Los gritos eran espeluznantes. La oscuridad parecía consumirlo con cada paso que daba, pero, a pesar del miedo, la curiosidad pudo más; sabía que debía entrar a ese sótano.
El silencio llegó de manera abrupta y esto lo detuvo de inmediato. Debía ser sigiloso; lo que fuera que estuviese ahí no era humano, y lo estaba esperando.
El suave raspar de la tela sobre las losas hizo que pegara su cuerpo por completo a la pared. A medida que la presencia se aproximaba, el olor dulzón y empalagoso del jazmín inundó el pasillo. Se tapó la nariz; odiaba ese aroma, ya que le recordaba a la posterior descomposición de los c*******s y al huevo podrido. Lo peor era que el maldito olor parecía vivo: abrazaba el cuerpo adhiriéndose a la piel como si fuera una tela invisible y dejando la sensación de estar sumergido en algo aceitoso y nauseabundo.
Una respiración pesada llegó hasta él. Lo que iba a buscar lo encontró primero. No sabía qué o quién era; sin embargo, estaba consciente de que no pertenecía a este mundo y de que lo conocía demasiado bien.
La inhalación profunda, como la de un animal que huele la sangre de su presa, fue seguida de un sonido gutural y del roce de unas largas uñas.
En ese instante, Zadkiel despertó.