—¿Liam? Aquí está tu pedido. —Esta vez, un muchacho con el uniforme de la heladería entregó las grandes copas de dulce, con un poco de agua y servilletas. Leo se llenó las mejillas de helado. —Cariño, te vas a atragantar. —dijeron al mismo tiempo, lo que hizo que el niño sonriera y siguiera comiendo. ¡Su papá y Bianca sí que eran raros! A pesar de la vergüenza, siguieron; Liam revolviendo su helado hasta crear una mezcla homogénea y pastosa. Bianca le miró asqueada. —Nada. Pero ambos sonrieron un poco. A pesar del silencio, solo había gloria. Podía ser algo tonto y sencillo, un poco de helado en un día soleado, pero para Liam significaba mucho más. Se atrevía a jurar con los ojos vendados que estos recuerdos se quedarían con Leo incluso cuando ya no estuviera para protegerlo y amarl

