Para Kenan, que su hermano apareciera en aquel lugar, fue una sorpresa. No solo por la coincidencia, sino, porque Burak ya había visto a Esra. Kenan sintió cómo su pecho se contraía, un presentimiento se le anudó en la garganta. Había presentido que en algún momento habría un encuentro entre los dos, pero jamás imaginó que ocurriría tan pronto, frente a sus propios ojos. —Señor Baris, es sorprendente que me lo encuentre en cada esquina —dijo Esra con una cortesía y amabilidad falsa. Su voz era suave, pero sus ojos... esos ojos eran un espejo donde el hielo luchaba contra el fuego del rencor. Burak le devolvió la palabra con una sonrisa. Una sonrisa tan extraña que Esra, nunca, jamás, en todos los años de su matrimonio con él, había visto en su rostro. Esa leve curvatura en sus labio

