-Dereck King-
No debía hacerlo.
Lo sabia desde el momento en que tome el abrigo y desactive el comunicador del palacio.
Pero el olor seguía ahí.
Persiste.
Como una huella invisible grabada en mi pecho.
Lavanda y menta.
No era imaginación. No era celos. No era paranoia.
Era mi lobo.
Rax se movía inquieto dentro de mi desde que Dominick salió de mi despacho. No gruñía. No rugía. Solo observaba, atento, como si supiera que el siguiente paso definiría algo que no podría deshacerse después.
No lo seguí de inmediato.
Le di espacio. Tiempo. Una ilusión de normalidad.
Dominick no sospechaba nada cuando salió del palacio. Caminaba sin prisa, revisando su comunicador, con esa ligereza que siempre había tenido. La misma que yo había perdido hace tiempo.
Lo seguí desde lejos.
Sin escoltas. Sin insignias. Sin peso del titulo sobre los hombros.
Solo un lobo... siguiendo un rastro.
Sus encargos eran simples. Reuniones breves. Entregas que no requerían ceremonia. Camino por calles mixtas, donde humanos y criaturas convivían sin mirar dos veces lo que el otro era.
Ahí fue cuando lo sentí otra vez.
El aroma se intensifico.
Rax se tenso como una cuerda a punto de romperse.
Esta cerca, dijo con absoluta certeza.
Mi pulso se acelero, pero no apresure el paso. Algo dentro de mi entendía que correr seria un error. Esto no era una cacería. No todavía.
Dominick se detuvo frente a un edificio común. Nada ostentoso. Nada que gritara destino o profecía. Solo un lugar vivo, con voces, risas, pasos que iban y venían.
Y entonces... la vi.
No fue inmediato.
No fue dramático.
Fue real.
Salió hablando con alguien, una mochila colgada al hombro, el cabello moviéndose con el viento como si no supiera que estaba marcado por la Luna. Reía. No una risa ensayada, ni educada, sino una que nacía desde el pecho.
Mi respiración se detuvo.
Era ella.
No por el aroma.
No por el llamado salvaje de Rax.
Sino por la forma en que el mundo parecía acomodarse a su alrededor sin esfuerzo.
Humana.
Frágil, diría el Consejo.
Prescindible, dirían otros.
Pero la Luna... la Luna había visto algo mas.
Rax dio un paso al frente dentro de mi, reverente.
Nuestra Mate.
Sentí algo quebrarse en silencio.
No fue alivio.
Fue culpa.
Ella vivía su vida sin saber que dos destinos la rodeaban como mareas opuestas. Sin saber que, mientras caminaba libre, yo había estado demasiado ocupando esquivando manos ajenas y sonrisas interesadas.
La había perdido una vez.
Por distracción.
Por deberes que nunca pedí.
Y ahora... ahora Dominick estaba ahí.
Lo vi acercarse a ella. No invadiendo su espacio. No reclamando nada. Solo presente. Atento. Cómo alguien que sabe que lo que sostiene es delicado.
Eso solio mas de lo que esperaba.
Porque Dominick no estaba jugando.
Estaba cuidándola.
Rax no gruño.
Yo tampoco.
No me acerque.
No interrumpí.
No reclame lo que aun no había ganado.
La observe un poco mas. Lo suficiente para memorizarla sin convertirla en un objeto de deseo robado. Lo suficiente para entender que, si daba un paso en falso, la perdería para siempre.
La Luna no se había equivocado.
Eso era evidente.
Pero el error... tal vez había sido mío.
Me aleje antes de que alguno de los dos pudiera notarme. No porque tuviera miedo, sino porque entendí algo esencial.
Si iba a acercarme a ella, no seria como príncipe.
No como lobo reclamando lo que cree suyo.
No como destino impuesto.
Seria como un hombre.
Uno que invita.
Uno que espera.
Uno que acepta que, incluso marcado por la Luna, el corazón humano no se conquista... se elige.
Rax acepto la decisión en silencio.
Y por primera vez desde que el tiempo empezó a cerrarse alrededor de mi cuello, supe exactamente que hacer.
No había perdido a mi Mate.
Aun no.
Pero esta vez... no permitiría que la Luna caminara por mi.
Yo iría hacia ella.
Paso a paso.