Burak salió de la ducha con paso lento. Una toalla blanca. Era la única toalla, así que Burak no tuvo con qué secarse el cabello. El agua, rebelde, goteaba desde sus mechones oscuros, y las gotas viajaban por su cuello y pecho, deteniéndose en la línea firme de sus abdominales. Caminó hacia la pequeña habitación, descalzo, dejando huellas húmedas sobre el suelo. Esra lo observó tan solo un segundo, apenas lo suficiente para notar lo brusco de sus movimientos, la manera en que sus músculos se tensaban. En ese segundo su respiración se detuvo, el corazón pareció saltar dentro de su pecho, y una punzada de nostalgia le atravesó el alma. Pero al siguiente instante, apartó la mirada con la rapidez con que se huye del fuego. —La cena está lista —murmuró. Pensaba alejarse, dar media vuelta,

