Esra se quejó con un sollozo débil, un sonido que apenas y se escuchó en el silencio de la habitación. Su cuerpo temblaba, la piel fría como si acabara de regresar de un sueño del que no quería despertar, y sin embargo, debía hacerlo. Los músculos de sus piernas parecían hilos tensos que podían romperse con un movimiento, pero aun así, tambaleante, se levantó de la cama. Afuera, el viento golpeaba las ventanas con insistencia, como si quisiera impedirle salir, pero Esra siguió adelante, hasta que su mano alcanzó el pomo de la puerta. Al pararse en el umbral, una sombra llamó su atención. Allí, distinguió una figura borrosa, apenas delineada por la luz que venía de los faroles de la calle. No podía distinguir los rasgos de su rostro, pero por la forma en que se sentaba, por los hombros

