Dos grandes ojos de ciervo se asomaron por una orilla del sillón. Rápidamente, el pequeño se lanzó encima de los adultos, quienes pretendieron estar sorprendidos por el ataque. Leo reía sin parar, apenas pudiendo recuperar el aire. Iba de un lado a otro, saltando, recibiendo cosquillas y muchos mimos. Amaba jugar con su papá y Bianca. El niño no podía quejarse de su vida o de cómo solía ser, pues su joven cabecita no podía hacer tal análisis. Sin embargo, era feliz, un niño normal. Y cabe destacar que ahora su vida simplemente era mucho mejor. Bianca era fundamental en todo esto. Con el pasar de las horas y la puesta del sol, los juegos terminaron y dieron lugar a la cena. La chica, distraída en sus pensamientos, había cortado su dedo. Todo el día había tenido una asquerosa sensación de

