Capítulo 8: De nuevo entre sus brazos.

1226 Words
Narra Amara No sé cómo logré atravesar el resto del día sin que se notara el temblor en mis manos. Cada vez que recordaba lo que pasó en la tienda, mi corazón daba un golpe seco contra mis costillas, como si quisiera escapar. Eli, en cambio… estaba inexplicablemente tranquilo. Desde que salimos del establecimiento, actuó como si nada hubiera ocurrido. Caminaba a mi lado con esa actitud relajada, casi arrogante, que hacía que me doliera reconocer cuánto me afectaba. Durante el trayecto a casa, no volvió a rozar mi rodilla, ni a susurrar nada en mi oído, ni a lanzarme esas miradas cargadas que me desmoronaban por dentro. Admiro que fue extraño, él se comportó… normal. Y eso, paradójicamente, me inquietaba aún más. Ya en casa, mamá y Richard se pusieron a revisar las medidas del estante que querían instalar en el salón. Yo intenté huir a mi cuarto, pero mamá me atrapó antes de poner un pie en las escaleras. —Amara, ¿puedes ayudarme con unas cajas del desván? —pidió con amabilidad mientras señalaba hacia arriba. Tragué saliva. El desván. Ese lugar ya lo conocí, está lleno de polvo, con olor a madera vieja y cosas olvidadas. —Sí… claro —respondí, aunque hubiera preferido meterme en un agujero. Subí las escaleras. Mamá iba detrás de mí, hablando sobre un álbum antiguo que quería encontrar. Dijo que lo había traído aquí cuando se había mudado, y no sé qué más. Yo asentía, sin realmente escuchar. Solo quería entrar, sacar las cajas rápido y salir corriendo. Empujé la puerta del desván y el aire frío me golpeó la cara. La luz era tenue; solo entraba un hilo de luz desde una pequeña ventana en la esquina. —Creo que están por allí —dijo mamá—. Trae la caja grande y la del fondo. Yo bajaré a calentar unas bebidas, te espero abajo. Ella me trae aquí y sin más, se fue. Así, sin más. Me quedé sola. Bueno… eso creí. Entré hacia el fondo, moviendo algunas cajas pequeñas para poder sacar la grande. La empujé con el pie, resoplando. Era demasiado pesada. —¿Necesitas ayuda? Me sobresalté, llevé mis manos a la altura de mi pecho asustada. —¿Puedes con eso? —repite. Me congelé. De nuevo él y su maldita voz. Respiré hondo y me giré lentamente, estaba él, apoyado en el marco de la puerta, con una camiseta negra ajustada y el cabello húmedo parece que ha tomado una ducha. —¿Me estás siguiendo? Él asintió sin vergüenza alguna. —Casi me matas del susto —solté aun con mi voz agitada. Parecía que lo hacía a propósito. Cada detalle en él era una provocación. —¿Qué… qué haces aquí? —pregunté, intentando sonar firme. Él se encogió de hombros. —Helena dijo que subiste a sacar cajas. Pensé que necesitarías ayuda. O tal vez solo quería verte sin nuestros padres alrededor —su sonrisa apareció, ligera y peligrosa. Retrocedí un paso, aunque mi espalda chocó con el borde de una mesa vieja. —Eli, por favor… basta —susurré, evitando mirarlo a los ojos—. Lo he pensado seriamente y no creo que esto que hacemos esté bien, porque… —Dime, Amara… —avanzó un paso, lento, como si estuviera estudiando cada reacción mía— ¿qué es exactamente lo que quieres que pare? Mi respiración se volvió torpe. —No… no podemos seguir haciendo esto. Anoche, hoy… ya es suficiente. Él asintió despacio, sin perder ese brillo en la mirada. —Entonces dilo fuerte. Dilo y me voy. Dime: “No quiero que te acerques” “No quiero que me beses” “No quiero que me toques” Abrí la boca. Las palabras estaban ahí, eran simples. Pero mi cuerpo… Mi cuerpo traicionero sabía otra cosa. Él vio mi silencio y respiró hondo, como si ya conociera la respuesta. —Eso pensé —susurró, caminando hacia mí. Di otro paso atrás, chocando esta vez con una pila de cajas. —Eli… —mi voz tembló. —No voy a tocarte… —dijo, deteniéndose justo frente a mí—. A menos que tú lo hagas primero. Esa frase me resonó. Sabía que mi cuerpo se encendía con una facilidad vergonzosa. Sabía que no tenía experiencia real, que mis relaciones no fueron lo que imaginé, que nadie antes me había mirado como él lo hacía, con deseo descarado y sin vergüenza. Mi silencio lo encendió más. —Te tiembla la respiración —susurró, inclinándose apenas—. Me estás mirando como si quisieras que me acerque más. —No… —mentí, aunque incluso yo escuché lo frágil que sonó. —No voy a tocarte —repite levantando sus manos. Esas manos delicadas, suaves. Él apoyó una mano en la pared, cerca de mi cabeza. La lejanía entre nosotros se volvió mínima. Tan mínima que percibí el aroma del jabón con el que había bañado su cuerpo, mezclado con el perfume cálido de él, me envolvió. —¿Sabes qué es lo peor? —susurró, su boca cerca de mi oído—. Que tú tampoco quieres detener esto. Dices que no… pero tu cuerpo grita otra cosa. Cerré los ojos un instante, intentando ordenar mis ideas. Pero entonces, la caja detrás de mí resbaló apenas unos milímetros, como si el peso se hubiera desplazado por mi movimiento torpe. —Cuidado —murmuró él, sosteniéndome de la cintura antes de que tropezara. Y ese toque… Ese simple contacto, me rompió por completo. Sentí su mano fuerte, firme, caliente en mi piel, incluso a través de la ropa. Mi cuerpo reaccionó como si lo reconociera. Como si ya lo hubiera esperado. Mi resistencia se volvió humo. Lo miré y cometí el error de mirarlo realmente. Sus ojos estaban fijos en los míos, como si me desvistieran por dentro, como si vieran cada pensamiento que yo intentaba esconder. Mi voz salió casi en un susurro quebrado. —Espera… Su otra mano subió lentamente, rozando mi brazo, mi cuello… Sin tocar nada indecente. Pero tocando todo lo que importaba. —Dímelo otra vez. Más fuerte —pidió, con esa voz baja que me hacía temblar. Mi garganta se cerró. Mis labios se entreabrieron sin querer. El aire entre nosotros se volvió una mecha encendida. Él bajó su mirada a mi boca. —No tienes idea de lo loco que me estás volviendo —confesó, apretando suavemente mi cintura—. Desde anoche… no pienso en otra cosa que no sea... Miró mi cuerpo con deseo y me gustaba, me estaba excitando. —Amara —susurró como si suplicara que le entregara mi cuerpo de nuevo. Ese era el detonante. Mi corazón dio un golpe violento. Una parte de mí quería escapar, pero la otra, esa parte que él despertaba sin esfuerzo, dio un paso adelante que no debía. Inhalé, temblé… Y levanté mi mano. Solo quería apartarlo, solo quería poner un límite. Lo juro. Pero mis dedos tocaron su mandíbula, apenas un roce. Y él lo tomó como permiso. Sus ojos se oscurecieron, ese azul intenso se hizo verde y su mano en mi cintura me atrajo despacio, sin brusquedad, sin prisa, con una seguridad que hacía que mis piernas se debilitaran. —Ahora sí —susurró contra mi boca—. No voy a detenerme.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD