Las Vegas se alzó ante mis ojos como un espejismo de neón y excesos, un mundo artificial donde las promesas se compraban y se vendían como fichas de casino. Por primera vez en mi vida, mis pies pisaban esta ciudad de sueños perversos y pesadillas doradas, y una mezcla de emoción y terror me atenazaba el estómago. Estaba aquí por trabajo, para la conferencia de prensa donde Bastián sería anunciado como la nueva imagen de Aston Martin. Sabía que los reporteros, lobos con traje, no se conformarían con los coches; husmearían su regreso a la NFL y, sobre todo, hurgarían en su vida personal. Durante el vuelo, me sumergí en la redacción de su discurso, puliendo cada palabra hasta que brillara con la fuerza y elegancia que él merecía. Se lo envié por correo justo antes de aterrizar, con los dedos temblorosos.
Al descender por la pasarela, su figura ya me esperaba, imponente y familiar. Un halo de autoridad tranquila lo envolvía, incluso vestido de manera casual.
—El discurso es perfecto —afirmó, y su brazo se posó sobre mis hombros en un gesto que era a la vez protector y posesivo. Un escalofrío me recorrió la columna—. Serás bien recompensada, Alaïa. Ya lo verás.
Se colocó las gafas de sol, escudando sus ojos del resplandor, y nos dirigimos a recoger el equipaje. Mientras esperábamos, la conversación derivó hacia mi infierno particular.
—Fue absurdo —confesé, mirando las maletas que giraban en el carrusel—. Todo ese escándalo por una maldita camisa.
—Fue una humillación gratuita —corrigió Bastián, su voz un rumor grave de indignación—. No te preocupes. Conozco un outlet donde la encontrarás a mitad de precio. Iremos.
Un coche nos esperaba, n***o y silencioso. Durante el trayecto, no pude apartar la mirada de la vorágine de luces y grandilocuencia que era el Strip. Hoteles que se alzaban como templos modernos, cada uno prometiendo un paraíso efímero.
—¿Primera vez? —preguntó Bastián, interrumpiendo mi asombro.
—Sí —admití, sintiéndome ingenuamente expuesta—. No te burles.
—Nunca —su respuesta fue sincera, sus ojos, ahora visibles sin las gafas, reflejaban una chispa de complicidad—. Al contrario, te propongo un trato. Esta noche te llevo a un sitio donde sirven las mejores hamburguesas de la ciudad. ¿Aceptas?
Extendí mi mano, desafiante. —Trato hecho.
Su palma se cerró sobre la mía, y de nuevo sentí esa descarga, esa corriente cálida y electrizante que parecía fluir directamente de su piel a la mía. Era una sensación peligrosa, adictiva.
—Bien —susurró, liberando mi mano con una lentitud deliberada—. Hemos llegado.
El hotel era una obra maestra de lujo y exceso. Mi habitación, una suite que superaba cualquier fantasía, tenía una vista panorámica a la ciudad. Sobre la cama, una cesta rebosaba de productos de lujo, delicias gourmet y, para mi sorpresa, varias prendas de ropa de diseño. Cada detalle gritaba su influencia, su cuidado. Llamé a mi abuela para asegurarle que estaba a salvo, ocultando el temblor de emoción en mi voz.
Me cambié rápidamente, eligiendo un atuendo más informal, cuando un golpe suave en la puerta anunció su presencia.
—¿Lista? —preguntó Bastián desde el umbral. Llevaba unos jeans y una camisa abierta en el cuello que le daba un aire despreocupado y letal.
—Más que lista —respondí, tomando mi bolso con una determinación renovada.
La noche se transformó en un cuento de hadas perverso. Bastián se convirtió en mi guía personal, señalando casinos legendarios y las capillas de bodas relámpago, aquellas donde las vidas se unían o destrozaban en cuestión de minutos.
—Yo no me casaría así —comenté en voz alta, sin pensar—. Prefiero algo con más alma, más romántico.
Él se detuvo y me miró, una sombra de sorpresa genuina en sus ojos.
—Vaya —murmuró—. Hace mucho que no escucho a alguien valorar la autenticidad por encima del espectáculo.
En la tienda de lujo, encontré la dichosa camisa. Mientras la sostenía, un nudo de rencor se apretaba en mi garganta. Dylan y sus humillaciones. Bastián se acercó silenciosamente, con varias prendas más y un abrigo exquisito colgando de su brazo.
—Te los mereces —declaró, entregando su tarjeta negra al cajero antes de que pudiera protestar—. Es un detalle. Por tu trabajo excepcional y porque mañana será un gran día.
La cena fue una delicia decadente. Nos atiborramos de hamburguesas jugosas y papas fritas crujientes, riendo como adolescentes. Cuando los fanáticos lo reconocieron y se agolparon pidiendo autógrafos, me convertí en su fotógrafa personal. Observarlo, tan en su elemento, tan devastadoramente apuesto cuando su sonrisa era real, hizo que una oleada de calor me inundara las mejillas. Me guiñó un ojo, y mi corazón dio un vuelco peligroso. Salir con él debe de ser así, pensé, un torbellino de atención y protección. Pero me reñí mentalmente. Él era mi jefe. Nada más.
—¿Lista? —preguntó, señalando mi plato vacío—. Caminemos un poco y luego a descansar. Mañana nos espera un maratón.
—Sí, vamos.
Su talento en el blackjack fue otra revelación. Me contó cómo su abuelo le había enseñado los secretos del juego, las estrategias ocultas tras una sonrisa. Habló de su infancia, de una familia unida que apoyó su sueño de jugar fútbol americano mientras él estudiaba Finanzas y un Máster en Negocios, construyendo meticulosamente el imperio que ahora dirigía. Era la historia de un hombre que lo tenía todo, excepto, tal vez, a alguien con quien compartirlo de verdad.
—Bastián, eres increíble —dije con sinceridad cuando nos acercábamos a los ascensores—. Estoy segura de que la mujer que se gane tu corazón será la más afortunada del mundo.
—Quizá ya la conocí —respondió, su voz baja y cargada de un significado que hizo que el aire se me atorara en los pulmones—. Solo que aún no me atrevo a decirle lo que siento.
El cosquilleo que sentí fue instantáneo, una esperanza tonta y traicionera. Pero el ascensor se detuvo en mi piso, cortando el momento.
—Bueno, te veo mañana —dije, con una voz que deseaba fuera más firme.
Subí a mi habitación con el eco de sus palabras resonando en mi mente. La afortunada no soy yo, me recordé a mí misma, intentando ahogar el deseo absurdo de que me hubiera seguido.
La mañana siguiente, mientras me preparaba para la conferencia, mi celular estalló en una cacofonía de notificaciones. —Detesto las interrupciones —mascullé, pero al abrirlo, la sangre se heló en mis venas. Fotos de Dylan, sonriente y despreocupado, con una mujer rubia y voluptuosa colgada de su brazo en un restaurante íntimo. Los titulares gritaban: "¿El matrimonio Walker en peligro?", "Dylan Walker y su misteriosa amiga", "Alaïa Walker: ¿La esposa traicionada?".
—¿Qué demonios has hecho, Dylan? —susurré, con la furia hirviendo bajo mi piel.
Mi teléfono vibró con su nombre. Esta vez, no contesté. Pero insistió, una y otra vez, hasta que la exasperación pudo más.
—¿Qué quieres, Dylan? —espeté.
—Necesitamos arreglar esto —su voz era un mandato frío.
—¿Necesitamos? —repliqué, cada sílaba cargada de hielo—. No, esta vez no. Tú solo te metiste en este lío. Sálvate solo. A mí no me arrastres.
Corté y apagué el dispositivo. No permitiría que envenenara este día. Tomé mi bolso y salí, decidida a sumergirme en el trabajo.
La reunión con el equipo fue un torbellino de últimos preparativos. Me sumergí tanto en las labores que casi logré olvidar. Casi. Hasta que la presencia de Bastián se cernió sobre mí. Me buscó con la mirada y, con un gesto, me indicó que lo siguiera a un rincón apartado.
—¿Estás bien? —preguntó, sus ojos escudriñando mi rostro—. Te noto… alterada.
—No estoy bien —admití, la rabia burbujeando de nuevo—. Otro lío de Dylan. Y quiere que yo sea quien lo limpie.
—Ese hombre es un cáncer —declaró, y su disgusto era palpable—. ¿Por qué no lo dejas? ¿Por qué no te liberas?
—¡No puedo! —exploté, la desesperación rompiendo los diques—. Me tienen atada con cadenas de oro. Si me separo, debo pagar una fortuna que no tengo.
—Te daré el dinero —ofreció sin vacilar, acercándose—. Dime cuánto. Dime y será tuyo.
—¡No! —retrocedí, aterrada por la tentación que su oferta representaba—. Esto es mi problema. No quiero involucrar a nadie. Por favor.
—¿Es que no ves lo que te está haciendo? —Su mano me agarró del brazo, no con fuerza, pero con una urgencia que me paralizó. Me guió hacia la relativa privacidad de una escalera de emergencia. Al ver el pánico en mis ojos, me soltó, pero su cuerpo se inclinó hacia el mío, invadiendo mi espacio. Sentí su aliento caliente en mi nuca—. Eres demasiado hermosa, demasiado brillante, para permitir que un hombre como él te pisotee y te desprecie.
Sus palabras eran un veneno dulce, una caricia letal. Mi corazón se aceleró hasta doler, y un nerviosismo electrizante recorrió todo mi cuerpo. Su proximidad era abrumadora, intoxicante.
—Sé muy bien lo que hace —logré articular, con la voz quebrada—. Y sé lo que estoy tolerando. Pero no arrastraré a nadie más a mi infierno.
Sentí el calor de sus labios a centímetros de los míos. El mundo se redujo a ese espacio infinitesimal, a la promesa de un beso que sentía inevitable.
—Si esa es tu decisión, adelante —susurró, y su voz era un eco de seducción y advertencia—. Juega con el diablo, Alaïa. Pero no digas que no te advertí sobre el precio.
Se separó bruscamente, y lo vi alejarse, dejándome temblando en la penumbra. Una sensación de abandono absoluto me invadió, como si un salvavidas se hubiera alejado nadando. Me apoyé contra la pared fría, intentando recomponer los pedazos de mi cordura. Solo es tu jefe, me repetí. Es tu carga. Tu cruz.
Tomé mi lugar en la sala de prensa, con las manos aún temblorosas. Todo debía salir bien. A los periodistas se les había dejado claro el tema: solo el proyecto Aston Martin. Cualquier desviación supondría una violación del estricto acuerdo de confidencialidad que habían firmado. Algunos se habían retirado; los que quedaban parecían lobos amaestrados, pero lobos al fin.
La presentación fue impecable. El nuevo modelo, un espectáculo de ingeniería y diseño. Y en el centro, Bastián, un titán que transformaba el escenario en su territorio personal.
—Agradezco a Aston Martin por esta oportunidad —declaró, su voz proyectándose con una autoridad natural—. La aventura comienza hoy. —Su mirada se encontró con la mía por un instante, y en sus ojos leí algo complejo y no dicho—. ¿Alguna pregunta?
Un reportero, con una sonrisa de hiena, alzó la mano. Bastián, confiado, le cedió la palabra.
—Esta pregunta es para la señora Alaïa Walker —dijo el hombre, y mi mundo se detuvo—. ¿Puede confirmar si su matrimonio atraviesa una crisis? Las fotos de su esposo con otra mujer… ¿son evidencia de una infidelidad?
El silencio fue absoluto. Sentí cómo toda la sangre abandonaba mi rostro. Los murmullos comenzaron, un enjambre de avispas a punto de atacar. Bastián no intervino. Sabía que esta batalla tenía que ser mía.
Respiré hondo, enderecé la espalda y forjé una sonrisa serena.
—No existe ninguna crisis en nuestro matrimonio —mentí, con una convicción que me sorprendió a mí misma—. Estamos más unidos y enamorados que nunca. Les ruego que dejen de especular. El señor Walker se reunía con una clienta muy valiosa y antigua amiga de la familia. La familiaridad fue malinterpretada.
La sala pareció aceptar mi explicación. Pero cuando mis ojos se encontraron con los de Bastián, supe que no le había engañado. Él conocía la verdad, y en su mirada no había triunfo, solo una profunda y preocupada resignación.
—Agradecemos su presencia —anunció él, poniendo fin al evento.
Salí de la sala como si huyera de las llamas, directa a mi suite. Encendí el teléfono. Treinta y cinco llamadas perdidas de Dylan. Mensajes que eran pura amenaza velada. Y entonces, sonó de nuevo.
—Eres insufrible —contesté, con la voz cargada de todo el cansancio del mundo.
—¡Vaya, señora Walker! Siempre sorprendiéndome —la voz de Dylan era un puré de odio y algo más… ¿admiración?—. Ahora tienes a la prensa comiendo de tu mano. Y a mí… haciéndome odiarte un poco más cada día.
—El sentimiento es mutuo, Dylan. ¿Qué quieres ahora?
—Abre la puerta.
—¿Qué?
—He dicho que abras la jodida puerta —repitió, y su tono no admitía réplica.
Con el ceño fruncido, crucé la suite y abrí la puerta. Y allí estaba. Dylan Walker, plantado en el umbral con un ramo obscenamente grande de rosas de todos los colores, una sonrisa cínica y peligrosa dibujada en sus labios. Puse los ojos en blanco, agotada.
—¿Puedes explicarme qué demonios haces aquí? —pregunté, tratando de mantener la voz baja para no alertar a todo el pasillo.
—Cumpliendo con mi papel de esposo amoroso y extrañado —respondió, avanzando hacia mí—. Así que, esposa mía, hazme un favor: cállate y bésame.
Intenté escapar, un movimiento instintivo de supervivencia, pero fue inútil. Su brazo rodeó mi cintura como un latigo de acero, atrapándome contra su cuerpo. Y entonces, su boca encontró la mía.
No fue un beso. Fue una conquista. Una afirmación de poder. Intenso, electrizante, brutal en su posesión. Un fuego que me consumió por dentro, derritiendo mi resistencia y nublando mi razón. Sus labios sabían a mentira y a deseo, a venganza y a una atracción perversa que nos destrozaba a ambos.
¡Esto no puede estar pasando!, gritó una voz en mi cabeza.
Pero estaba sucediendo. Y en lo más profundo de mi ser, en un lugar oscuro y secreto que empezaba a despertar, una parte de mí… ardía con él.