Nuestro héroe laboraba sin descanso en su laboratorio, despreciando reuniones, visitas de su esposa, comida, todo excepto cerveza, porque le ayudaba a pasar el trago amargo de no saber el estado y paradero de su amorcito. Sin embargo, tenía que reportar al emperador sus avances, quien llegaba creyéndose su mejor amigo, saludándolo con un abrazo acompañado de estas bellas palabras: —Querido amiguito, disculpa que no te he buscado, he estado muy ocupado; me tocó hacer un pacto con las otras naciones a las cuales yo estaba a punto de conquistar. Lo bueno es que me gane un puesto en el alto consejo de la Unión de potencias mundiales. Me están dando más tecnología, hasta nuclear, eso considero que nos van a dar. Lástima que también tengo que convocar a elecciones e instaurar nuevamente al Senado junto a todo el aparato democrático, que embarrada que la vida nunca es fácil, al menos me divertí un poco.
Está mirándolo de reojo, le dijo como siempre lo primero que se le vino a la cabeza y sin hacer uso de la prudencia: —Señor, son muy complicados sus problemas, aunque no deje que lo afecten; un amigo mío me decía «preocúpese cuando no se le pare»; desde luego que es difícil, yo estoy muy desesperado por el incierto paradero de la doctora Yací, por eso estoy dedicado a descubrir aparatos que ayuden a su rescate y recuerde que no está solo, usted tiene a su linda esposa que lo apoya y que lo ama, supongo.
Al emperador se le cambió el rostro como si fuera otro; su tez suave ahora se contraía. Aunque siguió haciendo de amigo, le dijo: —Estiben, tú sabes que es muy dura a veces la convivencia. Cuando estás enamorado, te creas unas expectativas diferentes, idealizas a una persona, crees que todo va a ser color de rosa, hasta que al pasar el tiempo ves a tu princesa transformada en una cruel bruja, y tristemente te das cuenta de que ella siempre lo fue. Lo que pasó es que tú te autoengañaste, tal vez pensando que las cosas mejorarían, cuando la realidad mostró todo lo contrario.
Estiben lo miró a los ojos, observando cómo sus ojos encerraban una gran cantidad de dolor. Intentando consolarlo, le dijo estas palabras: —Sí, señor, es algo lógico que nos negamos a ver, es como en el cuento que un hombre mata a la bruja para casarse con la hija; según eso vivirán felices por siempre, lo que supongo que no pasaría, ya que todo cambiará cuando vivan juntos, que empiecen a verse los defectos. Además de que ella dormirá al lado del que le arrebató no solo a su madre, sino también su libertad, sueños e ilusiones, seguramente algún día él se levantará convertido en chica o no se podrá levantar más.
Rodríguez sonrió un poco, suavemente destapó dos cervezas, dándole una a su compañero de charla, mencionándole de manera amistosa: —Si es verdad, tan solo uno es el culpable de sus desgracias, tal vez por querer agradar a los demás, en lugar de hacer lo que uno realmente quiere, no vivir de apariencias ni de dogmas; tan solo importa una cosa ser feliz.
Estiben pensó que se refería a la aventura homosexual con su consejero; recordó que su esposa se lo comentó, que también le expresó algo de un atentado a la mujer del presidente, así que no aguantó y le preguntó: —A propósito, ¿cómo sigue su esposa?, ¿es verdad que sufrió un atentado?
El emperador se rascó la cabeza; moviendo sus labios, produjo un chasquido como lo hacen los burritos, para luego contestarle: —Si es una calamidad, resulta que mi mayor asesor, aún desconozco sus motivos, debe ser que tal vez él era el espía y ese atentado seguramente estaba dirigido contra mi persona. No lo sabemos todavía, puesto que él al sentirse atrapado se suicidó y mi esposa quedó inválida, lo cual ha afectado aún más nuestra relación, ya que si antes era peleona ahora es el doble, aunque no le funcione la mitad.
Otra pregunta le rondaba en la punta de la lengua al científico, hasta que no pudo más, dejándola escapar: —Es una gran catástrofe, una persona en esas condiciones es muy sensible y requiere que todos le tengamos consideración, pero no lástima; por otro lado, si le toca convocar elecciones, eso quiere decir que ya no es emperador, ¿le puedo llamar presidente?
Él lo miró algo tierno y esbozó una gran sonrisa acompañada por estas dulces palabras: —No, tú me puedes llamar «amigo».
Estiben lo miró, analizándolo; quizás le decía la verdad, o tal vez lo quería colocar como reemplazo de su desafortunado consorte, o tal vez solo le decía todo eso para manipularlo. Igual, a él no se le olvidaba que lo envió a una misión s*****a, que exilió a su esposa y que le ocultaba cosas, y hasta de pronto él podría ser el que le dio la información a Portón, que podría ser sus amigos u otro de sus amantes. Sin embargo, tenía que romper el incómodo silencio, así que al fin se le ocurrió decirle: —Sí, señor, por supuesto, para mí es un honor. Por cierto, necesito unos inhaladores para mi asma. El que tengo no me funciona; es como si sus componentes se hubieran alterado, tal vez debido al cambio de dimensión, no lo sé, pero imagino que algunas sustancias inorgánicas no funcionan igual bajo la vibración del otro mundo. Me toca acabar este portal para hacer muchos experimentos; acuérdese de cómo se volvió Portón en la explosión que a mí me envió al otro lado; a él lo dejo entre ambos mundos, a propósito: ¿han podido sacarle algún dato a su cuerpo?
El presidente cambió su cara buena a otra vez la de puño, para contestarle algo tosco: —No sé, nada nos han arrojado las observaciones, tal vez debemos de licuarlo, quizás si no le hubieras hecho trizas el cráneo, la tendríamos más fácil.
El científico, alzando los hombros con calma, le replicó: —Me toco hacerlo, pues él nos quería hacer picadillo, no me arrepiento y cada noche en mis pesadillas lo repito una y otra vez, como un molesto bucle, pero lo disfruto. Él nos hizo muchísimo daño; casi nos asesina; no comprendo la razón de porque se obsesionó con nosotros.