El Sr. Oliver como todo el mundo lo saludaba o el Sr. O, que algunas veces por flojera de nombrarlo completo le decían así. Fue una de las mejores personas que haya tenido este mundo y el mejor para Ana y para mí.
Era un señor alto, Delgado, amigable y lleno de amor para con todos.
Mi abuelo era nuestro escape de fin de semana. Al salir del colegio pasaba por nosotros y pasábamos los mejores fines de semana de nuestras vidas.
A pesar de tener todas las cualidades de un buen ciudadano el Sr. O era alcohólico. Condición que lo llevaría a la muerte un poco más tarde.
Hacer café a las 4 de la mañana, desayunar a las 5, barrer la casa a las 6 y leer el diario a las 7 era la rutina religiosa del abuelo.
Amaba estar en casa del abuelo, sin importar que nos levantara temprano. Siempre era bueno conversar con él, sabía mucho y aun así me escuchaba así estuviera equivocado. Era una sensación de paz que te inundaba al estar con él.
Salir con él era mucho mejor, el abuelo nos llevaba en su camioneta Cheyenne blanca y nos compraba todo lo que le pidiésemos. Como casi nunca cocinaba siempre nos compraba cualquier cosa en la calle.
Siempre le pedíamos que nos llevara a un restaurant llamado “Terraza la fuente”. Era literalmente una terraza con una inmensa fuente llena de peces koi que podíamos alimentar mientras esperábamos la comida. Era muy divertido. A pesar que el menú era gigante, tanto nosotros como el abuelo siempre pedíamos pizza con champiñones, era la mejor pizza.
El abuelo trataba siempre de no beber en nuestra presencia o al menos que no nos diéramos cuenta. Llevaba consigo una pequeña cantimplora de alcohol que lo acompañaba siempre. En una oportunidad le pregunté por su contenido y me dijo:
--Es algo que probablemente me matará hijo. —Me miró como si estuviera llorando debajo de unos lentes oscuros que siempre llevaba en el sol.
--Entonces, ¿Quieres morir abuelito? —Le respondí inocentemente, como cualquier niño que no tiene malicia.
El abuelo no me respondió más, solo me sonrió y guardó la pequeña cantimplora. Ana luego de eso me regañó y dijo que no fuera tan curioso. Así fue como me olvidé rápido de esa cantimplora y volví a jugar como si nada hubiera pasado.
En la casa del abuelo había muchos perros y arboles a diferencia de nuestra casa que mamá no tolera a los animales por ser alérgica.
Jeffry algunas veces venia de visita con su papá, pero solo estaba unas horas y luego se volvía a ir. El tío Wuilian siempre fue sobreprotector con Jeffry y poco confiaba en el abuelo.
Casi siempre peleaba con él cada vez que venía. Las peleas eran por diferencias políticas, el tío Wuilian era socialista, en cambio el abuelo defendía el capitalismo hasta la muerte.
La falta de confianza hacia el abuelo no era por su ideología política claro, sino por su problema con el alcohol. El tío Will no confiaba en que pudiera cuidar a su tan preciado Jeffry, así que solo lo llevaba de vez en cuando y solo por momentos cortos.
Igualmente, el abuelo nos quería a los tres por igual, solo que Jeffry se perdía lo mejor del abuelo.
Cuando cumplí 11 años el abuelo tuvo un accidente en la Cheyenne, venia bebiendo y chocó con un árbol. No le pasó mayor cosa más que un brazo roto y unas cortadas en la cabeza, pero desde ese día papá no nos dejó quedarnos más con el abuelo.
El sr. Oliver se recuperó por completo al cabo de unos días, pero tanto el como la Cheyenne jamás volvieron a ser los mismos. Él se dedicó a beber.
Un día antes de cumplir los 14 murió la persona más cercana a un padre que tenía.
Al final si se mató el mismo, solo que más tarde descubrí que no era lo que él quería. Él quería seguir viviendo, solo que lo dejamos solo.
A pesar que no fue por nuestra culpa no visitarlo más, Ana siempre se culpó por eso.
El abuelo lo consiguió en el suelo desangrado el tío Will.
Poco después descubrimos que nos dejó una carta. Ana la encontró.
Tu nunca Sabrás
La vida de un viejo acaba siendo solitaria, sin importar que tan bueno o malo fuiste supongo. A pesar de eso uno se las arregla para llenar esos espacios antes ocupados por personas, o al menos eso intenta uno. “La vida es hermosa” es la frase que más repetía una y otra vez cuando joven y era verdad, veía toda la vida hermosa pues lo tenía todo. Poco después había perdido todo y cada vez más lentamente todo se iba desvaneciendo. Seguir viviendo en una “vida hermosa” no se vuelve nada fácil para un viejo solitario que su única amiga termina siendo su botella de ron. “La vida hermosa” se vuelve una vida triste y más difícil de vivir.
En una oportunidad un niño me preguntó si quería morir. Duré mucho tiempo después analizando esa pregunta, para cuando le encontré respuesta ya estaba casi muerto. Hoy le digo a ese niño que quería vivir, pero para que la vida siguiera siendo hermosa para él debería de morir.
Mi consejo para ti niño curioso es que vivas y seas feliz. Recuerda que: “Todo lo que sucede en tu vida sucede para tu bien final; eres perfecto tal y como eres; eres amado, eres amor”.
Mis disculpas, quisiese seguir más tiempo en “La vida hermosa”, pero creo que ya es mi tiempo.
Mientras escribo este pequeño trozo de papel al que le grabo mis sentimientos escucho una muy bella canción que solía escuchar cuando estaba lleno de amor. Espero puedas escucharla algún día. Está en inglés, pero en español dice algo así la primera estrofa:
“Nunca sabrás cuánto te echo de menos. Nunca sabrás, cuánto me importas. Y si lo intentases, aun así, no podría ocultar mi amor por ti. Debes saberlo, porque te lo he dicho un millón de veces o más.”
Al leer la carta Ana lloró sin consuelo y salió corriendo a los brazos de mamá. Ella fue la primera que la leyó. Sabia donde el abuelo ponía sus escritos de la mañana que siempre escribía algo aunque fuera una oración. Y allí estaba justo debajo de uno de sus libros.
No fue sino después de unos meses cuando leí la carta. El corazón se me rompió en mil pedazos, sabía que esa carta iba dirigida a mí, a pesar de que el tío Will decía que era para él.
Lloré toda la semana en mi cuarto. Ana al verme así me preguntó si había leído la carta a lo que le confirmé me preguntó si ya lo había deducido.—Asentí con la cabeza y luego empecé a llorar sin control. Ana me abrazó.
Esa noche Ana durmió conmigo.
Desde entonces no pasa un día en que no piense en el Sr. O. El mejor abuelo del mundo.