Capítulo 9

1178 Words
Esra continuó trabajando en el restaurant donde Burak la obligó a trabajar. Como el gerente no había recibido ordenes de despedirla luego de lo que había sucedido con Vanea, sobre todo, necesitaba de más personal, y en las pocas horas que Esra trabajó tuvo un gran rendimiento, porque era rápida y había dulzura en sus ojos y voz para atender, hizo que le permitiera quedarse. Esra salía de la universidad e iba directamente al local, se colocaba el uniforme y salía a atender a los clientes con su carita sonriente y sus ojos brillando. Cualquier persona podía ver en ella una dulzura que la persona que ella amaba no podía ver. Para Burak, ella solo era una sucia y despreciable mujer. Como los días anteriores, Esra tuvo un día agitado, que la dejaba agotada, cansada. Llegó a casa, se tomó la medicina que el medico le había recomendado para el cansancio, seguido se dispuso a ir a la habitación, pero al llegar al pasillo, escuchó una voz chillona y quejumbrosa. —Burak… aun me arde aquí —musitó entre dolor, Vanea. —Te colocaré algo de pomada —dijo Burak, se levantó y fue por el medicamento al cuarto de baño, al salir, vio a Esra parada en la puerta. —¿Trajiste nuevamente a tu amante a la casa? —cuestionó irónica. La mandíbula de Burak se tensó. —¡Largo! —rugió Burak mirándola con ojos afilados. —Uff, arde —musitó Vanea soplando su pecho con las manos. Burak se apresuró a colocarle la pomada, pero no sabía si tocarla en esa parte, pues le parecía inapropiado hacerlo, ya que era el cuerpo de una mujer que no era su esposa, menos había tocado. Ese día, en Esra encontró los condones amarrados en el cesto de basura, Vanea los llenó de jabón líquido, y los lanzo en el cesto de basura. Basura que las empleadas por maldad a Esra, decidieron dejar para que ella encontrara. —Tú —dijo al ver a Esra girándose para salir—. Ven acá, y curarla —Vanea maldijo en sus adentros, ella deseaba que fuera Burak quien le curara. Esra ladeó la cabeza, pensando que ese hombre estaba mal de la cabeza al pretender que ella curara a esa mujer. —No te estoy preguntando si quieres, he dicho que lo hagas —Vanea sonrío, después de todo, ver a Burak tratando mal a Esra, era mejor… además, cualquier roce, podría ser motivo para hacer que Burak la odiara más. —Yo… debo realizar mis tareas de universidad. Había trabajado todo el medio día, y solo le quedaba la noche para realizar sus tareas. —Ya veo, quieres quedarte sin universidad. Esra sabía lo capaz que era Burak si no acataba sus órdenes. Él sería capaz de llamar y hacer que la expulsaran de la universidad, más si era una becada. Estaba segura de que no dudarían en arrebatarle ese cupo y dárselo a alguien más. Por eso accedió a acercarse y tomar el lugar de Burak para curar a Vanea. Mirando la sonrisa reflejada en los ojos de su hermana, Esra junto algo de crema en sus manos ya enguantadas, para curar a Vanea. —No me lastimes, Esra —pidió Vanea. —Si lo hace, no le quedaran las manos buenas —advirtió Burak detrás. Esra sonrío dolorosamente. Ya tenía destrozado el corazón, ahora Burak quería seguirlo acribillando, destrozando sus manos. Soltando un suspiro que le hacia doler el alma, posó suavemente sus manos en el pecho de Vanea, pero antes de que la tocara, esta le agarró la mano. —Burak, no confío en ella, yo… misma me curaré, por favor, pídele que se vaya, verla me recuerda como me lanzó el café. Burak agarró a Esra del brazo, la levantó con brusquedad y la sacó de la habitación, recuperando su conciencia de que, su decisión de que Esra curara a Vanea, había sido un error, ya que era la promotora de esas lesiones. —No vuelvas a aparecer por aquí —ya no estaba ocupando la habitación principal, esa mujer no debía estar ahí, ni merodeando, pues no tenía derecho a hacerlo. La puerta se cerró en la cara de Esra, quien se tragó el dolor de ver a su esposo nuevamente en la habitación con Vanea. Si bien ahora no había ocupado su habitación, estaba en la mansión, y pasarían la noche cerca de ella, amándose como lo infelices que eran. Con esos pensamientos en mente, Esra fue a su habitación. Pensó en echarse a llorar sobre la cama, pero le dolía tanto el corazón que no podía seguir ahí, debía concentrarse en algo, para no sufrir más, y la anemia no la consumiera. Esa noche Esra se quedó hasta tarde en la sala de estudio, realizando sus tareas, debatiéndose entre el cansancio y el agotamiento físico, como mental. Cuando salió, pasó por el despacho, esperando ver la luz encendida, pero no había nadie, Burak no estaba ahí. Se rio amargamente porque era ilusa al pensar que su esposo estaría en el despacho a esa hora. Probablemente estaría con Vanea, consintiéndola, haciéndole el amor. Pensar en ello volvió a hacerle sangrar el corazón. Esra ingresó a su habitación, sin encender la luz fue hacia el cuarto de baño, pero a medio camino, una mano la agarró y la atrajo hacia la cama. —Un esposo debe esperara a su esposa hasta que le de la gana —los dientes de Burak traquearon, ella se sintió pequeña e indefensa— ¿Dónde estabas mujer inmoral? —la ajustó más a él. Esra quiso hablar, pero él le cubrió la boca con un beso arrebatador. Ella forcejeó para separarse, y cuando lo logró bufó. —Burak… el inmoral eres tú, que te acuestas con tu amante y luego vienes a aquí a pretender hacerlo conmigo —Esra pudo imaginar en la oscuridad, como las comisuras de los labios de Burak se curvaban en una sonrisa. —Quedo insatisfecho —le aseguró para herirla más— Mi esposa tiene la obligación de satisfacerme —si nada más que agregar la besó vorazmente, la lanzó a la cama, y cayó sobre ella, aplastándola. Le desgarró la ropa, le arrancó gemidos, y la embistió sin pudor, logrando que Esra quedara agotada, y débil. Al otro lado de la pared, Vanea apretaba los puños. Cuando se durmió, pensó que Burak se encontraría en su habitación, así fuera en mueble como la vez anterior, pero resultó que Burak no estaba, había salido de la habitación, pensó que regresaría pronto, pero no lo hizo, y cuando salió a buscarlo, escuchó los gemidos de Esra que provenían de la habitación principal. Cuanto odiaba que esa perra disfrutara de su hombre, mientras ella nunca pudo disfrutarlo. Él siempre se mantuvo distante, esperando el día de la boda, como si ella fuese una doncella a plenitud. Pero ahora, tocaba a esa perra y la hacía disfrutar del sexo, como ella siempre anheló. “Maldita huérfana, te arrepentirás de haber tocado a mi hombre”
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