Los pasos de Esra se detuvieron en seco en el pasillo frío, donde el eco de sus tacones sobre el linóleo gris se apagó de golpe, mientras un escalofrío helado le recorría la espina dorsal hasta la nuca. Su corazón saltó violentamente en el pecho, como si quisiera escapar de las costillas, al escuchar esas palabras, aunque vinieran de un demonio encarnado como Vanea, cuya voz resonaba distorsionada a través del vidrio de la sala de visitas. Se giró lentamente, con los músculos tensos y la piel erizada, para mirar directamente a su hermana adoptiva a través del cristal que las separaba como un muro invisible, viendo cómo los ojos de Vanea brillaban con desesperación y malicia. —Sácame de aquí Esra, y te diré dónde está tu hijo —dijo, Vanea con voz temblorosa, pero cargada de urgencia, in

