Vanea salió, los tacones resonando con fuerza sobre el suelo. El viento le revolvía el cabello, enredándolo sobre los hombros desnudos. Frente a ella: Burak yacía en el suelo, el cuerpo rígido, el pecho moviéndose apenas. Su piel parecía más pálida que de costumbre, y un leve olor a metal quemado flotaba en el aire. Dos hombres uniformados —los guardaespaldas— se mantenían tensos, con las manos aún cerca de las armas paralizantes. El grito ahogado de Vanea rompió la calma de la calle. —¡Burak! —chilló, mientras corría hacia él sin importar si su vestido dorado se manchaba con el polvo ni si los curiosos comenzaban a murmurar desde las aceras. Cayó de rodillas a su lado, lo sostuvo por los hombros, intentando levantarlo. Sintió el cuerpo pesado de su prometido, su respiración irregular.

