-Bueno, veo que este libro se va a parecer más a Blancanieves de lo que hubiese querido.- dijo Francisco cerrando aquel diario con olor añejo y color amarronado entre las palmas de sus manos. Estaban en el jardín de la casa de Marina, se había sentado en la mesa de reluciente hierro blanquecino, bajo la galería que dejaba caer decenas de jazmines de leche, como si se tratara de una guirnalda exquisita que le daba al cuidado jardín un marco perfecto. Al principio Marina lo había dudado, llevarlo a su casa era demasiado personal, pero temía por aquello diarios, sabía que eran una reliquia y no quería perderlos, por eso nunca se había animado a sacarlos de la casa y con ese temor el invitarlo había sido su única opción. Iba a sugerir servir café, pero recordando el modo en el que él hab

