El nacimiento

1993 Words
Magnus estaba canturreando mientras preparaba la comida y de vez en cuando acariciaba su vientre. Sonrió al recordar la plática que había tenido por la mañana con su destinado.     “Alexander estaba frente al espejo del baño rasurándose para ir a trabajar cuando Magnus llegó por detrás y medio lo abrazó por su enorme vientre que se interponía entre ellos. —Buenos días, bebé —comentó Alexander con su alegre voz. — ¿Te has dado cuenta de que le seguimos diciendo solamente bebé? ¿No deberíamos pensar ya en un nombre? —Si fuera niña me gustaría que se llamara Elaine. —Es un nombre bonito, ¿algún significado? —El nombre significa luz brillante, y ella será mi luz al igual que tú. Magnus suspiró al mismo tiempo que lo soltaba para que pudiera agacharse a enjuagarse la cara. —Si es niño, ¿qué nombre se te ocurre? —Preguntó Alexander dándose la vuelta secándose la cara con una toalla. —Solo tengo un nombre en la mente cuando pienso en él —susurró agachando la mirada y acariciando su vientre— Max… pienso en él como Max. Levantó la mirada para encontrarse con los ojos brillantes de su esposo. —Gracias —murmuró Alexander a la vez que lo abrazaba con fuerza. Sabía lo importante que era para él considerar el nombre de su hermano fallecido. Además, era cierto, no había otro nombre en el que pudiera pensar cuando acariciaba su vientre”     A pesar de que Alexander pensaba en el bebé como una niña, él siempre había visto en su mente un niño con ojos azules. El doctor muchas veces quiso decirles el sexo del bebé; sin embargo, ellos se mantenían en la postura de que fuera sorpresa. Un movimiento extraño en su cuerpo lo hizo salir de sus pensamientos y abrió con amplitud los ojos cuando sintió su pantalón empapado. Reconoció de inmediato que se le había roto la fuente a pesar de que todavía faltaban un par de días para que su bebé naciera, lo cual le asustó un poco. Sacudió la cabeza y apagó la estufa con rapidez, tomó en sus manos el celular y le marcó a Alexander. —Magnus —susurró angustiado su esposo cuando respondió al primer timbre. De fondo se escuchaban conversaciones, parecía estar en una reunión de trabajo— ¿qué pasa? El lazo se siente tenso. —Se me rompió la fuente —dijo con voz demasiado temblorosa, se sentía al borde de las lágrimas por el nerviosismo. —No te muevas —dijo Alexander con seriedad—, voy a mandar a alguien que vaya por ti y te veo en el hospital. Alexander le gritó a Ragnor y la llamada se cortó. Fue a la sala con lentitud y tomó la pequeña maleta que Izzy le había ayudado a empacar unos días antes para cuando naciera el bebé. No sabía si sentarse o quedarse parado, así que salió con sus cosas y se sentó en la fuente con el nerviosismo recorriéndole la piel. No tuvo que esperar ni diez minutos cuando el automóvil de Ragnor patinó por fuera de su casa. Se levantó con cuidado y al abrir el portón, su amigo ya estaba ahí para sostenerlo. — ¿Estás bien? ¿Te duele algo? —Dijo él apurándose a meterlo en el asiento del copiloto. —Estoy bien, todavía no empiezan las contracciones —respondió fingiendo tranquilidad y abrochándose el cinturón de seguridad. Ragnor se veía pálido y sudoroso cuando se subió al automóvil. Su amigo aceleró, pasando con rapidez sobre una piedra y el coche se movió bruscamente, lo cual le provocó un quejido profundo. — ¿Quieres tranquilizarte? —Reprendió a Ragnor quien bajó un poco la velocidad—, no me siento mal, por favor conduce con cuidado porque no quiero llegar estresado al hospital —la mirada confundida de Ragnor le hizo reír—, no me digas que también así está Alexander, no quiero a una bola de nerviosos a mi lado. —No —susurró Ragnor girando por una calle—, él estaba en una junta muy importante y en cuanto recibió tu llamada dejó a todos en la sala. Él se veía serio y seguro como siempre cuando me pidió que fuera por ti, al parecer me he convertido en su chofer particular. Magnus le sonrió a su amigo sintiéndose un poco culpable porque era cierto, últimamente lo habían utilizado como chofer cuando tenían algún problema. —Es curioso, ¿cierto? —Se sintió nostálgico de repente—, tú siempre estuviste allí para cuidarme mientras estaba en celo. Me ayudaste a sacar adelante mis laboratorios y ahora eres tú quien me acompaña al hospital para tener a mi primer hijo —lo último le salió en voz baja como un sollozo. —Vamos, Magnus, no te pongas sentimental. Antes de que pudiera contestar, un dolor profundo en su vientre le provocó un maullido fuerte y desesperado. La primera contracción se había hecho presente y era muy dolorosa, mucho más dolorosa que su celo. —Ahora sí, apúrate —gimió encajando las garras en el asiento—, duele demasiado y no creo aguantar mucho. Ragnor se quedó callado y aceleró esquivando con agilidad los automóviles que se atravesaban en el camino. Magnus se mordió el labio inferior. Solo gemía en voz baja, no quería alterar más a su amigo y provocar un accidente automovilístico. Suspiró cuando por fin llegaron al hospital, Alexander ya estaba en la entrada y en cuanto puso un pie en la acera se dejó caer en sus brazos y comenzó a maullar desesperado. Con rapidez fue levantado del piso para llevarlo casi corriendo al hospital. —Necesitamos registrarnos —jadeó aferrándose a la camisa de su esposo en un intento de dejar de maullar. —Todo el registro está listo y ya te tienen una sala para que nazca el bebé. Entraron en una amplia habitación con todo tipo de instrumentos médicos, todo lucía blanco y esterilizado. Soltó un bufido cuando sintió otra contracción, su esposo le dio un beso en la frente y fue depositado en una camilla con suavidad. —Por favor, desnúdese y póngase está bata —dijo la enfermera con un tono tan frío que se hubiera puesto a llorar si Alexander no estuviera ahí con él—. Y usted, póngase la bata que está sobre la mesa. Alexander acarició su rostro antes de girarse para colocarse la prenda y lavarse las manos. Él mismo se apresuró a desnudarse y colocarse la bata que le fue extendida para recostarse de nuevo en la camilla y retorcerse por otra contracción. Su esposo se acercó de nuevo a él y lo tomó de la mano, ahora estaban listos para la llegada de su bebé. —Muy bien, ¿qué tenemos aquí? —Se escuchó una voz conocida hablar cuando ingresó a la habitación. — ¡Doctor Brown! —Expresó emocionado. Era bueno ver una cara sonriente entre tantas personas con semblante serio en la sala. —Le pedí que asistiera tu parto —murmuró Alexander sobre su oreja. —Y acepté porque no será necesario asistirlo —una corriente helada le recorrió la espina dorsal—, eres una r**a pura, Magnus, puedes tener al bebé por ti mismo. Además, al ser destinados, Alexander podrá ayudarte a controlar el dolor, solo es cuestión de esperar el momento ideal para que empiece el parto. Yo estaré aquí solo para cortar el cordón umbilical y bañar al bebé. Volteó a ver con desesperación a Alexander. Una cosa era que le ayudara a controlar su celo y otra que fuera capaz de controlar el dolor de un parto que era mucho más fuerte. —No te preocupes, el doctor ya me dijo como hacerlo. Lo vamos a lograr juntos. Todavía no se sentía completamente confiado y aun así asintió, de todos modos, no era como si tuviera otra opción. Algunas horas pasaron y ya sentía sus manos adormecidas por estar aferrado a las de Alexander. Él debía sentirse igual porque se mantuvo a su lado todo el tiempo, así que lo soltó cuando el dolor de la contracción desapareció casi por completo. —Deberías descansar un poco —comentó con voz ronca por los gemidos dolorosos que había estado emitiendo durante todo ese tiempo. Alexander negó. —Me siento bien, eres mi prioridad así que si te sientes mal dímelo. Con el paso de las horas las contracciones cada vez eran más frecuentes y mucho más dolorosas. —Alexander —gimió cuando sintió que ya no podía más con el dolor. Su esposo se colocó detrás de él y lo levantó un poco para que su cabeza y la mitad de su espalda quedaran apoyadas sobre su torso. —Eres fuerte, Magnus, puedes hacerlo, yo te protegeré y no permitiré que nada te haga daño —susurró con voz ronca sobre su oreja al mismo tiempo que levantaba su bata para acariciar los costados de su enorme vientre. Su voz alfa y las caricias sobre su piel eran reconfortantes, pero no lo suficiente cuando el dolor de la siguiente contracción lo atravesó y no pudo evitar un maullido lleno de sufrimiento. El fuerte aroma de Alexander cubrió la habitación y fue como si le hubieran inyectado morfina debido a que las contracciones se volvieron un poco menos dolorosas. De pronto sintió un movimiento dentro de él y tuvo la necesidad de pujar con fuerza. —El bebé ya viene en camino —anunció el doctor con voz tranquila. El doctor se mantuvo parado frente a ellos cruzado de brazos, se veía tranquilo y confiado, lo cual lo tranquilizó. Al parecer estaban haciendo las cosas bien. Otra contracción lo hizo estremecerse y pujar de nuevo. —Vamos, Magnus —gruñó Alexander cuando besó su cabello— tú puedes, amor, sigue pujando. Su esposo aspiraba y exhalaba profundamente y él lo imitó, por lo que le fue más fácil pujar cuando necesitaba hacerlo. Un tiempo indefinible después, vio al doctor acercarse para extender las manos y fue cuando escuchó un llanto, el llanto más hermoso que jamás había escuchado. El doctor se agachó para tomar al bebé en brazos y cortar el cordón umbilical. —Es un niño —anunció con una media sonrisa a la vez que le entregaba al bebé. De inmediato lo acunó contra su pecho para acariciar esa hermosa carita llorosa. Un sollozo lo hizo levantar las orejas y voltear a ver a Alexander. Él estaba casi pegado a su rostro, una lagrima caía por su pálida piel, se veía tan feliz y emocionado que provocó que él mismo soltara algunas lágrimas de felicidad. —Nuestro Max —susurró Alexander con un tono lleno de adoración, el mismo que usaba solo para hablarle y se sintió feliz al ver que lo amaba tanto como a él. —Me temo que tendré qué llevármelo —mencionó el doctor observando un poco receloso a Alexander—, lo bañaremos, vestiremos y en cuanto esté listo se los llevaremos para que puedan darle de comer, ¿de acuerdo? Sintió la tensión en el cuerpo de su esposo y las garras desplegadas apenas rozando su brazo. —Alexander, el bebé estará bien —susurró frotando su cara en la mejilla de su destinado. Confiando en que no habría ningún ataque al doctor, entregó al bebé y tomó del brazo a su esposo para atraerlo y hablarle—, me siento muy cansado. Los ojos de su destinado se posaron sobre él y le ayudó a recostarse en la camilla. —Duerme un poco, yo estaré aquí para velar tu sueño. Quería esperar a que el bebé estuviera listo para verlo, no había visto más allá de su carita y quería ver su pelaje, sus orejitas. Sin embargo, cuando menos lo esperó fue absorbido por el sueño, el trabajo de parto había sido muy difícil.
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