11. Vulnerable.
Hank.
En Silver Ridge, cada año se celebran un sinfín de festividades que, con mucha destreza, he sabido evitar. Festivales, ferias, concursos e incluso bailes a los que todo el pueblo acude entusiasmado. Silver Ridge es un castigo para los introvertidos y el paraíso para quienes viven por y para las fiestas.
Y aunque no me consideraría precisamente introvertido, ninguna de esas celebraciones me quita el aliento. No me gustan. Prefiero quedarme en casa, comiéndome un buen filete, o incluso trabajando con las vacas… los cerdos también serían una opción. Cualquier cosa antes que asistir a un evento de un pueblo que conoce de memoria mis desgracias y que no perderá la oportunidad de hacerme preguntas que no le incumben… o de echarle sal a la herida.
Sin embargo…
Está Cassidy.
Mi hermosa, indómita y muy entusiasta hija.
Quien quiere ir la puta fogata anual.
Joder.
En los años anteriores, su madre era quien la acompañaba. A veces incluso Becket era quien la llevaba —aunque con mucha persistencia de su parte—, pero este año ella me lo pidió a mí.
Loretta Hunter, la fisioterapeuta, me habló entusiasmada del evento durante toda nuestra sesión de hoy. Aunque bien percibo que mi actitud desquiciada la persuadió de cualquier idea equivocada que se estuviera formando de mí en su cabeza, su entusiasmo me molesta un poco, lo que me hace sentir mal.
Ella es nueva en el pueblo, es normal que un evento así la entusiasme. Pero su alegría choca contra mi desanimo, pues, si por mí fuera, provocaría lluvia torrencial para que la festividad se arruine. Pero, como no controlo el clima, sino que mi hija me controla a mí, voy a tener que ir.
—Tal vez nos veamos esta noche —me dice la señorita Hunter, deteniéndose en la puerta de mi casa para despedirse con una sonrisa amistosa.
Mi hija se ríe detrás de mí, comiéndose un mango en la mesa del comedor.
—Nos vemos, señorita Hunter —le digo, porque me niego a llamarla Loretta.
Al mismo tiempo que la fisioterapeuta se monta en su bonito auto, mi camioneta se estaciona frente a casa. Y una mujercita pelinegra se baja de ella, llevando una caja en sus manos.
Se ve contenta.
Genial, alguien más está deseando la fogata.
Autumn se despide de la señorita Hunter, a lo que la mujer le sonríe con entusiasmo y finalmente se marcha. Autumn emprende su camino hacia mí, la sonrisa en su rostro no puede ser más deslumbrante.
—Sonríe, vaquero —me dice—. Hoy es un día especial.
—Mmm… —es todo lo que digo, haciéndome a un lado con mis muletas para que pase.
Aunque bien la silla de ruedas es muy útil para estar en el rancho, en casa sigo usando mis muletas. No quiero perder la fuerza en la única pierna buena que me queda. Además, la silla de ruedas es demasiado amplia para usarla en casa.
—¿Qué traes ahí? —Mi hija pregunta, sin parar de comerse su mango.
Autumn deja entusiasmada la caja sobre la mesa y empieza a sacar cosas.
—Mi nana me empacó algunas cosas para ti —le guiña el ojo a Cass—. Desde mantas, malvaviscos, hasta este suéter viejo que tal vez no quieras usar.
Mi hija se limpia las manos en su camiseta, lo que se gana una mala mirada de mi parte, y va hacia Autumn para quitarle el suéter viejo que parece ser tejido a mano.
—¿Lo tejió ella misma? —Los ojos de mi hija brillan.
—El siglo pasado, pero sí —Autumn también sonríe—. ¿Lo quieres?
—¡Me encanta!
Cuando Autumn era la niñera de Cass, muchas veces se la llevaba a su casa, en donde su abuela siempre estaba. Es normal que la anciana atrevida le envíe cosas a mi hija.
—Esto es para ti —me muestra un termo térmico rosa—. El café que venderán en la fogata no es de muy buena calidad. Es mejor si lo llevas desde aquí. Mira, hasta le puse una cadenita para que te lo cuelgues del cuello, así no tienes problemas para usar las muletas.
Carajo… ¿ella es real?
—¿No vas a llevar la silla de ruedas? —Mi hija pregunta, mientras observa con detenimiento la cadenita de la que Autumn habla. Está hecha de corazones y flores, muy femenino y delicado —. Después de que papá lo use, ¿me lo puedo quedar?
—Cass… —le digo.
—Está bien, te puede servir para mantener fría el agua en la escuela —acepta Autumn.
—Ya tienes uno, Cass —le recuerdo a mi hija.
—Pero este es más bonito —y se lo lleva al pecho, abrazándolo con cariño.
Sacudo la cabeza, empezando a negar, pero cuando ambas mujeres me hacen ojitos, termino cediendo.
Mientras me siento en el sofá, le respondo a mi hija su anterior pregunta—: La señorita Hunter me recomendó usar la silla de ruedas sólo para el rancho. Quiere prevenir la rigidez… y más cosas que ya no recuerdo.
—¿Y cómo te fue con la señorita Hunter? —Autumn me pregunta, tomando un pedazo de mango que mi hija le pasa.
—Bien —me encojo de hombros.
—¿Siguió coqueteando?
—No —respondo al mismo tiempo que mi hija asiente con efusividad.
Autumn se ríe.
—No creo que esté coqueteando —le digo—. Sólo parece ser una mujer… alegre.
—Excesivamente alegre —canturrea mi hija.
Aunque no creo que mi hija esté en lo cierto, es mejor prevenir que lamentar, así que…
—Es tu culpa —le digo a Autumn.
—¿Por qué mi culpa?
—No volviste a estar presente en mis sesiones.
—¡Tengo trabajo!
—Te pagaré.
—No soy un escudo humano.
—Puedes ser el mío —echo mi cabeza hacia atrás en el sofá cuando ella se empieza a mover por la cocina, sin perderla de vista—. Te avisaré con tiempo. Sólo necesito que te quedes a mi lado mientras ella hace su trabajo.
—La última vez, casi me acabas el hombro a mordiscos.
—Papá, el canibalismo está mal —dice mi hija, negando con pesar, pero el brillo divertido en sus ojos la delata.
Ruedo los ojos, negando.
—Autumn está exagerando.
—Ja… —cuando Aut vuelve de la cocina, lleva más mangos en un plato amplio. Me lanza uno, así que lo atrapo con rapidez—. Cincuenta dólares la hora.
La miro como si estuviera loca.
—¿Cincuenta?
—Ochenta si te quejas.
—Autumn, no puedes…
—Ochenta y cinco... y va subiendo.
—¡Está bien!
Mi hija y ella se miran, chocan las cinco y celebran.
¿Qué demonios?
—¿Qué me estoy perdiendo?
—Eres demasiado ingenuo —me dice Cass—. ¿Las botas para montar que no me quisiste comprar?
—Te dije que te las compraría cuando sacaras buenas notas en historia… y no has cumplido.
—Bueno, pues ya Autumn me consiguió el dinero.
Y me sonríe, la pequeña diablilla.
Miro de una a otra hasta que, poco a poco, voy comprendiendo.
La señorita Hunter no me está coqueteando, mi hija me lo hizo creer para que le pagara a Autumn por quedarse en las sesiones conmigo.
Lo planearon desde el comienzo.
—Relájate —Autumn se sienta a mi lado—. Me prometió que se sacaría la mejor nota de toda su clase.
—¡Nunca dije que la mejor! —Se queja Cass.
—La mejor —le gruñe Autumn, y enseguida ambas se enfrascan en una silenciosa pelea de miradas, hasta que mi hija se rinde.
—Pero me las compras mañana.
—Hecho.
—Genial.
Así que esto es lo que se siente, ¿no?
Ser manipulado por dos mujeres a las que no puedes negarles casi nada.
No creo que me desagrade.
Cuando Autumn estira sus pies descalzos, pues se quitó sus sandalias de yute antes de subirse en el sofá, y pincha mis muslos de forma juguetona con sus dedos, la fulmino con la mirada.
Me sonríe… entonces lo vuelve a hacer, hundiendo sus pulgares en mi muslo con fuerza.
—Basta —le digo.
Pero ella no se detiene, sino que se vuelve más insistente.
Carajo.
Agarro sus pantorrillas desnudas y la jalo con fuerza hacia mí, hasta que sus muslos chocan con la parte externa del mío.
Se ríe a carcajadas, girando para volver a subir, hasta que apoya sólo las plantas de sus pies contra mi muslo.
—Imbécil —murmura, divertida.
—Mocosa.
Me estiro por el control remoto, enciendo la televisión y terminamos de pasar lo que queda de la tarde los tres juntos.
|…|
Debí haber traído la silla de ruedas, me doy cuenta.
No porque me canse o tenga dolor, sino porque la silla es tan grande que podría usarla como excusa para quedarme quieto en un solo lugar. Con las muletas, es más fácil que las personas me lleven de aquí a allá, dándome a probar lo que sea que estén vendiendo, cuando en realidad lo que quieren es sacarme información sobre dónde está Loretta.
—No lo sé, señorita Brooks —le digo a una de las ancianas más viejas del pueblo.
—¿Cómo no puedes saberlo?
¡Pues no lo sé, joder!
Poco después de que Becket se fuera detrás de Lia, Loretta también desapareció. Supongo que se dio por vencida y, desde que se le puso una orden de restricción para que no se le acercara a Cass hasta que mi hija lo decidiera, creo que entendió que ya no había nada más que la retuviera aquí.
Y todo el pueblo lo sabe; lo único que mantenía a mi exesposa en el pueblo que tanto odiaba eran mi hija y Becket. Que me estén preguntando por ella no hace más que echarle sal a la herida. Aunque no es una herida, es más bien un golpe bien fuerte a mi puto ego y a mi orgullo.
—¡Papá! —Cass me grita desde lejos—. ¡La encontré!
—Con permiso, mi hija me llama —me despido de la anciana entrometida y me muevo hacia Cass.
—Margaret tiene asientos libres en su tiendita —me explica, arrastrándome hacia el stand de la mujer—. Puedes quedarte con ella mientras yo busco a mis amigos, así descansas la pierna.
—No te pierdas de mi vista —le advierto.
Aunque una de las mejores cosas de los pueblos pequeños es lo seguros que son, nunca está de más ser cuidadosos.
—Desde su puesto podrás ver todo y llevo mi teléfono —me recuerda.
La sigo por varios minutos más, hasta que por fin llegamos al puesto de tartas de mora de la señora Skye. La abuela de Autumn es una señora mayor, pero muy bien conservada, y con una lengua bien afilada.
—Pero si es él… —me dice la mujer en cuanto me ve—. El que sacó a mi nieta de mi casa y ni la cara dio.
—Dios… —niego, sentándome en una de sus sillas.
Cassidy se ríe de las palabras de la anciana, me busca otro asiento para que estire mi pierna y se va en busca de sus amigas. Alcanzo a ver a Betty a lo lejos, junto a su hermana mayor, así que, una vez mi hija las alcanza, me relajo en mi puesto. La hermana de Betty es una chica bastante responsable.
—Toma — la anciana me pasa un pedazo de su famosa tarta.
—¿No le echaste veneno? —Pregunto.
—Amoniaco.
Resoplo, pero hundo la cucharita en el postre y me llevo un bocado a la boca.
—¿Autumn no se ha desocupado? —Le pregunto tan pronto tiene un espacio libre de ventas.
Sé que Autumn está detrás de la organización del evento porque, ¿en qué no está Autumn? Incluso cuando no hay paga, ella siempre está involucrada en la logística detrás de las festividades especiales del pueblo. Lo que me pone a pensar… tiene que haber mucha pureza en su corazón para seguir dándole amor a un lugar que, en su mayoría, le da sólo desprecio.
—Ya está libre —me responde Margaret—, pero Wells vino a llevársela. Deben estar por ahí… esos dos nunca se quedan quietos juntos.
Asiento, tragando a la fuerza el último bocado de mi tarta.
—Es un buen chico, ese Wells —sigue hablando la anciana.
—Mmm… —le gruño.
—Si tan sólo mi nieta lo quisiera, pero parece tener debilidad por… vaqueros gruñones con patas rotas.
Me atraganto con mi café.
—Se equivoca —le digo una vez me he calmado—. Además, tengo piernas y pies… no patas. No soy un animal, señora.
Me mira con suspicacia, luego mira hacia mi termo rosa y la cadenita de flores y corazoncitos que cuelga de mi cuello.
—Ahora entiendo por qué casi no almorzó a medio día. Estaba como loca haciendo esa cadena que llevas puesta con tanto orgullo —me sirve otro pedazo de tarta, luego murmura—: Supongo que el corazón y la v****a quieren lo que quieren.
¿Qué?
Me vuelvo a atragantar, así que Margaret empieza a golpear mi espalda con brusquedad.
—No estoy seguro de que así sea el dicho.
—Soy muy consciente de ello, Hank —me da una última palmadita y se va a atender los clientes que vienen llegando.
Trato de no pensar mucho en lo que dio a insinuar, pues no creo ni por un segundo que ella tenga razón.
Autumn es una mujer genuinamente buena, que sigue dándole su corazón a un pueblo que la ha rechazado. No es de extrañar que intente ayudarme. Después de todo, esa es su esencia. Es lo que la hace ser quien es.
La fogata está a unos buenos metros de mí; varias personas ya están quemando malvaviscos y refugiándose en su calor, a pesar de que aún no es el evento principal. Por lo que sé, es a medianoche cuando habrá pequeños fuegos pirotécnicos y música regional en vivo. Sin embargo, las personas ya están entusiasmadas con el fuego controlado. Entre ellas, una pareja que reconozco al instante.
Autumn y Wells.
Ambos tienen malvaviscos que intentan quemar en una de las pequeñas fogatas de los alrededores, riéndose cuando el fuego les gana y derrite más de la mitad del dulce.
Aparto la mirada y bebo más café.
Mi hija está sentada en la manta que Autumn le empacó, rodeada de sus amigos mientras charla animadamente.
Vuelvo a mirar a Autumn. A pesar de la diversión que parece estar viviendo con Wells, parece sentir mi mirada, porque gira y se encuentra directamente con mis ojos. Le sostengo la mirada por varios segundos que se sienten eternos… entonces ella alza la mano y me hace un saludo bastante dulce.
Ruedo los ojos y vuelvo a mirar a Cassidy.
Y paso alrededor de dos horas allí, cuidando a mi hija desde la distancia, intentando ignorar las ondas azabache de Autumn que se mueven cada vez que se ríe de lo que sea que Wells le diga.
Cuando mi hija me envía un mensaje pidiéndome permiso para quedarse a dormir en casa de Betty y le digo que no, no demora en rodearme con sus amigos, trayendo de apoyo incluso a la mamá de la chica. Después de mucha insistencia y de hacerle prometerme que se portará bien, cedo.
Me doy cuenta de que se ha unido más a Betty después de lo sucedido con su madre, así que sus amigos deben ser un gran apoyo en este momento de su vida.
Es una adolescente, me recuerdo.
Por supuesto que sus amigos son importantes para ella.
Cuando los fuegos pirotécnicos estallan a medianoche, decido que es hora de irme.
Sin poder evitarlo, lanzo una mirada hacia el último lugar en el que vi a Autumn. Tal vez ella también quiera irse, así que podríamos irnos juntos. Aunque Beau nos trajo a mi hija y a mí en su camioneta y prometió venir a recogerme cuando yo quisiera, es su noche libre y no quiero abusar de su confianza.
Además, Autumn duerme conmigo, ¿no?
Querer que nos vayamos juntos es absolutamente normal.
Sin embargo, cuando la busco con la mirada, encuentro a Wells solo, mirando con concentración los fuegos pirotécnicos que siguen estallando en el cielo.
No sé por qué, pero eso me preocupa.
¿En dónde está Autumn?
Con un mal presentimiento recorriendo mi cuerpo, me despido de Margaret, a quien ya le quedan pocas tartas por vender, y empiezo a buscar a Autumn.
Entre más pasa el tiempo y menos encuentro rastros de ella, más empiezo a desesperarme.
Cuando estoy a punto de marcarle, veo un destello brillante, inconfundible, entre los árboles: su cabello.
Me acerco, curioso, cuando veo que la postura en la que está es rígida y parece estar discutiendo con alguien, pero está tan escondida entre los árboles que no logro reconocer a la otra persona.
Hasta que lo hago.
Robert Dawson.
Entre más me acerco, más me doy cuenta. Sí, la postura de Autumn es combativa, pero la expresión en su rostro es tan desgarradoramente vulnerable que todo lo que siento es esta necesidad de agarrarla entre mis brazos y llevármela lejos.
—¡Autumn! —grito, pero por encima de los fuegos pirotécnicos, ella no me escucha.
Me acerco más rápido, hasta que puedo oír sus murmullos, pero no entenderlos.
Entonces Autumn levanta la mano para limpiar una lágrima que baja por su mejilla, se voltea para marcharse y Robert Dawson la detiene del brazo.
No es un toque brusco, es gentil, pero inyecta de rabia mis venas, más cuando Autumn parece tensarse ante su tacto.
Casi me parto la otra pierna de lo rápido que avanzo. Cuando estoy lo suficientemente cerca, escucho que él le dice:
—No te lo digo para hacerte daño.
—Me lo dices para que me vaya más rápido —susurra ella, con más dolor en su voz.
—Autumn, no lo entiendes…
Autumn lo mira fijamente cuando dice:
—Lo entiendo más de lo que crees.
—Autumn —llamo su nombre, lo que consigue que ambos me noten.
Avanzo hacia donde ellos están, agarro la muñeca de Robert con fuerza y, con una mirada, le indico que tiene que soltarla… ya.
Él parpadea hacia Autumn y hacia mí, como si hasta ahora estuviera entendiendo.
Finalmente, asiente y la suelta.
—Creo que tu mujer está en aquella dirección —le advierto, señalando hacia la fogata.
Ambos jadean cuando escuchan mis palabras, como si mi insinuación los repugnara.
—No es lo que crees —susurra él.
—No estoy insinuando una mierda —miento, porque yo mismo me avergüenzo de mis palabras. Autumn no es así, pero este hombre… ya engañó a su mujer una vez—. Sólo no quiero ver que le vuelvas a poner un puto dedo encima.
Él me ignora; solo vuelve a enfocar su mirada en ella.
—Piénsalo… —le dice con suavidad, luego da media vuelta y se marcha.
Solo hasta que lo pierdo de vista, me giro para mirarla.
Se ve tan… vulnerable.
Y rota.
Sus ojos están bañados en lágrimas y sus hombros desnudos tiemblan como si estuviera reteniendo los sollozos.
—No te atrevas a acusarme de nada.
—No estoy…
—Lo vi en tus ojos —me gruñe—. Lo que pasó por tu cabeza.
—No… —empiezo a negar.
—Contrario a lo que crees —se atraganta con un sollozo—, yo no soy mi madre, Hank —y lo dice de una forma tan vulnerable, que me siento como el mayor hijo de puta que pueda existir.
Luego se da la vuelta, llorando.
—¡Autumn!
La sigo. Con esta puta pierna jodida, yo la sigo. Me es difícil alcanzarla, pero una vez lo hago, estamos en medio de los autos estacionados, a sólo unos cortos pasos de mi camioneta.
—¡Espera! —Suelto una muleta para poder agarrarla con mi mano libre, pero, para evitar tocarla de la misma forma que ese hombre, hago puño en la parte trasera de su vestido veraniego y la jalo hacia mí. La giro en un movimiento bastante ágil hasta que la tengo frente a mí.
Cuando se niega a mirarme, agachando su cabeza en dirección a mi pecho, meto mi mano por el lateral de su cuello y enredo mis dedos en su cabello, levantando su mirada hacia mí.
—Lo siento, fue sólo un puto segundo, te lo juro —cuando más lágrimas bajan por sus mejillas, continúo con rapidez—: Te lo juro por Dios, no creo nada de lo que piensas. Ese único segundo lo dudé por él, pero no por ti. Mírame, te conozco, sé quién eres, ¿bueno?
—No, no lo sabes —solloza, con su labio inferior temblando.
Levanto la mirada al cielo por un segundo, resistiendo las ganas de protegerla de todo, incluso de mí mismo.
—Lo sé —le digo con renuencia, bajando mi cabeza para buscar sus ojos—. Sé quién eres, Aut. Sé quién eres, y ni siquiera las pruebas más verídicas frente a mis ojos me harán cambiar mi opinión de ti.
Parpadea, dejando escapar dos lágrimas que me dan ganas de secarle a besos, pero al final todo lo que hago es mirarla fijamente, para que me vea, para que vea la verdad en mis ojos.
Porque Dios sabe que esa noche, hace años atrás, le mentí mirándola a la espalda. ¿Porque si me hubiera visto a los ojos? Ella lo sabría, se habría dado cuenta… de que cada puta palabra de esa noche no fue más que un engaño.
—Te conozco, amor —le repito, moviendo mi pulgar por su nuca, lo que le provoca un ligero estremecimiento.
Nos miramos fijamente por varios segundos más, mientras le dejo ver la verdad en mis ojos. Entonces un aire frío corre a nuestro alrededor y ella se inclina, apoyando su mejilla en mi pecho y acurrucándose en mí mientras parece buscar calor.
Suspiro, envolviendo su espalda baja con mi brazo mientras miro alrededor.
Me importa una mierda mi reputación, pero no quiero que ella esté en la boca del pueblo, bastantes chismes ya debe haber con ella quedándose en mi casa.
Beso su coronilla y bajo el rostro para decirle bajito—: Vamos adentro, ¿bueno?
Ella asiente, se separa de mí, recoge las muletas del piso y las mete en los asientos de atrás antes de ayudarme a subirme al asiento del copiloto de la camioneta. Mientras ella da la vuelta para subirse al asiento del conductor, lanzo el termo hacia atrás y subo las ventanillas, no queriendo que nadie nos vea.
Una vez Autumn se sube, se queda mirando fijamente al frente, con la mente perdida en algo más. Pero su barbilla sigue temblando y más lágrimas bajan por sus ojos.
Joder, no puedo.
Hago la palanca hacia atrás, me giro, la agarro de las caderas y le digo—: Ven aquí.
Autumn no tarda en obedecerme; se gira y se sube con facilidad a mi regazo.
—¿Qué pasó, amor? —Pregunto, mirando a sus ojos llenos de lágrimas.
Ella abre la boca, pero no consigue que nada salga.
Tomo los laterales de su cuello y muevo mis pulgares por la columna de su garganta, dándole todo el tiempo que ella quiera.
—Le pagó a mi mamá —susurra muy bajito—. Le pagó para que se fuera.
—¿Qué?
—Le dio dinero para que se fuera del pueblo, pero… —inhala temblorosamente—, con la condición de que me llevara también a mí.
Maldición.
—Él quería deshacerse de mí —continúa, mirándome a los ojos—, pero ella también quería lo mismo. Ella… me abandonó, Hank. Ella… me cambió por dinero.
Cuando tiembla incontrolablemente, con abundantes lágrimas bajando por sus mejillas, la atraigo hacia mí, abrazándola con toda la fuerza de la que soy capaz.
Autumn llora… muchísimo.
Mi cuello se llena de sus lágrimas, mi pecho se llena de su dolor.
Y yo lo comprendo.
Robert Dawson es su padre.