CAPÍTULO 8Le había dicho a Elvira que me acompañara para ver si encontrábamos al tal Gino. La cité en Casa Manolo sobre las diez para picar algo antes de empezar la batida por los locales de ocio nocturno del Gayxample. A las diez en punto apareció, tímida, por la puerta. Apenas la reconocí. Llevaba el pelo suelto en forma de media melena y una ajustada falda que dejaba a la vista unas piernas perfectamente contoneadas. Lucía una camiseta que marcaba firmemente unos pechos en los que no había reparado especialmente hasta entonces. —Hola, Tiki —saludó alegre, mientras Manolo, detrás de la barra del bar, dirigía su mirada de halcón hacia sus piernas. —Hola, Elvira. ¿Qué te apetece tomar? —No tengo mucha hambre. Esta tarde he ido al gimnasio y he merendado después una fruta. ¿Tienen ensal

