Esra continuó trabajando en el restaurante durante toda la mañana, tarde y noche, cuando la fatiga ya se hacía sentir en cada articulación de su cuerpo.
El uniforme de mesera, que le quedaba algo ajustado en la cintura, la hacía sentir incómoda y fuera de lugar, pero aun así se obligaba a sonreír a los clientes, a mantener la compostura y a no dejar ver la tormenta que llevaba dentro.
Cuando el mediodía llegó y el restaurante se llenó hasta el último asiento, Kenan apareció acompañado de un grupo de amigos. Ellos reían a carcajadas, vestidos con ropa de marca, despreocupados, como si el mundo entero les perteneciera. Esra, que estaba atendiendo una mesa cercana, lo reconoció de inmediato. Su corazón dio un vuelco y por instinto quiso esconderse, girar el rostro, escabullirse hacia la cocina y desaparecer. Pero el destino no le dio oportunidad: Kenan giró la cabeza justo a tiempo para verla.
La sorpresa se dibujó en su rostro. Sus ojos, oscuros y expresivos, se abrieron más de lo normal al encontrarla allí, con el delantal puesto, el cabello recogido y una bandeja en las manos.
—¡Esra! —exclamó, incapaz de contenerse—. ¿Qué… qué haces aquí? —Le miró de pies a cabeza, incrédulo—. ¿Vestida así, atendiendo mesas?
Los amigos de Kenan, que hasta ese momento estaban absortos en un video viral en sus teléfonos, levantaron la mirada con curiosidad. Uno de ellos, con tono burlón, levantó el celular y lo giró hacia ella.
—Oye, ¿esta no eres tú, hermosa meserita? —preguntó, mostrando el video que circulaba en redes.
Esra se quedó helada. El mundo pareció detenerse a su alrededor. El sonido del restaurante se desvaneció en un zumbido lejano. Kenan, al ver el video, arrebató el dispositivo de las manos de su amigo. Mientras lo observaba, la sangre comenzó a burbujear en su interior como lava a punto de estallar.
—Ustedes —dijo con voz firme—, no se atrevan a ver ni a compartir este video, y mucho menos a reaccionar a él. Porque, si lo hacen, dejarán de ser mis amigos por el resto de sus vidas.
El silencio fue inmediato. Los amigos de Kenan se encogieron en sus asientos, sin atreverse a replicar. Kenan, sin pensarlo dos veces, se levantó con brusquedad, rodeó la mesa y tomó la mano de Esra para sacarla de aquel lugar.
—Kenan… puedo explicarlo —balbuceó ella, con los ojos suplicantes.
—¿Explicar qué, Esra? —chilló él, apretando los dientes con tanta fuerza que un chasquido seco se escapó de su mandíbula—. ¿Vas a victimizarlo de nuevo? ¿Dirás que te merecías ese castigo?
—Comí y no pagué, por ello estoy aquí. Burak no tiene nada que ver…
—¡Burak! —repitió Kenan con amargura—. Ese miserable, en lugar de cancelar una deuda insignificante, te obliga a trabajar como esclava.
—No acepté su pago —intentó justificarse Esra, pero Kenan solo negó con la cabeza y soltó una risa incrédula.
—Esra, puedo dejar que me mientas descaradamente, pero lo que no voy a permitir es que sigas aquí humillándote de esta manera.
Kenan dio media vuelta con la intención de entrar al restaurante y cancelar la deuda él mismo, pero Esra se interpuso en su camino, adivinando sus intenciones.
—Kenan, te agradezco tu preocupación, pero no dejaré que pagues un dinero que puedo cubrir con mi propio esfuerzo. —Bajó la mirada, incapaz de sostenerle los ojos—. Mira… yo quiero trabajar, yo necesito este trabajo.
—Tú perteneces a la familia Baris, no necesitas trabajar en un lugar como este.
—Pertenecer a la familia Baris no significa que me aprovecharé de su amabilidad —respondió con sinceridad—. Yo también tengo manos, tengo fuerzas, tengo derecho a valerme por mí misma.
Kenan apretó los puños, frustrado. Sabía que no lograría convencerla en ese momento.
—Esra… —murmuró, intentando suavizar su voz. Pero ella no lo escuchó.
—Debo regresar —dijo con firmeza—. Si no lo hago, me despedirán en mi primer día de trabajo.
Se giró para marcharse, pero Kenan la sujetó del codo.
—Por favor, Kenan —suplicó ella, con un hilo de voz.
Ese ruego logró detenerlo. La soltó con pesar, pero la imagen de ella, trabajando como una simple mesera aun siendo parte de una de las familias más influyentes de Estambul, lo dejó con un sabor amargo en el alma.
Kenan volvió con sus amigos, pero ya no pudo disfrutar de la comida. Mientras ellos reían recordando anécdotas de colegio, él se limitaba a observar a Esra a lo lejos, moviéndose de una mesa a otra, con pasos veloces y cansados, con la frente perlada de sudor y los labios forzados en una sonrisa.
La noche cayó sobre la ciudad, y el restaurante cerró sus puertas. Esra salió agotada, con los pies doloridos y la espalda rígida. Se detuvo junto a la calle para tomar un taxi, pero un auto n***o se atravesó frente a ella. La ventanilla bajó lentamente y el rostro de Kenan se reveló bajo la luz de un farol.
—Kenan… ¿qué haces aquí a esta hora? —preguntó sorprendida. Eran casi las doce de la noche, y ella había tenido que quedarse hasta el cierre por la gran cantidad de clientes.
—¿De verdad pensabas que iba a dejar que volvieras sola a casa? —replicó él, con un tono más suave.
Esra sonrió apenas, conmovida por su gesto. Él, siendo solo su cuñado, mostraba más preocupación por ella que su propio esposo. Burak, seguramente, estaría cuidando de Vanea con una ternura que nunca le había mostrado a ella.
Subió al auto de Kenan, agradecida en silencio. El trayecto a casa, aunque breve, estuvo lleno de conversación. Kenan le preguntó por la universidad, por sus estudios, por los amigos que había hecho.
Al llegar a la villa, ambos bajaron del vehículo. Pero justo detrás de ellos apareció otro coche. De él descendió Burak. Su mirada gélida se posó sobre Esra y, al verla salir del auto de su hermano, la furia le recorrió el cuerpo como un volcán a punto de erupcionar.
—Burak… Kenan… él solo estaba… —intentó explicarse Esra, pero las palabras murieron en su garganta. Como siempre, frente a Burak, perdía la voz. Su mirada, tan fría y llena de desdén, le quemaba el corazón.
—Hermano… —dijo Burak con ironía—, parece que te gusta hacerla de chofer.
No esperó respuesta. Le lanzó a Kenan una caja de incienso.
—Lleva esto a casa del abuelo. Aún debe estar despierto esperándolo.
Kenan atrapó la caja sin rechistar. Sabía que, si no lo hacía, Burak encontraría la forma de humillarlo delante de Esra.
Burak, sin más, tomó a Esra de la muñeca y la arrastró hacia la villa juvenil, cerrando la puerta tras ellos con un golpe seco que hizo eco en el silencio nocturno.
El cuerpo de Esra tembló. Podía sentir el aliento de Burak tras ella, caliente y pesado, recorriendo su cuello. Su piel se erizó como si estuviera desnuda en pleno invierno.
—Esra… —su voz era un cuchillo que cortaba el aire—. Eres una desvergonzada. Coqueteas con mi hermano, ¿quieres acaso tomar por esposo a dos Baris? ¿Eso es lo que sueñas, divorciarte de mí para casarte con mi hermano? ¿Piensas que así se puede comportar una mujer decente?
Los labios de Esra temblaron. Su corazón golpeaba con furia dentro de su pecho. Aunque temblaba, reunió fuerzas de lo más profundo de su ser para responder:
—Burak… eres tú quien quiere tomar de esposa a Vanea.
Burak la obligó a girar el rostro con brusquedad, forzándola a mirarlo directamente a los ojos. Esos ojos suyos, profundos y oscuros como pozos sin fondo, la atraparon. Su cuello crujió bajo la presión de sus dedos.
—¿Por eso lastimaste a Vanea? ¿Porque sabes que voy a convertirla en mi esposa? —le presionó la mandíbula con violencia.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Esra. Su corazón malherido sangraba aún más con aquellas palabras. Ya no era una suposición: Burak lo confirmaba, iba a convertir a Vanea en su segunda esposa.
—¿Por eso la obligaste a abortar? ¿Por eso le lanzaste aquel te caliente? —continuó él, con los ojos ardiendo como brasas.
—¡No le he hecho nada! —gritó ella entre sollozos—. Fue ella misma quien se lanzó la taza encima…
Burak sonrió con malicia, dejando ver sus dientes blancos y perfectos.
—Eres malvada, Esra. Desvergonzada, mentirosa, cínica. ¿Cómo puedes decir que alguien se lanzaría te caliente encima, a sí mismo?
—Burak… por favor, créeme. Te lo juro que…
—¡No jures! —la interrumpió él, apretando su cuello con tanta fuerza que la dejó sin aire—. ¡No jures cuando sabes perfectamente lo que has hecho!
Esra dejó de luchar. Sus ojos, llenos de lágrimas, se iluminaron con la resignación. Pensó que aquel sería su fin, que pronto el aire de sus pulmones se agotaría y al fin descansaría de tanto dolor. Pero, de improviso, Burak la soltó. Ella trastabilló y cayó sobre el sofá, tosiendo y jadeando, buscando desesperadamente llenar sus pulmones de oxígeno.
—Burak… —dijo entre sollozos—, no miento cuando digo que Vanea lo hizo. No niego que ella misma se provocó el aborto…
Miró hacia atrás, esperando una reacción. Pero Burak ya no estaba. Se había marchado, dejándola sola, rota, con el corazón agonizando lentamente.
Esra se abrazó a sí misma y sollozó.
“¿Por qué no crees en mí, Burak? —pensaba—. ¿Por qué me lastimas cuando juraste protegerme? Yo te ayudé a escapar, yo confié en ti. Y ahora cuidas a esa mujer malvada, a Vanea, como si fuera tu gran tesoro. Ella es tu verdadero amor, ella es más importante que yo… Sí, Burak, lo es. Para ti siempre lo será”. Entre sollozos acarició su vientre, aferrándose a esa vida, como si fuera su todo. Esperando que cuando Burak lo supiera, cambiaría su actitud.