Narra Amara Nunca pensé que terminaría atrapada en un pueblo diminuto de Asturias, en una posada que huele a café tostado y madera húmeda, mientras una tormenta golpea las ventanas como si quisiera arrancarlas. Mucho menos… junto a él. A Adrien. Una petición de mi madre me tiene aquí… sentados uno frente al otro, en una mesa de madera que parece demasiado pequeña para contener todo lo que no decimos. El silencio… es insoportable. Yo miro por la ventana. Las gotas caen tan rápido que parecen hilos de luz, la calle está desierta y el cielo gris aplasta todo. Y, aun así, sé que no estoy pendiente del clima. Estoy pendiente de él, del hombre que tengo justo enfrente. Del que no debería mirar… y al que no puedo dejar de mirar. Él tampoco habla. Se frota el puente de la nariz con ese gesto

