Para Esra, esas palabras fueron una bofetada. Apretó los labios, giró sobre sus talones con un movimiento débil y se dirigió a la cocina.
Sentía la mirada de Burak clavada en su espalda, una mirada que la atravesaba, pesada y ardiente.
—Burak —lo llamó Vanea al ver cómo observaba a Esra partir—. No seas cruel con ella…
—¿Aún la defiendes? Te drogó y llevó a abortar, de paso, deja en ridículo a la familia queriendo comer sin pagar, aún teniendo esa tarjeta que mi abuelo le dio una tarjeta ilimitada para sus gastos.
—Burak, yo sé que ha sido cruel, que me ha lastimado, y que hace cosas para llamar tu atención. Porque seguramente nos vio, y por eso quiso irse sin pagar para llamar tu atención. Se que estuvo mal, pero…
—Pero nada, Vanea, no hay justificación para las crueldades e inmoralidades de esa mujer.
Burak volvió su mirada al celular, poniendo punto final a esa conversación, y Vanea presionó los labios escondiendo una sonrisa de satisfacción.
Ya circulaban por las redes, que Esra, la esposa de Burak Baris, había entrado a un restaurante para comer, y luego tratar de irse sin pagar. En el mismo video, se veía a un Burak furioso, que le ordenaba al contador llevará a Esra a trabajar.
La gente que comentaba, trataba a Esra de inmoral y mañosa, mientras que aplaudían la acción de Burak, en ponerla a trabajar para que aprendiera a pagar lo que consumía. Eso la satisfacía aún más a Vanea.
Esra entró nuevamente a la cocina. Apenas cruzó la puerta, sintió cómo las miradas de algunos empleados se posaban en ella, con esa curiosidad de quienes disfrutan observando la humillación ajena.
No necesitaban palabras, bastaban las sonrisas ladeadas y los cuchicheos velados para hacerle saber que todos sabían quién era ella: no solo una empleada improvisada, sino la esposa de un hombre rico que, en lugar de protegerla, la había arrojado al ridículo.
Intentó respirar hondo para calmarse, pero el aire denso de la cocina solo le llenó los pulmones de humo y grasa. Aun así, se obligó a mantener la cabeza erguida.
Caminó hasta la mesa de preparación, entregó la orden y aguardó con las manos cruzadas frente a sí.
Mientras los cocineros comenzaban a preparar el desayuno, Esra cerró los ojos un instante, tratando de contener las lágrimas.
En ese instante, Han apareció a su lado, ya vestida también con un uniforme que le quedaba grande.
—Esra, esto es una locura —susurró, asegurándose de que nadie más escuchara—. No deberíamos estar aquí.
Esra la miró con ternura, aunque sus labios temblaban.
—Lo sé… pero si me voy, será peor. Tú misma viste su mirada. No es solo cuestión de comida… es como si quisiera hacerme pagar por existir.
Han apretó los puños, deseando gritar, pero se contuvo. Sabía que cualquier palabra más fuerte solo empeoraría las cosas.
El pedido estuvo listo en pocos minutos, servido con rapidez por un joven cocinero que la miró con lástima.
Esra tomó la bandeja con manos temblorosas, respiró hondo y volvió a caminar hacia la mesa.
Al regresar, no encontró a Burak sentado. Solo Vanea estaba allí, esperándola con una sonrisa torcida que parecía disfrutar del espectáculo.
Esra miró alrededor, buscando a su esposo, hasta que lo vio cerca de la entrada del restaurante, hablando por teléfono con gesto serio. Ese simple detalle la atravesó: él había preferido levantarse e ignorar su presencia, como si no pudiera soportar verla de pie frente a él.
—Qué bien te ves así, hermanita —se burló Vanea en cuanto Esra dejó la bandeja sobre la mesa. Su voz era un veneno dulce—. ¿Sabes? Si mis padres no te hubieran sacado de ese orfanato, estoy segura de que así hubieras terminado: sirviendo mesas, lavando platos, rogando por propinas. Pero no en un lugar decente como este, sino en un localucho de tu clase.
Esra no se dejó intimidar. Se irguió con dignidad, la mirada firme y la voz tranquila, aunque el corazón le latía con violencia.
—Vanea, ¿crees que me humilla trabajar de mesera? —preguntó con una sonrisa serena. Luego, inclinándose levemente hacia ella, añadió con un filo en la voz—: Más te humillas tú, sentada aquí con un hombre casado.
Por un instante, la sonrisa de Vanea se quebró, pero pronto la recompuso.
—¿Estás celosa, hermanita? —replicó, inclinándose hacia adelante. Sus ojos brillaban con malicia—. Sabes bien que Burak sería mi esposo si no hubiera sucedido lo que sucedió.
La respuesta de Esra fue rápida, tan cortante como un látigo.
—Pero no lo es, Vanea. Es mi esposo. Y tú, por mucho que lo disfraces, no eres más que una ex. Siempre serás eso: la ex.
El veneno de esas palabras penetró en el orgullo de Vanea como fuego en pólvora. Sintió rabia, tanta que no pudo contenerse. Con un movimiento impulsivo, tomó la taza de té caliente que tenía frente a ella y, se la arrojó encima a sí misma. Al menos, eso fue lo que hizo ver.
—¡Ahhh! ¡Esra! —exclamó Vanea con lágrimas en los ojos, sacudiendo la tela empapada.
El grito resonó en todo el restaurante, atrayendo miradas curiosas y alarmadas. Burak, que acababa de colgar el teléfono, giró de inmediato y corrió hacia la mesa, su rostro desencajado por la preocupación.
—¡Vanea! —exclamó—. ¿Qué pasó?
—Burak… no seas cruel con ella —gimió Vanea, señalando a Esra con un dedo tembloroso—. Fue un accidente, yo… estoy segura de que no lo hizo con intención…
La mirada de Burak se encendió como un incendio. Sus ojos, oscuros y furiosos, se clavaron en Esra con tal intensidad que ella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Yo… —intentó hablar, pero las palabras murieron en su garganta.
—¡Burak, me duele! —se quejó Vanea con dramatismo, aferrándose al brazo de él.
Burak maldijo entre dientes y, sin pensarlo, la cargó entre sus brazos. El gesto fue tan protector, tan lleno de urgencia, que todos los presentes lo interpretaron como una prueba irrefutable de amor y devoción.
Esra se quedó inmóvil, viendo cómo su esposo llevaba a su hermana en brazos hacia la salida, con una expresión de angustia que ella jamás había visto dirigida hacia sí misma.
Los ojos de Esra se llenaron de lágrimas que esta vez no pudo contener. Su corazón dolía, dolía como si mil agujas lo atravesaran al mismo tiempo. Era un dolor tan profundo que apenas podía respirar.
Alrededor, las voces comenzaron a murmurar.
—¿Lo viste? ¡Le arrojó el té encima a su propia hermana!
—Qué mujer tan cruel, y todo por celos.
—Burak Baris ama a Vanea, solo hay que mirar cómo la protegió.
—Seguro pronto la convertirá en su segunda esposa. Es obvio que a la primera no la quiere ni un poco.
Las risas y los comentarios maliciosos se multiplicaban como serpientes, envenenando aún más el ambiente.
Esra no respondió a esas voces. No le dolía lo que la gente dijera, porque estaba acostumbrada a vivir bajo rumores y prejuicios. Lo que realmente la destruía era la realidad frente a sus ojos: Burak, el hombre que amaba profundamente, no solo la despreciaba, sino que parecía capaz de entregar toda su ternura y cuidado a otra mujer.