Esra salió de prisión con el corazón latiendo desenfrenadamente, sintiendo que cada paso la acercaba a la libertad. Llevaba consigo únicamente la ropa que le habían proporcionado y un pequeño sobre con sus escasas pertenencias personales. Pensó que aquel abogado que había logrado su liberación estaría esperándola afuera. No obstante, cuando cruzó aquella pesada puerta, no había nadie esperando por ella. El estacionamiento permanecía desolado y silencioso. Por un segundo sintió un dolor profundo, como si mil agujas se clavaran en su corazón. La amarga realización de que, después de pasar tres largos y tortuosos años en prisión, no hubiera ni una sola alma dispuesta a recibirla. La realidad era que no tenía a nadie en el mundo exterior que pudiera llamar familia. Las únicas personas a

