-¡Hiciste trampa!- gritó Marina alejando a Francisco de sus labios. Necesitaba sonar segura. Necesitaba que no reconociera todo lo que estaba ocurriendo en su cuerpo en simultáneo. Necesitaba disimular que le gustaba tanto. El timbre sonó una vez más interrumpiendo el silencio que se había convertido en la pausa necesaria para que Francisco pudiera ordenar su mente y, sobre todo, abolir su propio deseo. Él no era así. No caía en un beso desaforado provocado por un susurro. No buscaba razones para lanzarse a unos labios, por más apetecibles que hubieran resultado. No se quedaba callado, hipnotizado, prendido de unos ojos rasgados sin encontrar la censura para evitar saltar sobre ellos. -Voy a atender. -fue ella quien habló. Sorprendida por haber logrado destacarse en su actuación, s

