15. Mi favorito.
Autumn.
Justo cuando estoy peinando el pelaje de un perrito pomeranian, mi teléfono empieza a sonar. Mi instinto es dejarlo sonar, pero la risita de Wells hace que levante la mirada hacia él.
—Contesta —me insiste.
—Tengo las manos ocupadas con este bonito —digo, mirando al cachorro.
Cuando el teléfono vuelve a sonar en mi bolsillo, suspiro y, manteniendo al perro sobre la mesa de trabajo con su arnés, contesto la llamada.
Es Lia, lo que por instinto me hace sonreír. Lia es más de enviar textos que de llamar, así que escuchar su voz siempre es agradable para mí.
—Cariño, ¿cómo estás?
—Ya lista para volver a Texas —responde—. Beck y yo creemos que muchas cosas han estado pasando en nuestra ausencia.
—¿Es así?
—Es así —dice, risueña—. No te imaginas las ganas que tengo de volver. Estoy segura de que tenemos mucho de qué hablar.
—¿Es así?
—Es así —vuelve a reír—. Cass, después de mucha persuasión por nuestra parte, nos confesó que la cama de Hank últimamente ha estado muy ocupada.
Maldición… ¿qué?
—¿Es así? —me hago la desentendida.
—Es así —dice la muy listilla—. No puedo imaginarme por quién, ¿tú sí?
—Yo no…
—Es un imbécil… siempre lo he sacado de quicio —repite las palabras que, en una conversación pasada, yo le dije sobre Hank—. ¡Embustera!
Alejo mi teléfono de mi oreja debido a su grito.
Creo que es la primera vez que me grita, y su risa es tan alta, seguida de la de Beck, que sé que ambos se están divirtiendo con esta situación.
Miro hacia Wells, quien parece incómodo.
No creo que alcance a escuchar lo que ella me está diciendo… ¿o sí?
—Este no es un buen momento para hablar…
—Oh —ella se tranquiliza, con un deje de preocupación en la voz—. ¿Todo está bien?
—Sí, yo…
—Porque si él te hace daño, aún tengo de ese polvo pica-pica que…
—Lia…
—Te juro que lo haré arrepentirse de…
Wells empieza a alejarse hacia la puerta.
Mierda.
—Lia, cariño, luego te llamo —cuelgo y me impulso hacia adelante hasta agarrar la manga de la bata de Wells—. Espera, sunshine.
Pero cuando se gira despacio para mirarme, me quedo muda, porque… ¿cómo te preparas para romperle el corazón a alguien que no se lo merece?
—¿Qué pasa? —pregunta con voz suave.
Me quedo allí, armándome de valor, hasta que finalmente digo:
—Mañana acompañaré a Hank a Dallas, así que no podré venir a trabajar.
El silencio tenso que sigue después de mis palabras también me rompe el corazón… porque sé que él lo entiende.
—Está bien, no hay problema.
—Wells…
—No —me sonríe un poco, pero es una sonrisa triste—. Oye, no tienes que darme ninguna explicación. No quiero ninguna explicación de nada. Sólo… empeoraría las cosas.
—Él y yo…
—Autumn —su voz se vuelve más firme—. De verdad, no me digas nada.
Siento que mis ojos se llenan de lágrimas, porque no tengo idea de lo que estoy haciendo.
No estoy eligiendo a ninguno. No me siento en posición de elegir a nadie, pero, si tuviera que hacerlo… mi elección no sería Wells.
A pesar de los años, a pesar de las heridas, a pesar de su amistad… nunca ha sido él.
Cuando siento que no podré contener más las lágrimas, él acorta la distancia entre nosotros y me envuelve con fuerza entre sus brazos. Suspiro, apoyando la mejilla en su hombro mientras me trago el llanto.
—Eres mi amiga, la mejor que he tenido —me dice, con la voz llena de cariño—. Y nada ni nadie va a cambiar eso.
Asiento, abrazándolo más fuerte.
Wells es un alma buena, tan buena.
Pero su alma nunca le ha hablado a la mía… no como la de Hank.
|…|
Ese día vuelvo al rancho más temprano de lo normal.
Aunque los peones ya han terminado su trabajo, encuentro a unos pocos reunidos fuera de la casa grande. Cass está afuera con Rose, ayudándola a servir un gran jarrón de limonada fría. La luz del sol ya empieza a esconderse, dejando caer un resplandor naranja sobre todos nosotros.
Me bajo de la camioneta y miro despacio a mi alrededor.
Probablemente, una de las cosas que más voy a extrañar cuando me marche será esto: los paisajes y el aire cálido y familiar que se respira en el rancho. Mi amistad con Lia, mi trabajo con el olivo y mi cercanía con Hank me han dado un sentido de pertenencia a estas tierras. Ni siquiera cuando era niñera de Cass pasaba tanto tiempo dentro del rancho Callahan. Y debo admitir que tiene su encanto.
—¿Qué pasa, torbellino? —le pregunto a Cass cuando se acerca con un vaso de limonada en las manos.
—Llévale esto a papá. Está en las caballerizas, poniéndose nostálgico.
Le levanto una ceja.
—¿Nostálgico?
—Extraña montar —dice, no sin antes darme un pequeño empujoncito en dirección a las caballerizas.
—¿Por qué tengo que ir yo?
—Porque es por tu culpa que él no puede montar —no hay maldad en sus palabras, sino burla—. Ve, por Dios. Debe tener sed.
¿Qué rayos?
—Mandona —murmuro por lo bajo, pero obedezco y voy en busca de su padre.
¿Cómo es que me dejo gobernar por ella?
Me acerco a donde los caballos descansan, mirando sobre mi hombro para encontrar a Cass vigilándome, como asegurándose de que hago lo que me dijo.
Le saco el dedo medio y sigo mi camino.
—¡Hank! —grito escandalosamente, llamándolo.
Los caballos ni se inmutan mientras me ven avanzar entre las cuadras, hacia donde el ruido me indica la presencia de Hank.
—¡Hank! —grito una vez más, pero no termino de llamarlo cuando me topo con un pecho desnudo… muy desnudo.
—¿Por qué gritas como una loca? —pregunta, retrocediendo un paso mientras jala un montón de heno que había amontonado en el piso.
Nunca antes el atractivo de un hombre me había dejado boquiabierta, pero hay algo en verlo a él sudado, un poco sucio, con los jeans caídos sobre las caderas, que me deja momentáneamente inmóvil.
Lo miro muda, de pies a cabeza, mientras él, ajeno a que me tiene deslumbrada, continúa arrastrando el montón de heno, usando además una sola pierna, porque la izquierda sigue sin poder apoyarla demasiado.
Cuando hace un movimiento con la cabeza hacia un lado para apartarse el cabello sudado que le roza la frente, me estremezco.
Entonces abre la boca.
—Si te vas a quedar ahí mirándome, mejor ayúdame, ¿no?
Me mira de reojo, y eso me basta para notar que se está burlando.
Me bebo la mitad de la limonada sólo porque puedo, lo que hace que él se detenga a mirarme, todavía divertido. Dejo el vaso medio vacío a un lado y ruedo los ojos mientras murmuro un par de improperios que le arrancan unas cuantas risitas.
Cuando me inclino para ayudarlo con el heno, él gira, obstaculizándome el paso.
—¿Qué pasa? —pregunto, deteniéndome detrás suyo.
—Bromeaba —jala el montón de heno con más fuerza—. Te puedes astillar los dedos o raspar las manos. Yo lo hago.
Me miro las manos, bastante delicadas y suaves comparadas con las suyas, sin embargo…
—No soy de cristal.
Y me acerco para ayudarlo.
—Dije que no —me gruñe el hombre temperamental.
Como soy necia y, de hecho, me va a dar un infarto de verlo trabajar prácticamente sobre una sola pierna, hago caso omiso de sus palabras y vuelvo a moverme para ayudarle.
—¿Por qué nunca me escuchas? —empuja mis manos a un lado.
—Que no soy de cristal —lo empujo de vuelta.
—Te vas a lastimar, joder, Autumn.
—Déjame… tú, neandertal hijo de p…
Entre empujones y una guerra de voluntades en la que ninguno está dispuesto a rendirse, él pierde el poco equilibrio que ya de por sí tiene y tropieza conmigo, hasta que caemos en un manojo de extremidades sobre el heno.
Toso por el polvo e ignoro la picazón en mis antebrazos causada por las semillas secas. Mientras tanto, Hank se ríe a mi lado, girando el rostro en mi dirección para verme escupir las fibras que se me meten en la boca.
—Te dije que yo lo haría —siento sus dedos bailar en mi mejilla, buscando los hilillos sueltos que siguen en mi boca. Cuando termina y ya no tengo heno entre los labios, se inclina hacia mí en un movimiento demasiado atrevido.
—¿Qué haces?
Y es que, sin una pizca de vergüenza, rodea mi cintura con el brazo y esconde el rostro en mi cuello, subiendo hasta mi mandíbula, donde se queda respirando mi aroma.
—Es el final del día, ¿cómo es que sigues oliendo a limones dulces?
¿Limones dulces?
—Tú hueles a suciedad —suspiro, cediendo cuando me gira para que quede sobre él.
Apoyo las manos en su pecho sudado y lo miro a los ojos. Sin apartar la mirada de la mía, él levanta una mano para esconder mechones de mi cabello detrás de mi oreja, pero aun así vuelven a caer entre nosotros.
Bajo la vista hacia mis dedos, que rozan su pecho con suavidad. Tiene un poco de vello en los pectorales, así que lo acaricio con las yemas, incapaz de evitarlo.
Joder, es tan guapo.
Nunca voy a entender a Loretta.
Cuando él se ríe, echando la cabeza hacia atrás, entiendo que lo último lo dije en voz alta.
Me sonrojo, así que apoyo la frente en su quijada para esconderme de él. Hank baja la mano por mi espalda, acariciando mi espina dorsal con ese tacto íntimo que siempre tiene conmigo.
—¿Cómo es que nunca estuvieron juntos? —le pregunto, porque me cuesta entenderlo.
—¿No conoces la historia completa, amor? ¿Lia nunca te la contó?
—Nunca indagué mucho —le soy sincera. No quería entrometerme en asuntos que no eran de mi incumbencia. Al final, era su vida privada. Aunque todo el pueblo pareciera conocer la historia completa del matrimonio de Hank y Loretta, nunca pregunté demasiado. Se sentía… mal.
—Loretta le hizo creer a Beck que se acostó conmigo como venganza porque él seguía sin aceptar irse del pueblo. Debes saberlo: Loretta siempre quiso vivir en la ciudad. Pensó que, si él sentía que la estaba perdiendo, iba a espabilar y ceder a sus caprichos, si es que eso tiene algún sentido.
»Cuando Loretta quedó embarazada, convenció a Beck de que el bebé era suyo, de que Cass era suya, a pesar de la supuesta infidelidad que había cometido conmigo. Más de un año después, en el primer cumpleaños de Cassidy, cuando se dio cuenta de que Becket ya la aborrecía y estaba con ella sólo por Cass, mintió de verdad y dijo que Cass era mi hija. Hubo pruebas de paternidad falsificadas y su sueño de irse a la ciudad terminó. No lo consiguió con Beck, mucho menos lo conseguiría conmigo, pero ella creía que en mí encontraría el amor que Becket ya le había perdido.
—¿Y no fue así? —pregunto bajito, todavía acariciando su pecho.
—Aunque en ese entonces aún tenía sentimientos mezclados hacia ella, la aborrecí muchísimo. Me había quitado el primer año de vida con mi hija: su nacimiento, sus primeros pasos, sus primeras palabras. Beck ya quería a Cass como si fuera suya, y yo no iba a quitársela. Así que acepté el terreno que me dio dentro del rancho, me casé con Loretta y crié a mi hija.
—¿Te dolió?
—Me dolió que, durante su primer año, Loretta mintiera sobre la paternidad de Cass. Que me la negara. Como si yo no fuera suficiente para mi propia hija, como si fuera… poca cosa para mi propia sangre. Me hizo sentir indeseable como padre. Me golpeó mucho el orgullo. Pero amé a Cass tan pronto leí esa prueba de paternidad donde decía que era mía. Ahora sé que era mentira, pero no me arrepiento. No sé qué sería de mi vida sin esa niña. La amo muchísimo, Autumn. Incluso si no es mi verdadera hija.
Me quedo allí, pensando, interiorizando cada una de sus palabras.
—¿Por qué Loretta mintió tanto?
—Cuando se dio cuenta de que Becket ya no la amaba, pensó que yo sí lo haría, así que mintió para darle una familia completa a Cass…
—Pero tú ya no la querías.
—¿Cómo podría? —pregunta, con la voz suave—. Muchas veces intentó seducirme, que la tocara, que… Jesús, que la follara, pero para nuestro tercer año de matrimonio se dio cuenta de que no había oportunidad. No conmigo. Intentó recuperar a Beck y dejó muy en claro que nunca fui yo a quien quiso.
»Pero ella ya había mentido demasiado. Becket no la quería, yo tampoco. Estaba atrapada en un matrimonio con un hombre al que no amaba y que tampoco la amaba de vuelta. Siento que culpó a Becket de todo, por eso nunca contó la verdad y nos dejó seguir con esta farsa durante tantos años, mientras creíamos que Cass era mi hija.
—Todo fue… demasiado.
—Nos castigó a todos. A Beck le quitó a su hija, a mí me condenó a un matrimonio sin amor, y ella misma se sometió a una vida llena de amargura por todas las mentiras que cargaba.
—¿Ya no te duele? —pregunto, porque su voz no está cargada de dolor, tampoco de amargura.
—Han pasado, ¿qué? ¿Diez meses desde que se supo la verdad? Creo que ya he tenido tiempo para asimilarlo.
—No es tanto tiempo, Hank —susurro, levantando poco a poco el rostro para mirarlo a los ojos.
Está tranquilo.
—No perdí a Cass —dice—. No me ama menos ni ha dejado de llamarme papá. Es una niña, así que al principio tuve miedo de que se dejara influenciar por las cosas materiales… pero no. No le importa que Becket sea el dueño de estas tierras, no le importa que yo tenga mucho menos que él, no le importan los millones ni las tierras que pueda heredar… ella sigue eligiéndome a mí.
—¿Te molestaría si algún día llega a llamarlo papá?
—Me dolería —sonríe un poco—, pero no lo odiaría por eso. Ambos son las personas que más amo, Autumn. Son sentimientos difíciles de poner en palabras. Al principio estaba asustado, pero he logrado comprender que su amor por él es independiente de su amor por mí. Que lo ame a él no significa que no me ame a mí. Puede amarnos a ambos. Sin embargo…
—¿Qué?
—Sé que siempre seré su favorito —y me sonríe de una forma tan pícara, tan traviesa, tan poco propia de él, pero tan maravillosamente hermosa, que… me deslumbra.
Él… me deslumbra.
Me inclino y dejo un beso suave en su mejilla, lo que hace que sonría aún más.
—¿Y eso? —pregunta.
—Soy del equipo Cass… —le digo despacio—. Tú también eres mi favorito.
—¿Sí? —inquiere, tomando mi cuello con una mano para acariciar mi garganta con el pulgar.
Trago saliva, sintiendo ese toque recorrerme el cuerpo entero.
Y entonces le digo lo que yo habría hecho en el lugar de Loretta.
—Sin duda alguna, yo siempre te habría elegido a ti —susurro, mientras sus ojos se llenan lentamente de ternura a medida que me escucha. Siento cómo el peso de mis palabras se asienta en él; en su mente, en su pecho, en su corazón, en todo su ser.
Pero también en mí.
Si yo fuera alguien más, alguien que no tuviera que huir, lo elegiría a él por encima de cualquier otro.
Siempre.
Pero no soy alguien más.
Me pongo de pie, rompiendo nuestra conexión, y le extiendo la mano para ayudarlo a levantarse.
—Vamos a limpiarte —le digo.
Él se toma la limonada mientras yo busco una manguera.
Ante el primer chorro de agua contra su espalda, gruñe y me envía una mala mirada.
—Avisa.
—Gírate —le digo, enviando el chorro hacia su pecho.
Sostengo la manguera con ambas manos, apuntando el agua hacia Hank mientras sale con fuerza. Él inclina la cabeza cuando el primer golpe frío le da en el rostro; el agua se desliza por su barba desordenada, baja por su cuello y se extiende sobre su pecho sudado.
La suciedad empieza a correr en pequeños riachuelos oscuros sobre su piel, perdiéndose bajo la pretina de sus jeans. Tengo que entrecerrar los ojos para evitar las gotas que rebotan hacia mí, pero aun así no aparto la manguera, siguiéndolo despacio mientras se pasa una mano por la cara y resopla por el frío.
—¿Me ayudas con la espalda? —pregunta, girándose para que lo lave.
Me acerco, manguera en mano, y deslizo la derecha por la extensión de su piel, limpiándolo.
—Se te va a mojar la herida de la pierna.
—La herida ya está sana, no te preocupes.
—¿Seguro?
—Seguro —me tranquiliza, mirándome sobre el hombro con un brillo de dulzura, como si mi preocupación por él le causara ternura.
Resoplo, le doy un suave empujón en el hombro y apago la manguera. Voy a dejarla en su sitio y, cuando me giro, Hank ya está esperándome.
Parpadeo cuando mete una mano en mi cabello y me levanta el rostro hacia el suyo, a escasa distancia del mío. Nuestros zapatos se rozan y tengo que alzar la mirada para poder verlo a los ojos.
—¿Hablaste con Wells?
—¿Qué?
—Autumn, amor… por favor, dime que hablaste con Wells.
—Le dije que iría a Dallas contigo —admito, cuando veo que empieza a perder la paciencia.
—¿Sólo eso?
—¿Había algo más que decir?
Asiente, mirando hacia un lado con la mandíbula tensa.
Largos segundos después, vuelve a mí, tomando esta vez mi rostro con ambas manos para acercarnos aún más, hasta que termino parada en la punta de mis pies.
Mi mano se impulsa hacia adelante para sostenerse de su pecho.
—¿Por qué eres tan malditamente malcriada? —pregunta, inclinándose un poco hacia mí.
—No soy malcriada.
—Te encanta sacarme de quicio… —presiona un beso suave entre mis cejas y se queda allí, hablando contra mi piel—. Pero está bien, disfrutaré poniendo las cosas en su lugar.
Roza sus labios contra mi mejilla, en un beso muy parecido al que yo le di antes. Luego me da una palmada en el culo, como si se creyera con el derecho de hacerlo… y se marcha con una expresión bastante arrogante en el rostro.
Imbécil.
Nota: Muchas gracias a todos por sus lindos mensajes de recuperación, ya estoy mucho mejor. Ya tengo la mitad del próximo capítulo escrito, así que espero no demorarme en subir el siguiente. ¡Abrazos!