Vanea sintió la ira hirviendo en su interior, una furia silenciosa, pero devastadora que comenzó a arderle en el pecho como fuego líquido, al escuchar cómo aquella desagradable mujer —esa que no solo compartía un parecido físico con su hermana adoptiva, sino también la tonalidad exacta de su voz— se atrevía, con total descaro, a llamarla amante. Aquel término la perforó como una lanza afilada. Sin embargo, siendo una experta en controlar sus emociones —habilidad perfeccionada tras años de manipulaciones— logró serenarse lentamente. Mientras su corazón latía con violencia, como si quisiera atravesarle el pecho, Vanea inhaló con sutileza, borrando toda expresión de rabia del rostro. Sus labios temblaron un instante, pero enseguida se curvaron en una sonrisa serena, estudiada, peligrosa.

