Capítulo 8

1692 Words
Esa noche, Burak no regresó a la villa. Tampoco Kenan volvió. Los días siguientes no trajeron cambios: en ninguno de ellos aparecieron. Esra recibió una llamada de Burak dos días después. Era media noche, cuando el celular sonó, al ver el nombre, su corazón latió con fuerzas, y abrió inmediatamente la mirada. Pero no fue la voz de Burak que escuchó del otro lado, si no la de una mujer, quejándose, como sí… estuviera en la intimidad. “Oh, Burak… eres grandioso. Mmmm” Se quejó y se quejó. El pecho de Esra dolió al reconocer esa voz, al saber que era de Vanea, que ella estaba en la intimidad con su esposo. Esra colgó, llena de asco, de repulsión por lo que escuchaba. Lloró, apretó la almohada mientras imaginaba a Burak con esa mujer. Kenan había decidido regresar al extranjero sin previo aviso. Viajó para continuar sus estudios, sin siquiera tener la delicadeza de despedirse de Esra. Para Esra, que lo había visto despedirse de ella en muchas ocasiones, fue extraño. En cuanto a Burak. Durante dos semanas completas, se dedicó a cuidar de Vanea con una entrega absoluta. Él, que decía odiar los hospitales ahora pasaba sus noches en vela, asegurándose de que la mujer descansara, que tuviera todo lo necesario. La acompañaba al hospital para curaciones y revisiones, sosteniéndole la mano con paciencia, acariciando su frente en cada gesto que parecía sacado de un guion familiar perfecto. Un día, Esra acudió al hospital para su segundo chequeo médico. Acababa de terminar su consulta cuando notó, a lo lejos, una silueta tan familiar como dolorosa. Era Burak. Entraba por otra puerta, sin percatarse de su presencia. El destino, cruel y caprichoso, lo había llevado a cruzarse con ella en ese lugar, aunque separados por unos pasos y una pared de indiferencia. El corazón de Esra latió con fuerza. Algo dentro de ella le advirtió que no debía seguirlo, que debía marcharse inmediatamente, pero otra fuerza más poderosa, esa mezcla de amor, desesperación y necesidad de verdad, la empujó a avanzar con cautela. Lo siguió: Burak estaba cuidando de Vanea con una devoción que no había mostrado jamás hacia ella. Su cercanía, sus gestos protectores, esa manera de inclinarse con suavidad para acomodarle la almohada parecían pertenecer a un hombre enamorado. A los ojos de cualquiera, esa escena podía interpretarse como la relación de un esposo con su esposa. El dolor en el pecho de Esra se hizo insoportable. Sentía que un puñal invisible le desgarraba las entrañas. Sus ojos se empañaron al ver que la mujer que tanto mal le había causado recibía lo que ella más anhelaba. Esa envidia la consumió, aunque trataba de no aceptarla. Ver a Vanea disfrutando de la dedicación de Burak era como clavarle una y otra vez la daga de la injusticia. ¿Qué no daría Esra por sentir, aunque fuera solo por un día, ese afecto incondicional? Se recostó contra la pared fría del pasillo, temblando, con las manos posadas sobre su vientre como único refugio. Las lágrimas corrían en silencio, como si incluso llorar en voz alta estuviera prohibido. “Me pregunto, Burak, si mostrarías ese mismo afecto y devoción conmigo cuando nazca nuestro hijo” —susurró entre sollozos, pronunciando palabras que el aire se llevó, sin que él pudiera escucharlas. Estaba a punto de marcharse cuando apareció Sirin, la mujer que siempre había llamado “madre”. Su presencia fue como un rayo cargado de rabia. Apenas la vio cerca de la habitación de Vanea, se desató la tormenta. —¡Tú, maldita bastarda! —rugió, con un odio que convirtió sus palabras en látigos de fuego—. ¿Cómo te has atrevido a lastimar a mi preciosa hija? —Sacudió con fuerza a Esra, como si quisiera quebrarla con sus manos. Esra se quedó congelada por unos segundos. Aunque aquella mujer la tratara de la peor manera, siempre había sentido respeto hacia ella, porque fue quien la rescató del orfanato, quien le dio un apellido y, de cierta forma, una protección contra el tío. Aunque esa protección se había pagado con años de trabajo duro en la casa de los Hakan, Esra había considerado aquello como un salvavidas. Con voz temblorosa, quizá aún esperanzada en conservar un puente de respeto, respondió: —Mamá… —pronunció suavemente—. Yo no le hice nada a Vanea. Lejos de calmarla, sus palabras avivaron el rencor en Sirin. Los ojos de la mujer se inyectaron de ira. —¡Eres una maldita mentirosa! Una desagradecida. Te dimos un techo, un apellido que te libró de la miseria, ¡y mira cómo nos pagas! Te atreves a dañar a nuestra hija, a esa niña que compartió sus cosas contigo, que aceptó jugar a tu lado. ¡Esra, bastarda, mereces morir! Los recuerdos de Esra se arremolinaron violentamente en su mente: los juguetes que Vanea le prestaban para luego echárselos en cara, el cuarto compartido donde siempre era tratada como intrusa, las comparaciones eternas con “la hija verdadera”. Sabía que, aunque hubiese trabajado como esclava para retribuir lo recibido, nunca iba a ser suficiente a los ojos de Sirin. El respeto se quebró cuando las manos de aquella mujer la sacudieron con violencia. La voz de Esra se transformó, liberando un rugido que llevaba tiempo atrapado. —¡No lo hice! ¡Juro que fue Vanea misma quien se lanzó el té caliente encima! Las palabras golpearon el aire como un trueno. Y aunque fueran verdad, el desprecio en los ojos de Sirin dejó claro que jamás las aceptaría. —Eres una descarada… —escupió con veneno. —¡Vanea se lo provocó a sí misma! Lo hizo para inculparme —insistió Esra, aferrándose a la mínima esperanza de escucharse. Pero Sirin la interrumpió con una mueca de desprecio: —¿Cómo te atreves a culpar a nuestra Vanea? ¿Quién rayos haría algo tan absurdo como lastimarse a sí misma solo para dañar a alguien más? Los labios de Esra temblaron, pero no titubearon al pronunciar: —Vanea. Ella es capaz de eso y más. Sirin no respondió directamente. En su lugar, sus ojos se desviaron hacia la puerta de la habitación, justo cuando un hombre imponente surgía del interior. Y, en un acto de manipulación calculada, comenzó a exagerar, elevando la acusación a alturas monstruosas. —Acabas de confesarlo todo… —dijo con voz teatral, fingiendo horror—. ¡Fuiste tú quien enviaste a secuestrar y ultrajar a Vanea! ¡Tú le provocaste el aborto, la quemaste con té hirviendo solo porque querías a Burak para ti, porque sabías que él la ama y jamás podría amarte a ti! Esra sintió el escalofrío recorrerle la espalda. Supo que alguien se encontraba justo detrás de ella, incluso antes de escuchar esa voz profunda e implacable. —Repite lo que dijiste… —escuchó, con un tono que heló hasta sus huesos. —Burak, lo acaba de confesar… —dijo Sirin, pero ante la mirada frívola de Burak, se cayó. —¡Le he dicho a ella! Con un movimiento torpe, Esra giró sobre sí misma. Allí estaba Burak, mirándola con un fulgor de rabia imposible de describir. Sus ojos eran relámpagos que destrozaban su resistencia. Esra quiso hablar, quiso explicar, pero las palabras se hicieron nudos en su garganta, oprimida por la presencia y la frialdad que él emanaba. Apenas consiguió musitar: —Burak… yo no he hecho nada de eso. Fue… Vanea quien se lo provocó. El ceño de Burak se endureció hasta convertirse en máscara. Su voz salió con la fuerza de un terremoto: —¡Acusas a tu propia víctima de semejante atrocidad! —Su mano, fuerte y áspera, rodeó los brazos de Esra, apretándolos con brutalidad—. ¿¡Cómo te atreves a culpar a Vanea de lo que tú hiciste? ¿Acaso crees que ella, tan noble, tan pura, podría fingir un secuestro, soportar la humillación, asesinar a su propio hijo solo para incriminarte!? La incredulidad de Burak era tan grande que cualquier defensa de Esra le parecía un insulto. Y cuando ella, agotada y quebrada, dejó escapar una sonrisa amarga —no de burla, sino de desesperación—, él lo interpretó como un gesto de mofa. —¿¡De qué demonios te ríes!? —gritó, sacudiéndola con tanta fuerza que la carne de Esra dolió bajo sus dedos. —Burak… —susurró—, no conoces bien a Vanea. —¡No te atrevas a difamarla! —los ojos de Burak eran brasas encendidas, cada palabra un golpe fulminante—. Te juro que si descubro que estuviste detrás del secuestro de Vanea, ¡juro por mi honor que te mataré! La lanzó al costado como si fuera un objeto sin valor. Esra trastabilló, golpeando la espalda contra la pared cercana. El dolor físico fue menor en comparación al que desgarraba su corazón. —Tú, maldita bastarda, pagarás por lo que le has hecho a mi hija —sentenció Sirin, antes de marcharse con pasos firmes, dejando tras de sí un rastro de odio. Burak también se alejó, su figura alta y rígida perdiéndose en el pasillo. Esra lo miró retirarse, con el alma rota, y sonrió amargamente mientras limpiaba sus lágrimas. “Burak… tal vez no llegues a asesinarme, porque pronto moriré”, pensó sin voz, apenas con la mente. Había recibido un diagnóstico demoledor: el médico le había advertido que debía abortar, porque el embarazo estaba consumiendo todas sus reservas. Su anemia, provocada por años de ser donante frecuente de Vanea, debilitaba su cuerpo al punto de convertir el parto en una sentencia de muerte. Pero Esra no pensaba renunciar. No arrebataría la vida de sus hijos, aunque eso significara sacrificar la suya. Y no eran uno ni dos: eran tres pequeños los que habitaban en su vientre. Tres corazones latiendo en sincronía con el suyo, tres promesas de vida que se aferraban a ella, que dependían totalmente de su decisión. Los traería al mundo con todo el amor posible, aunque ese acto la llevara directamente al borde de la muerte. Su destino ya estaba marcado.
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