Narra Adrien Desde que tengo memoria, la perfección no fue una opción. Mi padre siempre lo dejó claro, “Adrien, la empresa será tu responsabilidad. No hay lugar para errores”. Y yo lo creí. Creí que debía ser el hijo impecable, el hermano ejemplar, el hombre que todo lo puede, que todo lo logra. Desde pequeño ha sido así, medallas, reconocimientos, proyectos exitosos… cada logro era esperado, no celebrado. Cada error, imperdonable. La presión constante de no defraudar, de sostener una imagen que a veces ni siquiera reconocía como propia, me marcó más de lo que puedo admitir. Barcelona parecía un premio por todo lo que había sacrificado. Mi prometida, hermosa, elegante, de una familia poderosa… parecía encajar en la vida que mi padre quería que tuviera. Yo pensaba que todo estaba bajo c

