De espaldas a ellos, Esra sonrió. Aunque no podía ver el rostro de Vanea, podía imaginárselo: desencajado, herido por las palabras de Burak. Vanea siempre había sabido qué gesto usar, qué palabra pronunciar, qué lágrima dejar caer para manipular a Burak. Pero esta vez, la negación de los anillos había sido un golpe que ella no esperaba. Un quiebre en la farsa. Esra se giró lentamente. Su vestido se movió con suavidad. Y allí estaba: el rostro de Vanea exactamente como lo había imaginado. Los labios entreabiertos, los ojos brillantes no por amor, sino por rabia. Las lágrimas que brotaban parecían obedecer una orden, no al corazón. Todo en ella era actuación, una coreografía perfectamente memorizada para conmover a Burak. Vanea lo observaba con los ojos empañados, las lágrimas cayend

