Esra, que ya había visto a Vanea llegar sigilosamente por el reflejo del cristal de la vitrina, no se movió ningún centímetro de su posición. Al contrario, decidió intensificar su coqueteo con Burak, jugando distraídamente con el collar de perlas que adornaba su cuello mientras mantenía su mirada fija en él. —¿Por qué quiere conocerme, señor Baris? Es… ¿por mi parecido a su difunta esposa? —preguntó Esra con voz suave. Burak se quedó en silencio, completamente absorto en su observación de cada facción, cada línea, cada sombra en el rostro de Esra. Sus ojos oscuros escudriñaban cada centímetro de su piel, como si intentara descifrar un antiguo manuscrito lleno de secretos. Recordaba que ella tenía una herida cerca de la frente, una marca que había quedado del día que Vanea la golpeó

