Golfo de Aqaba, en ese mismo instante. La escena no pasó inadvertida. En el monitor aparecía claramente la zona desértica con la única presencia de la caravana de ocho hombres, apenas salida de un poblado de beduinos. La sala estaba llena de hombres y mujeres que verificaban, a través de sus propios puestos de trabajo, los datos referidos al grupo. Karl Weiber recorría de un lado a otro el pasillo central que separaba las dos filas de computadoras y equipamientos varios. Toda esa tecnología era empleada por un solo hombre; el enemigo jurado del Crepúsculo, el único que les estaba poniendo palos en la rueda: Tommaso Santini. El carguero había zarpado muchas horas antes, aprovechándose de la noche había retomado la navegación a lo largo del Golfo de Aqaba, en dirección a Eilat y, en ese mom

