El fin de semana había llegado como una promesa de tregua, aunque una tensión sutil se había instalado entre Bastián y yo desde mi arrebato de efusividad. Se mantenía profesional, correcto, pero había una distancia en sus ojos azules que no estaba antes. Aun así, su amabilidad permanecía intacta, y su recordatorio sobre el domingo sonaba más a una cita esperada que a una obligación laboral.
La reacción de David al ver los pases VIP fue un espectáculo en sí mismo. Su emoción, tan pura y contagiosa, fue un bálsamo para mi espíritu acorazado. El cuarto boleto era para Diana, por supuesto. Cuando se lo comenté a Bastián, una ceja se arqueó en sorpresa.
—Pensé que invitarías a tu… esposo —dijo la última palabra con un dejo de ironía amarga.
—¿Crees que llevaría a ese idiota a mi santuario? —respondí, con más aspereza de la que pretendía—. Nuestro trato es claro: yo aparezco en sus eventos de fantasía, pero él no tiene cabida en mi vida real.
Mi respuesta arrancó una carcajada genuina de Bastián, y por un momento, el brillo cálido que tanto amaba regresó a su mirada. Era fácil imaginar, en esos segundos de complicidad, que yo le importaba de una manera que trascendía lo profesional. Pero me apresuré a enterrar ese pensamiento. Era un espejismo peligroso.
Al salir de la oficina, con la expectativa de una copa relajante con Diana, el universo decidió recordarme mi condena. Un Jaguar n***o, tan ostentoso y agresivo como su dueño, se detuvo bruscamente junto a la acera. Dylan se bajó, sus ojos escaneando mi atuendo casual con desdén.
—Vaya —masculló—. Así, al menos, pareces un poco más presentable. Algo más acorde a la señora Walker.
—¿Qué quieres ahora? —suspiré, sintiendo cómo el cansancio se apoderaba de mí—. Te recuerdo que nuestro próximo encuentro conyugal es dentro de dos semanas.
—Necesito que me acompañes a una reunión el domingo. Sé que es corto plazo, pero… —levanté una mano, cortándolo en seco.
—Lo siento, no puedo. Tengo un compromiso de trabajo. Y, como bien sabes, tu propia familia redactó las cláusulas: dos apariciones mensuales, coordinadas con tu agenda. Esta semana no hay nada programado. Así que, ve tú solo.
Por primera vez, lo vi desconcertado. La furia que luego nubló su rostro fue tan intensa que casi pude sentir el calor que emanaba de él. Había tocado un nervio. Había ganado una pequeña batalla.
—Esto me lo pagarás —amenazó, alzando un dedo para señalarme con una furia infantil.
Antes de que pudiera responder, una voz grave, cargada de una autoridad tranquila, cortó el aire entre nosotros.
—Quita ese dedo de ella. Ahora.
Bastián se había interpuesto, su presencia física una barrera sólida y protectora a mi lado.
—Hago lo que me da la gana con mi esposa —replicó Dylan, recuperando su arrogancia—. No te metas donde no te llaman, King. —Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios—. Después de todo, solo eres un jodido lisiado que se quedó sin carrera. ¿Qué se siente ser un cornerback sin futuro?
Contuve la respiración, esperando el golpe. Pero Bastián solo se rió, un sonido frío y cortante. Tomó mi mano con una naturalidad que me dejó sin aliento.
—Tengo más futuro que tú, niñito de mamá —replicó, su voz un hilillo de acero—. Esperando que te caiga la herencia para controlar el bufete más patético de Washington. Al menos yo no necesito un matrimonio de farsa para aparentar normalidad. —Su mirada se clavó en la mía por un segundo—. Y créeme, Alaïa estaría infinitamente más feliz a mi lado que soportando a un miserable como tú.
El aire crepitó con la tensión de dos alfas midiéndose. Dylan, acostumbrado a doblegar a todos, hervía ante la audacia de Bastián, quien lo despreciaba abiertamente. Era fascinante y aterrador presenciar cómo alguien, por primera vez, no le tenía miedo.
—¿Te crees el jodido Diablo? —escupió Dylan, refiriéndose al siniestro apodo que Bastián tenía en los círculos empresariales—. Eres un pobre tipo, y te darás cuenta cuando te quedes con nada.
Harta del espectáculo, di media vuelta y me alejé. El grito de Dylan retumbó a mis espaldas, pero en ese momento, el BMW de Diana se detuvo frente a mí. Subí de un salto, sintiendo una liberación momentánea al dejar atrás a los dos titanes en la acera.
El bar era nuestro refugio de siempre. La voz de Isabel LaRosa sonaba a todo volumen, y el ambiente nos envolvió como un abrazo familiar. En nuestra mesa apartada, Diana se inclinó hacia adelante, su rostro serio.
—Ali, papá habló con sus contactos. Romper el contrato es imposible sin pagar la cláusula multimillonaria. Podemos… podemos darte el dinero.
La oferta me partió el alma. —No, Diana. No los voy a arrastrar a este pantano. Sobreviviré. Puedo defenderme.
—¡Pero mírate! —susurró, apretando mi mano—. Bastó un fin de semana para que ese imbébil te marcara. Y todo por unas malditas fotos.
—Sobreviviré —repetí, con una convicción que no sentía.
Le conté sobre la extraña actitud de Bastián, sus cambios de humor, su tierna atención y el peligroso fulgor en sus ojos cuando me defendió.
—Suena a que estás en medio de un duelo de egos, y tú eres el trofeo —observó Diana con preocupación.
La conversación derivó hacia el partido del domingo, hasta que una sombra familiar se cernió sobre nuestra mesa.
—¿Listas para conocer al equipo entero? —preguntó Bastián, con una sonrisa relajada. Se había cambiado a unos jeans y una chaqueta informal que le sentaban de maravilla.
Su llegada fue seguida de una ronda de bebidas por cuenta suya y la explicación más apasionada de fútbol americano que podría existir. Le brillaban los ojos al describir jugadas, estrategias y la emoción del juego. Era un lado de él que no había visto, puro y lleno de amor por su deporte.
—Solo unos meses más de rehabilitación y estaré de vuelta —declaró con un orgullo que era conmovedor—. Necesito volver a sentir la gloria.
—Siempre has sido parte del equipo —lo animé—. Con tu regreso, Seattle volverá a lo más alto.
Su sonrisa, entonces, fue solo para mí. Un rayo de sol que me hizo sonrojar hasta las puntas del pelo. ¿Qué me está pasando?
La noche dio un giro más cuando Julián Olsen, el central ofensivo, se unió a nosotros. La química instantánea entre él y Diana fue tan palpable que casi se podía tocar. La franqueza de mi amiga —«Estoy soltera y creo que me acabo de enamorar»— nos hizo reír a carcajadas, rompiendo toda tensión. Bastián bromeó sobre ser un cupido, y en un arranque de valentía (o tal vez por la influencia del alcohol), le seguí el juego.
—Entonces, preséntame a alguien —dije.
Él se inclinó hacia mí, su mirada intensa. —Hola, me presento. Soy Bastián King.
La risa me brotó de manera natural. —Hola, soy Alaïa Rivas. Y aunque me encantaría salir contigo, tengo un imbécil por esposo. No por gusto, sino por obligación.
La confesión, disfrazada de broma, flotó en el aire. Fue liberador decirlo en voz alta. La noche transcurrió entre historias de amistad y rivalidades pasadas entre Bastián y Julián, hasta que mi teléfono, lleno de llamadas perdidas de Dylan, me recordó la realidad. Lo llamé, decidida a poner límites.
—¿Dónde estás? —rugió al otro lado.
—Divirtiéndome. ¿Qué quieres?
—¡Necesito que me acompañes a esa jodida reunión! —su voz sonaba desesperada, casi… vulnerable.
—Ya te dije que no puedo. Estaré trabajando. Usa esa cabecita tuya para inventar una excusa.
—¿Sabes qué? ¡Jódete! Quédate en tu miseria…
—Hace un poco de frío. ¿Entramos? —la voz calmada de Bastián sonó justo a mi lado, deliberadamente audible.
—¡Voy! —respondí, dulcemente—. ¿Qué me decías, Dylan?
—¿Estás con Bastián King? —su pregunta fue un silbido de rabia impotente.
—Buenas noches, Dylan.
Colgué y apagué el teléfono. Tomé del brazo a Bastián, permitiéndome flotar en la ilusión de normalidad que él ofrecía. El viaje a casa en su Rolls-Royce, con la sorpresa de que escuchaba The Summoning de Sleep Token, fue otro dato que añadí al rompecabezas de su personalidad. Cuando me dejó en mi puerta, un «Te veo el domingo» cargado de promesas tácitas, sentí un vacío en el estómago al verlo irse. Una parte de mí quería gritarle que se quedara.
El domingo, el estadio era una catedral de energía pura. Desde la suite VIP, todo era surrealista. David estaba extasiado. Cuando los jugadores subieron a saludarnos, fue un momento mágico, un crédito que le daba enteramente a Bastián.
Él se convirtió en mi tutor personal, explicándome cada jugada con una paciencia que me hizo sentir especial. Para mi sorpresa, me encontré gritando y celebrando como una fan más. Diana no perdía ojo de Julián, y su coqueteo era tan evidente como divertido.
—De verdad eres un cupido —le dije a Bastián.
—Cuando tú quieras —respondió, y su mirada no dejaba lugar a dudas de que no solo hablaba de otros.
La alegría fue tan intensa que, por unas horas, olvidé mi otra vida. Hasta que el recuerdo de la obligación me golpeó. Llamé a la asistente de Dylan y conseguí la dirección de su evento. Con la victoria de Seattle resonando en mis oídos, me transformé en el baño de un restaurante cercano. Diana, siempre mi hada madrina, me había provisto de un vestido elegante y tacones.
—Llámame si necesitas que te rescate —me dijo Diana, con preocupación.
—No te preocupes. Tomaré un taxi —aseguré, aunque la ansiedad me cerraba la garganta.
Al llegar al lugar, la elegancia era opresiva. Y allí, en el centro de un grupo de socios, estaba Dylan. Lo escuché antes de verlo:
—… pero Dylan, acabas de casarte y vienes solo a estas cosas. —La voz de un hombre mayor tenía un tono de burla.
—A veces los compromisos… —empezó a decir Dylan, con fastidio.
Aproveché el momento. —¡Lo siento, cariño! —dije, acercándome con una sonrisa de esposa devota—. El trabajo, ya sabes. —Saludé al grupo con encanto forzado.
La expresión de Dylan fue una mezcla de sorpresa y… ¿alivio? —Así es ella —dijo, envolviéndome la cintura con un brazo que era a la vez posesivo y rígido—. Trabajadora incansable. Algo que admiro. —Su beso en mi cabeza fue un roce gélido.
Aguanté la farsa. Sonreí, asentí, y fingí estar fascinada por las hazañas legales de Walker & Associates, especialmente cuando anunciaron que Dylan lideraría la demanda contra Maxwell's Entertainment. Mierda. Ahora entendía la amabilidad de Julieta y Daniel.
Cuando por fin la velada terminó, me despedí. Dylan ni siquiera se volvió. Subí al taxi que esperaba, y solo entonces, al respirar el aire anónimo de la ciudad, dejé caer la máscara. Había sido la muñeca perfecta, pero la indiferencia final de Dylan fue el recordatorio más cruel de mi lugar en su vida: un accesorio desechable.
Mirando por la ventana la ciudad que nunca dormía, susurré para mis adentros, con una mezcla de resignación y rabia: «Púdranse, Dylan. Púdranse todos.»
La batalla había comenzado, y yo estaba justo en el medio, con un hombre que me ofrecía el cielo y otro que me arrastraba al infierno. Y yo, atrapada en el fuego cruzado, empezaba a preguntarme en cuál de los dos, realmente, quería quemarme.