A Esra se le partió el corazón al saber que Burak había tenido un hijo con Vanea, y que además ese mismo hombre —el mismo que alguna vez de adolescente le prometió refugio y protección — había asesinado a su propia hija. Aquella noticia fue como una cuchilla que se clavaba lenta, desgarrándole hasta las entrañas. La traición tenía un sabor amargo, indescriptible, que le quemaba la garganta y le oscurecía el alma. Durante años había mantenido la esperanza de que, cuando saliera de prisión, todo se aclararía; que las mentiras que la habían sepultado a una condena injusta saldrían a la luz. En su mente, se había repetido miles de veces que encontraría las pruebas necesarias para limpiar su nombre, y en una de esas tantas imaginaciones, había soñado con la escena del reencuentro con Bur

