Amber no tenía demasiados amigos. De hecho, usar la palabra “demasiados” como si contara con algunos, era ridículo, pues en realidad, no contaba con ningún amigo verdadero. Sí, conocía a un par de personas con las que podría ir a consumir alcohol hasta que todo se tornara borroso, a un par de hombres que querían seducirla para tener una noche con ella, pero no contaba con ningún amigo real, no era la persona principal de la vida de nadie, y eso la hería. Tenía que sostener su propia mano, y a veces aquella era una carga demasiado pesada; aquellas eran las reflexiones que la atormentaban en ese día lluvioso. Una sábana gruesa color gris la cubría de pies a cabeza, estaba sobre su cama, sintiendo el frio escalándole hasta los huesos, tenía un vaso grande de chocolate a su lado y un trozo s

