Rió emocionado y, con una toalla envuelta en sus hombros, corrió hasta la oficina de Bianca para hacer del lugar un desastre. Sacó todos los libros del estante y, tomó todo lo que encontró y lo lanzó sin mirar a dónde caía. Un poco después, respiró agitada, acomodó la toalla y siguió rebuscando por todos los rincones, pero simplemente no lo lograba. ¿Dónde podría haberla guardado? Corrió la silla frente al escritorio y la arrastró hasta el estante más alto en el cual tanteó con su mano. Su rostro palideció y un escalofrío recorrió su cuerpo cuando terminó frente a frente con un pequeño vibrador. —Asco. Asco. Asco. Asco. Asco. Asco. Arrepentido a más no poder por hurgar en pertenencias ajenas, se dio la paciencia de echar todos los productos de limpieza en su mano y lavarla unas tres v

