La casa estaba sumida en un silencio espeso, roto solo por el crujido de las tablas del piso bajo sus pasos desesperados. Alex cerró la puerta de su habitación con un golpe que hizo temblar las paredes. El aire olía a polvo y derrota o así era como él se sentía. Respiró hondo, pero el oxígeno no llegaba a sus pulmones; solo había ceniza. Sus ojos, dos brasas apagadas, recorrieron el cuarto como si buscaran algo que destruir. O quizá algo que lo destruyera a él. Las manos le temblaban, convertidas en puños que buscaban carne para golpear, pero solo encontraron el vacío. Entonces estalló. Un ataque de histeria que hace mucho no tenía. El primer cuadro se estrelló contra la pared, el vidrio estallando en mil esquirlas como su cordura. El televisor siguió, la pantalla agrietándose con un

