La familia Baris entró al comedor. El sonido de los pasos resonó contra el mármol pulido, y el eco se mezcló con el suave murmullo que provenía del gran reloj de péndulo en la esquina. El comedor, sumamente grande, respiraba elegancia y distancia. Un enorme ventanal permitía la entrada de una luz blanca que se reflejaba en los cubiertos de plata y en las copas talladas con monogramas del apellido Baris. Esra, al cruzar el umbral, sintió esas miradas ajenas, un murmullo silencioso que hacía temblar sus manos, aunque las mantenía firmes sobre su falda. Conocía a pocos, apenas a unos cuantos rostros, quizás de alguna de las fotos que alguna vez había visto. Tal vez los hubiera conocido el día en que Burak dijo que pasaría por ella, el día en que el abuelo Baris había regresado de Eur

