nuestras palmas. No tardamos nada así, ya que vimos que venía Matías, azotando la puerta de la casa. —¡Gracias por hacer nuestra ida a la escuela más aburrida que nunca, Anya! Lo bueno que es nuestro último año contigo, odiosa —dijo en cuanto entró a la camioneta, reclamando como siempre. Anya lo ignoró, soltó mi mano y volvió a mirar por la ventana. Le hice un gesto a Matías para que se calmara, pero movió la cabeza en desacuerdo. Ya no dijo nada más. El resto del camino fue puro silencio y el ruido del motor. Llegamos a la escuela. Anya se bajó de prisa, sin despedirse siquiera. La mochila le golpeaba la espalda al correr. —¡Y todavía te enojas, babosa! —le gritó Matías, molesto, viéndome para que viera lo que había hecho Anya. —Ya déjala… —le dije para que ya se callara. El nudo en el estómago no se me quitaba. Fuimos a nuestra clase sin tocar el tema. En toda la mañana ya no vi a Anya. Y sí, lo admito: la busqué muchas veces a cada cambio de clase. Mis ojos la rastreaban en los pasillos llenos de gente, entre risas y lockers azotándose. En una clase libre fui solo a buscarla a donde la había visto las veces pasadas. El patio de primero, junto a las jardineras. Y sí, ahí estaba, con una bola de tarados. Se reían fuerte, demasiado. —¡Anya!… —la llamé, un poco molesto, si les soy sincero. La voz me salió más dura de lo que quería. Ella acudió a mi llamado de inmediato, dejando al grupo atrás. —Hola… —¿Qué haces con esos tarados? —Son los imbéciles que estaban grabando anoche en la dichosa fiesta. Los reconocí por las chamarras y la forma en que la miraban. —No estoy haciendo nada malo, Thiago. ¿Vas a hacerme lo mismo que Matías? —cruzó los brazos, a la defensiva. —Sabes que no… jamás lo haría —suspiré—. -¿Qué necesitas? —preguntó con fastidio. —Solo… yo quería verte… —las palabras se me atoraron. Ella sonrió. Vi que se puso un poco nerviosa. Yo estaba igual, pero disimulaba mucho, metiendo las manos a los bolsillos. —¿Y tu novia?… Qué milagro que no está pegada a ti como sanguijuela. Me reí ante su comentario. Me daba ternura ver que se pusiera celosa, aunque me partía en dos. —Ya te dije que no es mi novia. —Pues yo no me beso con mis amigos. ¿Quieres que lo haga? —me señaló a los tipos que estaban atrás de nosotros, recargados en la pared, sonriendo como hienas. —No digas tonterías… —le respondí, enojado. El pecho se me apretó. Ella solo sonrió, como si fuera gracioso, cuando de pronto alguien le habló. —¡Anya! —la llamó un tarado, de pelo largo y camisa desabotonada. Le hacía señas para que fuera con ellos. —No vayas… —le pedí, casi en un susurro. —Thiago, te veo luego, sí —dio un paso atrás. —Anya… —la tomé del brazo—. ¿No te sientes mal? —No… ¿por qué? —frunció el ceño. —Anoche te pusiste borracha. —Pues estoy de maravilla. Ya no me estés vigilando. Yo sé lo que hago. —Pues… lo dudo mucho. ¿Le vas a seguir hablando a ese tarado cuando ayer te dejó sola? Anya, todos a estas horas tienen videos y fotos tuyas con ese diminuto traje de baño que quién sabe de dónde sacaste. Si se entera tu mamá… —Ya, ya, shhh… no me digas eso. No me importa. Yo no hice nada malo. Solo me estuve divirtiendo. Jamás lo hago, tampoco es que hice lo peor del mundo. —Anya, no hagas más tonterías. —Ya, Thiago, no estoy haciendo nada. Ve a divertirte tú, y ya, déjame vivir. —Any, por favor… —la tomé de la mano cuando ya se estaba retirando. —Adiós, Thiago —se soltó de mi agarre y se fue con los tarados esos. Anya no era de las chicas de fiesta o que tuviera muchos amigos, menos hombres. Solo Ean y Noah eran sus amigos. Pero ya en esta etapa supongo que quería tener nuevas amistades. Pero esta nueva Anya estaba irreconocible ante mis ojos. No soportaba que estuviera con esos tarados. Todos ahí tragándosela con esa mirada lujuriosa. Me hervía la sangre. No pude soportarlo más, así que fui directo a donde estaba y la tomé de la mano para llevarla lejos de ahí. Ella se sorprendió, pero no hizo nada. Mientras los tipos solo se quedaron mirando, con sonrisitas de burla. —¿Qué te pasa?… Thiago —dijo, cuando nos alejamos. —No te vas a quedar con esos pervertidos. —¿Pervertidos? —Sí, Anya —nos detuvimos cuando ya estábamos lejos de ellos, junto a los baños vacíos—. Esos idiotas solo quieren llevarte a la cama. Estoy seguro que hasta apostaron por quién lo hará primero. —¿Ustedes hacen eso, por eso lo dices? ¿No pueden simplemente hablarme sin ninguna otra intención? En serio que estás enfermo. —¡No, Anya, no!… Entiende, por favor. Conozco a esa clase de tarados. Hazme caso. —¿Y cómo sabes que no quiero que me lleve uno a la cama? —lo soltó así, de golpe, mirándome a los ojos. —¡No digas estupideces! ¡Ni de broma digas eso! —la tomé del brazo, muy enojado, acercándola demasiado a mí. El olor a su shampoo me pegó de lleno. No pude contener los celos cuando la escuché decir eso. Me quemaban. —Ya déjame, estoy harta de esto. De que no pueda hacer nada y de ti, de… nosotros. —¡Yo más!… —Anya me empujó. Traté de calmarme. La ira se estaba apoderando de mí, me temblaban las manos. —¡Tú te la vives paseando y besándote con chicas todo el tiempo! ¡Y yo te tengo que ver siempre con ellas! ¿Qué crees que no me duele? —dijo muy molesta, al borde del llanto. Las lágrimas se le juntaban en las pestañas. Yo sabía que ella sentía cosas por mí, pero me sorprendió que me lo estuviera diciendo. Me dejó sin aire. —¿Y qué quieres que haga, Anya? Desde que nuestros padres se casaron comenzaste a levantar un muro entre nosotros. No dejas que te hable, no puedo acercarme a ti —le dije con frustración, porque quería culparme de todo. La voz se me quebró. —¡Ah!… Claro, claro… es tu pretexto para ser un mujeriego. Ya veo. —¡No soy un mujeriego, Anya! —ambos estábamos muy ofuscados. Anya estaba llorando, y yo estaba desesperado. El pasillo estaba vacío, pero sentía que todo el mundo nos oía. —Ya olvida todo, Thiago… Vive tu vida y yo vivo la mía. No quiero arruinar nada entre nosotros —se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y caminó para irse. La detuve, acercándola demasiado a mí. La tomé del rostro y la besé. Por primera vez le di un beso a Anya… Ella no hizo nada por detenerme. Así que nos estábamos besando por primera vez. Sus labios temblaban contra los míos. Sabía a sal y a ella. Detuve el beso para recuperar el aliento. Recargué mi rostro en el de ella, mientras que ella tenía los ojos cerrados. Respiraba agitada. —Nunca podré seguir mi vida sin ti, Anya —susurré. Ella me sonrió, feliz, con los ojos todavía brillosos. Y ahora ella me besó a mí. Nos abrazamos y un gran peso cayó de mis hombros, porque por fin Anya, mi pulgita, aceptaba que me quería. Ambos tiramos esa pared que nos separaba y estábamos siendo sinceros con lo que sentíamos. —Me tengo que ir… nos pueden ver. Te veo en la salida —dijo, mordiéndose el labio. Ya se iba a ir, pero la jalé para darle otro beso. Caminamos unos pasos besándonos y riéndonos como tontos, escondidos detrás de esos baños vacíos que nunca usaba nadie. —Solo te pido algo, por favor: no les hagas mucho caso a los tarados esos. Cuídate de esas amistades. —Ok, ok… ya me voy —se rio, y me dio un empujón suave. Muy a nuestro pesar nos separamos. La vi irse muy feliz a sus clases. Estaba tan entretenido viéndola, con esa sonrisa que no le conocía, que no sentí cuando llegó Matías. —¿Thiago, qué haces aquí? —volteé a mirarlo. Venía con Laia, Ean y Romina. —Ah… hola. —Vamos a la cafetería, ¿quieres ir? —Te estaba buscando, Taylor, Thiago. No entraste a la clase —Laia, la novia de Matías, quería emparejarme con Taylor desde hacía semanas. —Se me fue el tiempo… —¿Qué haces aquí en los salones de primero? —me preguntó Matías, entrecerrando los ojos. Me estaba poniendo nervioso. El corazón me latía en la garganta. Ean lo notó de inmediato y me rescató del aprieto. —Ya qué más da, vamos antes de que se haga tarde. Caminamos a la cafetería. Pasamos por el salón donde estaba Anya. La muy ñoña estaba muy atenta, tomando apuntes, hasta que nos vio pasar. Ean y Romina la saludaron. Ella sonrió muy feliz, toda hermosa, como siempre. Yo iba hasta atrás. Solo le guiñé el ojo. Ella correspondió de la misma manera, y se sonrojó. Pasamos un rato en la cafetería. Yo estaba distraído, solo pensando en Anya y en el beso que nos habíamos dado. Todavía sentía sus labios. Veía a mis amigos con sus novias, todos embobados con ellas, comportándose como unos mansos corderitos. Hasta Matías, que de pronto le salía la personalidad de su padre. Me sentí tan fuera de lugar que resultaba incómodo. Como si no perteneciera. —Ya me voy… —me levanté de la silla, pero Laia me detuvo. —No, espera, ya viene Taylor. —La espero afuera —necesitaba aire. Me salí para ver si me encontraba con Taylor y de paso le mandaba un mensaje a mi pulgita: _¿Sigues viva después de tanto beso?_ En uno de los pasillos me topé a Taylor. Corrió a mis brazos y me besó. No le correspondí porque me tomó por sorpresa. Estaba con el celular en la mano, pensando en Anya. No esperaba que Anya nos viera justo en ese momento. Se quedó pasmada viéndonos. Me enseñó su celular, con la pantalla encendida, dio media vuelta y se fue. El pecho se me hundió. Supuse que me había respondido mi mensaje. —¡Hola, guapo! —dijo Taylor, colgándose de mi cuello. —Taylor… eh, lo lamento, debo irme. Al rato te llamo. —¿Qué? ¿A dónde vas? —se quedó parada, viendo cómo me iba de prisa. Tenía que alcanzar a Anya. —¡Nos vemos…! ¡Adiós, adiós! —grité sin voltear. Corrí a donde vi que se había ido Anya. La busqué con la mirada entre la gente. Revisé mi teléfono y vi su mensaje. "Los amigos no se besan en la boca". 💔 La volví a buscar sin tener suerte. Me senté en una banca a mirar a todos. Las parejas pasaban tomadas de la mano, otros por ahí jugando, otros riéndose o platicando… y yo, solo como idiota. El sol pegaba fuerte, pero yo sentía frío. Me estaba resignando hasta que sentí que alguien me tapó los ojos por atrás. Unas manos pequeñas, frías. —¿Any? —pregunté, con el corazón a mil. Descubrió mis ojos y sí, era ella. Se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas. —¿Por qué la besaste? —preguntó como si nada, mirándome fijamente. Pero le temblaba la voz. —Anya… —¿No me digas que andas besándote con cualquiera? ¿Entonces yo qué soy para ti? —me vio a los ojos. Estaba muy apenado. La vergüenza me quemaba la nuca. —Tú eres todo… —susurré. —No te creo. ¿Por qué la besaste? —Escucha, Anya, te prometo que ella no es mi novia. Solo que… —tragué saliva. -¿Tu amiga con derechos? —me interrumpió, dura. —No, yo no tengo eso. Solo se dio, que ella y yo… pero no significa nada para mí. Solo la veo como amiga, y no voy a volver a besarla nunca más. Hablaré con ella y aclararé las cosas para que no malinterprete nada. —Bueno… hasta que no aclares eso con ella, no me vuelvas a buscar —se levantó con la intención de retirarse. El pánico me subió. —Anya… —la llamé. —Ya empieza mi última clase… me tengo que ir. —¿No estás molesta, verdad? —pregunté, como un imbécil. —Obvio que sí. Me molesta y mucho verte con ella o con cualquier otra. Me dan unos celos horribles. No lo soporto —era tan sincera que me recordó a cuando éramos unos niños y siempre decía todo sin filtro. El corazón se me estrujó. —No has cambiado nada, mi pulgita hermosa —le apreté la mejilla con cariño—. Eres adorable. —Nos vemos en un rato —intenté jalarla de la mano, pero se zafó de mi agarre. Se fue riendo, toda linda, con el cabello rebotándole en la espalda. Me quedé suspirando como un bobo. Al darme cuenta de cómo actuaba, me dio risa, porque seguramente me veía como mis amigos: de tonto. Pero no me importó. Por Anya, valía la pena ser el más tonto del mundo.
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